23 de julio de 2026

Emociones y fútbol

9 de diciembre de 2022
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
9 de diciembre de 2022

El futbol es la habilidad de control de pelota cuyo curso rige el azar, para vencer en el uno a uno, con gambetas, y al equipo rival, con orden táctico,  y también otras tantas cosas, pero una sobre las demás: es el deporte que más emociones colectivas genera en todo el planeta.

Se necesita disposición emocional para disfrutar partidos, sin la cual sería una experiencia sosa, un espectáculo repetitivo de ires y venires. Un plato de dieta blanda, sin sal ni condimentos, para el post-operado. Es espectáculo que necesita de armar un equipo y unas barras que solo pueden ser bravas. Seguidores con pasión y fieles, en las malas o en las buenas.

El Mundial de Catar para los colombianos sin selección patria, proporciona una experiencia de emociones tibias, sin posibilidades de practicar el fanatismo. Ni la arrolladora delantera de Brasil, ni los sufridos goles de Messi, expulsan los demonios que atribulan el país como lo hizo Fredy Rincón con su gol, además de túnel y ante Alemania; y nada que suceda hoy, que elimenen a España o Alemania o a Brasil, produce  el derrumbe nacional, la postración anímica que se abatió sobre Colombia por  la bola que le arrebara el camerunés Milla al infatuado Higuita. Todo en Italia 1990.

Las emociones han sido el lado oscuro de la naturaleza humana. Es fuerte la inclinación a ocultarlas, a moderarlas, a controlarlas. Secularmente se les rotuló como pasiones, sentimientos desbordados que deberían ser encauzados.  La filosofía del buen vivir aconsejaba erradicarlas, perturbaban la tranquilidad. Los moralistas cristianos, inclinados por el padecimiento, perseguían las de disfrute. Spinoza en el Siglo XVII fue en su rescate, ni la volutad ni la razón deberían obrar contra los afectos, estos solo deberían orientarse para alcanzar la felicidad. Herejías  que no pueden ser extraídas más que del infierno, dictaminaba, asustado, un contemporáneo suyo. La Ilustración fue el reino de la razón, bajo ella debía ordenarse todo el comportamiento del hombre, domesticarse la naturaleza animal, que brotaba en los sentimientos. Freud agregó misterio, atribuyendole significados inconscientes.

A finales del siglo pasado, los exploradores del éxito dieron con una clave: no basta un alto coeficiente intelectual se requiere de inteligencia emocional.  Centros de investigación  declararon las emociones como objeto de estudio. Tiffany Watch Smith es la directora del Centro de Historia de las Emociones de la Universidad Queen Mary, y ha escrito  el Atlas de las Emociones Humanas, en la que recoge amenos ensayos cortos sobre 150 de ellas. Pone en evidencia, que no son unas cuantas básicas, el amor y el odio, la alegría y la tristeza, el miedo y el asombro, son un universo mayor y protéico, se tranforman culturalmente, se conceptualizan según la idiosincrasia de los pueblos.

Lo maravilloso del espectáculo del Mundial está también en las graderías, hervidero de emociones puestas en escena con el repaso de la cámara sobre los rostros, el registro rítmicos de bailes, el rumor de cantigas pegajosas. Luego del respetuoso silencio de los himnos viene una estallido de EUFORIA, estado en el que todo se percibe como iluminado y conectado, el mundo resplandece, reza el Atlas. Significado que ha mutado desde cuando los médicos dictaminaban del convaleciente: euforia, el bien soportar, según la etimología, y el paciente así la entendía: me siento más vivo que nunca.

Las emociones puestas a prueba  en en el momento crucial del cobro de penalty. De su suerte pende la victoria o el desmoronamiento cuando se desperdicia. ¿En que se sume el jugador escogido por su virtuosismo para patear al taparle un penalty?  Tal vez en la PERPLEJIDAD que el Atlas la describe  con el estado del rey Lear: confundido  sobre su identidad, sintiéndose rechazado por su hijo y perdido en las desoladas tierras  más allá de las puertas de su castillo. Así se debieron sentirse ídolo de Messi, Levandoski, héroe polaco, Devis, estrella de Canadá y Ayew, icono de Ghana.

Mientras tanto los guardametas insuflados de ORGULLO, sentimiento de plenitud, de orden que emerge cuando superamos un obstáculo o conseguimos un logro que supera las expectativas, y que les promete un sitio en pateón nacional de héroes, de Uruguay a Rochet, de México a Ochoa, de Arabia a Szczesny, de Bélgica a  Cortois. Y que decir de quienes taparon tres,  Livakovic de Croacia y Bono de Marruecos y para pasar a cuartos de final.

Hasta la terminación del tiempo reglamentario los uruguayos, orondos, tenían en el bolsillo el pase a la semifinal, triunfadores sobre Gahna, daban por descontado que los portugueses se impondrían a los coreanos. Pero  cuando el cuarto árbitro anuncia ocho mituos adicionales, supieron  que los derrotados eran los de Cristiano Ronaldo,  y que los asiáticos los desplazan al tercer lugar. Se quedaban sin tiempo para la anotación de un tercer gol que les diera una diferencia para conservar el segundo lugar.  ¿DESESPERACIÓN es la emoción que impera entre los jugadores uruguayos? No, porque esta signfica la pérdida de experanza, y ellos se apegaban a ella. ¿Es la IMPACIENCIA? No,  es pronto, el partido no ha terminado, y aquella es el fracaso a la hora de soportar el sufrimiento. No se encuentra en el español una a la que acudirían los alemanes, al TORCHLUSSPANIK,  el pánico por la puerta que se cierra, abrumación fatal por el tiempo que se agota. Se necesita haber sido un siervo en tierras lejanas para haber vivido la amarga experiencia de ver como se baja el rastrillo para taponar el castillo,  al que se corre para guarecerse del enemigo que se acerca.

España obtuvo pronto gol sobre Japón. Se hicieron dueños del balón, y desde la perspectiva nipona, lucieron que no practicaban fútbol sino  PETULANCIA, autosatisfechos, triangulando la bola para hacerlos ver impotentes, juego desdeñoso con el rival. Los españoles parecían suponer  que los japoneses no eran capaces de hacerles daño. Errraron. Sí que lo hicieron, anotaron dos goles, y los que ahora suplicaban por tiempo, el que derrocharon en pases fútiles, lejos del arco,  fueron los ibéricos.