Nuevas estéticas
Oriente siguie siendo, para Occidente, un mundo misterioso y la globalización no ha levantado todos los velos. Sus relaciones sociales, que naturalmente permean sus obras cinematográficas, se rigen por normas no comprendidas cabalmente, lo que hace antojar que sus creaciones son arbitrarias o imaginativas, o sus estéticas chocantes por ser disímiles a las del leguaje cinematrográfico comercial.
La curaduría de films de quienes los distribuyen por streaming ofrecen ventanas para acércanos a ese universo, proporcionándo obras que pueden maravillar si el ojo ejercitado en el vértigo hollywoodiano se sobrepone a la impaciencia que producen las escenas morosas, o si las expectativas superan la frustración que generan las narraciones que no cumplen con el esquema inicio – nudo – desenlace, o si la lectura no se deja dominar por el desconcierto que producen las acciones que no se ajustan al régimen de emociones bajo el que habitualmente juzgamos el comportamiento humano.
Kota Yoshida, en Sexual Driver (2021), hace un magnífico equilibrio entre la tradición japonesa de erotismo pundonoroso, del refinamiento traslúcido del mundo del las geishas, y su personal visión de arrebatadoras pasiones carnales y extremas. Lo logra haciendo un film erótico perturbador sin una imagen explícita de sexo. Son tres historias. En las dos primeras Kurita relata a las parejas de distintas mujeres los encuentros sexuales que tiene con ellas. La descripción de estos encuentros los atormenta y provoca. En el primer relato, la victima es un hombre, quien se resiste a admitir que su recatada esposa pueda participar en las conductas lascivas que le refiere. En otro historia, le habla a un hombre que busca afanosomente a su novia desaparecida para romper su relación, y Kurita le hace saber sobre el rapto sexual que le hizo a ella y que la misma consiente. En la tercera, Kurita quiere vengarse de la mujer que en su juventud lo ignoraba y despreciaba. La puesta en escena es perfecta. Todo sucede cuando ella decide superar su miedo a conducir, toma el carro, y cae en la trama de arrollar a Kurita, que auxiliado, y en camino a un centro de salud, la asedia revelándole los desvergonzados y obsesivos deseos sexuales que ha sentido por ella.
Yoshida tiene la virtud de mostrar las agresiones morales de manera brutal y delicada a la vez, valiéndose de improntas muy japonesas. Con un toque onírico, al estilo Haruki Murakami, en que la vida es un continuo entre lo real y lo soñado. Sugiere que el asaltante no es realmente Kurita, sino aquella imagen que se imagina, la del otro yo, una voz que habla desde el interior: es el mismo esposo o novio desbordado de celos, o es la mujer soberbia roída por remordimientos. Con un toque de respetuoso formalismo, del que se profesan los japoneses entre si, de modo que la más activa crueldad se infringe guardando la compostura, inclinando la cabeza y rindiendo sinceras disculpas. Con un toque poético, valiéndo de metáforas gastronómicas, para las imágenes lujuriosas con las que se sacia el apetito con un afrodísiaco plato de comida escogido para cada historia: el toffu picante, las semillas de soya, el ramen.
Sexo desafortunado o porno loco, de Radu Jude, es una película de 2021, de la frontera extrema de Occidente, de Rumania. El formato es casi incomprensible, la intención clara. El relato ficcional lo atraviesa, entrecortadamente, un curioso documental, un breve diccionario de significados mordaces. Con imágenes monótonas y frases sentenciosas, Jude hace una sátira de la Rumania pospandemia. Y el motivo es la doble moral con ocasión de las escenas íntimas de un avenido y convencional matrimonio que disfruta del sexo. Se prepara ordenando la escena con máscaras, excitándose con atrevidas vulgaridades, explícitas manifestaciones de deseo, y se filman para verse, dándose un barniz voyerista. La placidez se rompe cuando el video cargado en un computador que se lleva a reparar, sale a flote en las redes. Ella es profesora de historia en secundaria. El momento cumbre, la tercera parte, es el juicio de los padres de familia a los que debe someterse la protagonista. ¡Qué mejor escenario se le ha de ocurrir a un artista para pintar un sociedad! A la asamblea asisten mojigatos, intelectuales progresistas, ex militares comunistas, gente buena venida del campo, autoridades académicas. Los que no han visto el video lo reciben en sus teléfonos, otros lo repasan, todos expresan su parecer, algunos más sicalípticos que el porno-video. Derroche de hipocrecía, descomedidos reclamos, resentimiento encubierto bajo la supuesta cruzada de salvar a los hijos de una profesora pervertida. Un maravillo mundo de lo absurdo, por el que mereció ser premiada con el Oso de Oro de Berlín.
The River, de Emir Baigazin, es una postal del Kazajistán de paisajes desérticos, de la vida primitiva de una familia compuesta por cuatro hermanos con sus padres, que viven aislados a la orilla de un río, en el rigor del trabajo, haciendo de la arenisca ladrillos para una construcción que nunca acaba. Presenta una atmósfera en la que sumerge al espectador mediante el silencio, el libreto sobrio, las imágenes minimalistas, hermanos vestidos con sencillas tunicas que ocupan geométricamente la pantalla, o cada uno aparte y solo, visto a través de los dinteles de las puertas, extáticos. Tiene una particular forma de enfocar a los personajes: la cámara mirando lo que ven los actores captados de espaldas, en donde, para el diálogo, no cuentan ni los labios del hablante ni la figura del interlocutor. Lo que importa no es lo que sucede, sino un estado de intranquilidad, abrumador y silencioso, que se apodera de ellos, cuando les llega al espacio un joven, no podemos decir de él que era visitante de su casa, pues no pasa al interior, no se sabe de donde viene ni a que va, solo que llega con una tablet, símbolo de la modernidad, que les rompe los inalterados dias y sus tranquilas relaciones. Desaparece un día atravesando el río. Ahora, es la interminable espera de cuándo va a aparecer el supuesto naúfrago y las ofuscantes dudas de quien herederaría el artilugio.