23 de julio de 2026

El género del diálogo

4 de febrero de 2023
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
4 de febrero de 2023

El Hay Festival recupera el diálogo como género de elaboración y difusión del pensamiento,  practicado en la antigüedad. Hasta los albores de la era cristiana mediante el diálogo se discurría filosóficamente. Con preguntas Sócrates acuciaba  a sus interlocutores para que ellos mismos descubrieran las respuestas. Los diálogos de Platón fueron concebidos para ser expuestos ante el público.

El esquema que se utiliza en el Hay Festival es el diálogo público de un entrevistador que interroga a un escritor. Con él se crean oportunidades de conocer  de la personalidad del autor, de las circunstancias de la escritura, luces para  interpretar el texto, y hacer del silencio impreso un discurso vivo. En ocasiones, confrontaciones puntuales y respuestas escuetas y vehementes resultan más reveladoras o conmovedoras que el pausado razonamiento plasmado en el papel.

Al entrevistador le cabe responsabilidad por la  motivación con la que el público abandona la sala,  la de  leer en detalle la obra,  o la sensación de que bastó el diálogo de una hora para agotar el mensaje, o la duda sobre la utilidad de su compra.

Un libro son muchos libros, cada lector hace su propia versión. Y el autor entrevistado en ocasiones debe defender su obra de la que el presentador tiene en su cabeza,  y salvarla del naugragio al que la conduce. Algunos interrogadores banalizan las ideas del libro, y otros hacen tal despliegue de erudición que opacan a su entrevistado.

Este esquema, no exento de esos riesgos, propiciad diálogos punzantes de dos expertos, como el de Guillermo Altares con Iván Krastev o de Emma Graham con Caroline Cadwalladr, que formularon oportunas y agudas preguntas, y obtuvieron respuestas que enriquecen el ensayo o la investigación  impresos.

El Hay Festival de Cartagena 2023 dedicó varias horas de sus diálogos a las causas de males que padece la democracia: los cambios tecnológicos en la comunicación social, la guerra, la pandemia.

De ese juego inquisitivo con los participantes, sale a la luz el cómo esos tres males son recurrentes en la historia, e interconectados entre sí.  La guerra de Ucrania fue preparada con ataques cibernéticos, e incubada en la pandemia.

Documentales, libros, artículos recientes,  se ocupan de cómo  las redes sociales arrastran al fango a miles de ciudadanos, y amenazan a la democracia.  De Caroline Caldwalladr ya habíamos sabido por sus investigaciones sobre Cambridge, con muchas ramificaciones, como la que nos ha mostrado el verdadero rostro de Facebook. Viene al Hay Festival para dar su desconsolador testimonio. Nadie, ninguna de esas dos empresas, ha respondido por los graves daños que han causado a las democracias en el mundo. Solo ella ha sido llamada a responder. Un personaje oscuro  salió a flote, un británico con conexiones rusas, resultó ser el mayor aportante económico al movimiento pro-Brexit, y quien decidió, a la par de Prigozhin, emprender una guerra judicial contra ella, dejándola sola, sin inculpar al Guardian, el periódico para el que hizo la investigación. La defensa le ha costado un millón de libras, que ha solventado parcialmente con el apoyo de treinta mil donantes.

Los hombres oscuros se buscan. La trama británica tiene enlace ruso, con otro hombre más siniestro, Yevgueni Prigozhin. La suerte de este oligarca fue ganarse la confianza de Putin, sirviéndole la mesa, banquetero de Kremlin. Sus méritos, expresidiario, con disposición al trabajo sucio, con su Grupo Warner, y la gran bodega de hackers, Agencia de Investigaciones de Internet. Aquellos son los mercenarios, reclutados en cárceles,  que han limpiado el terreno para el avance de las tropas rusas en Ucrania. Y con esta, Rusia se ha convertido en un pionero de las bodegas que  sabotean las democracias occidentales.

Y la pandemia también contribuye en el agrietamiento de la democracia. A Iván Krastev se le preguntó si a él le había tomado por sorpresa la invasión de Putin a Ucrania. No, respondió, ya había sido anunciada por él, desde el 2020 y gestada en y por la pandemia. Putín redactó solo, sin mayor apoyo de su círculo, el escrito donde proclama la gran Rusia de la que hace parte Ucrania. Casi de manera enfermiza, el premier ruso se aisló. El Ministro del Interior solo lo pudo visitar cuatro veces. Exigía para quien lo visitara una cuarentena de quince días. Y ese su documento sí resultó ser una sorpresa para la élite rusa.  Y la guerra se anticipó bajo el sentimiento que se apoderó de Putin, de estar en el final de sus días, y debía asegurar su legado.

Krastev, un politólogo aprestigiado por sus análisis sobre Europa, tiene una doble particularidad. Ve a Europa desde sus límites exteriores. Es de Bulgaria, país cruce de caminos entre Oriente y Occidente. Este condicionamiento geográfico no solo le da la perspectiva del de afuera, sino que lo marca culturalmente. Como lo señala Krastev, el búlgaro es tolerante, no por bondad, sino por condicionamiento histórico, por una cultura que les ha aconsejado que para no exponer la forma de vivir propia, es mejor dejar vivir a los demás.  Y,  es parte de una generación desencantada. Para cuando se derrumbó el Muro de Berlín, para él y los suyos, el mundo estaba en sus manos, bastaba ser joven y saber inglés. Querían que su patria fuera como Occidente, pero ¡para que sentarse a esperar que así fuera¡ Ya lo tenían en sus manos. Su generación migró a otros países de Europa, él a Viena. Y su país se quedó sin con quien construir la democracia. Cómo no esperar de él nos aporte ideas de cuál es el futuro de Europa, en su Libro Europa después de Europa.

Krastev nos pone en perspectiva histórica los males de la democracia. Como buena noticia anuncia que siempre la democracia ha estado bajo amenaza, es parte de su forma de ser.  Y, para mejor entender la crisis a la que nos arrastran las redes sociales, nos recuerda que la imprenta fue el cambio tecnológico en las comunicaciones que conmocionó a Europa con la Guerra de Cien años.