Linchamientos
El mes pasado, en la vereda Buenos Aires, municipio de Landázuri, una familia, padre, madre, y dos hijos menores, fue asesinada por cinco asaltantes. La empleada, maltrecha, escapa y da aviso de lo ocurrido a la policía y a los vecinos, pero son estos los que reaccionan y, en acción comunitaria, sin dar espera, salen a cazar a los victimarios. Dan muerte a cuatro, a los que ellos buenamente le atribuyen la masacre.
Un mes antes, en Bucaramanga, en el cruce de la calle 56 con carrera 27, un ladrón arrebata el teléfono a la pasajera que iba con su hijo; el taxista abandona a su suerte el vehículo para perseguir al delincuente, y con éxito impide que aborde la moto de su compinche, quien huye; el ladrón rodeado por los transeúntes se ve obligado a devolver el celular, que en nada sirve para que se apiaden de él, lo golpean violentamente; saca amenazante su arma blanca, intenta fugarse, pero los perseguidores en moto aumentan y el grito en coro ¡es una rata¡ los aúpa; malherido, salva su vida refugiándose en una tienda, a la que llega tarde la policía.
Esta semana, mujeres vestidas de negro, encapuchadas, entre detonaciones de petardos se tomaron las instalaciones de la Universidad de Antioquia para anunciar que ¡ irán por todos y cada uno de los abusadores sexuales¡ , que ya los tienen identificados y condenados, y saben donde viven.
Mes atrás, Lafaurie, un ganadero con influencia entre los suyos, los exhorta a ejercer solidaridad de grupo para responder a los invasores de tierras Y le responden algunos: ¡Hay que dar de baja a los invasores de tierras¡
Aquellas son formas espontáneas e instintivas de linchamiento,: las segundas son imitaciones suyas, como si pudieran ser premeditadas, y sistemáticamente organizadas. De estas especies de linchamiento se tiene noticia en muchos rincones del país, y de vieja data, y cometidos reiteradamente. En Bogotá, 104 linchamientos se han registrado, en la década del 2004 al 2015.
El linchamiento es una conducta colectiva, una reacción en caliente ante la noticia de la ocurrencia de un ultraje, por la gravedad de éste, la muerte de un buen vecino, el abuso contra un menor, el asalto a una joven, o también por hechos que aunque de poca monta, son de aquellos de los que muchos han sido víctimas: el despojo de bolsos, teléfonos, en asaltos callejeros.
Un linchamiento es una llama que se esparce con facilidad, encendida por la ira de la indignidad. Detrás hay un silencioso llamado de cooperación al que muchos acuden con furia. Los sentimientos de odio cobran fuerza por contagio grupal. En instantes, desaparecen los controles de civilidad que gobiernan nuestro día a día. Unos a otros se dan licencia para hacer lo que constante y moralmente tenían prohibido, golpear, dañar, patear a una persona.
Si el Estado, como lo dijera Hobbes, nace en la necesidad que tiene la gente de apaciguar su miedo a la muerte por espada ajena, y la de realzar el deseo de tener las cosas que le produzcan confort, esa necesidad insatisfecha se convierte en una fuente poderosa de frustración, que emerge en todo linchamiento.
La historia del hombre es una lucha continua y paciente por humanizar sus relaciones. Ese es el proceso civilizatorio, que en una expresión básica son las reglas mínimas para vivir en sociedad, y una principal, es la de no tomar la justicia por propia mano. Esta es base imprescindible del Estado de Derecho; las instituciones son las que se han de restaurar y retribuir el mal que se le propine a algún ciudadano.
Los linchamientos son inadmisibles, es el retorno a la ley de la selva, en la que cada uno hace valer su fuerza; el dolor de la víctima no justifica el daño vengativo sobre el perpetrador del delito.
Contra nuestro proceso civilizatorio atenta poderosamente, la crónica debilidad institucional, esa incapacidad histórica de tener un Estado sólido, Leviatán de Papel lo califican los politólogos internacionales.
En reciente foro público de la Fundación Ideas para la Paz se ofrecieron dos datos demoledores: el 94% de los homicidios quedan impunes. Y esta situación no se ha mejorado en los últimos veinte años. Este dato es agobiante y la percepción de inseguridad no es un mero fenómeno psicológico. Los defensores del orden quedan desprovistos de una buena arma contra los que se toman la justicia por su propia mano.
Y vivir en la impunidad es como vivir entre basura, incentiva el abandono. El agresivo comando femenino reacciona contra las autoridades de claustros universitarios que contagiados de la desidia estatal, son renuentes a investigar los acosos de sus profesores contra los alumnos. Ellas violentamente quieren sustituirlas, y a su modo, masacrando a quienes han marcado con cruces de sangre, realizar la tarea a la que aquellas se resisten, romper la atmósfera de beneficios por impunidad, purgar a la brava la comunidad de quienes por rezagos culturales no han asimilado la dimensión del respeto que se le debe a los demás, a la intangibilidad del cuerpo ajeno, ni han entendido que su función docente no es para ejercer poder, ni atribuirse privilegios o encantos.
Los niveles de civilidad se han degradado por la cultura mafiosa que como una planta parásita ha podrido instituciones. Y en nefasta simbiosis, se envenenan instituciones políticas y las mafias. En 1982 los narcotraficantes fueron azotados por el secuestro, se intentó plagiar a Ledher, y lo pudieron hacer con Marta Nieves Ochoa. Los capos de la mafia se pudieron al frente y con apoyo de instituciones militares y de empresarios, crearon Muerte a Secuestradores, que persiguió, torturó, asesinó a los que ellos designaban como responsables. Y se instituyó como modelo de organización criminal para combatir el delito, que encontró acomodo en muchas estructuras del poder, abrió espacios para el doloroso capitulo de la historia colombiana del gobierno de los paramilitares. Esa sombra sigue extendida y bajo sus tinieblas es que se escapan las arengas a los ganaderos.