4 de junio de 2026

La validez de la tristeza  

Psicóloga. Maestrante en psicología clínica. Cursando formación en logoterapia y análisis existencial. Investigadora en neurociencias. Miembro de la Red Colombiana de Mujeres Científicas. Líder de iniciativas de desarrollo social y educativo en Manizales.
27 de octubre de 2022
Por Viviana Andrea Arboleda Sánchez
Por Viviana Andrea Arboleda Sánchez
Psicóloga. Maestrante en psicología clínica. Cursando formación en logoterapia y análisis existencial. Investigadora en neurociencias. Miembro de la Red Colombiana de Mujeres Científicas. Líder de iniciativas de desarrollo social y educativo en Manizales.
27 de octubre de 2022

“No llores, no estés triste”. A lo largo de la vida, a muchos nos han repetido estas palabras. La tristeza es vista como la emoción gris, aquella en la que nuestro estado de ánimo está en su punto bajo y que, entre otras maneras, se expresa a través de lágrimas y pensamientos sombríos. Por el contrario, la alegría se asocia con colores cálidos, sonrisas y frases positivas que nos llenan de una energía que nos hace sentir inamovibles.

Tanto la tristeza como la alegría constituyen emociones básicas. La una es tan natural como la otra. Sin embargo, la sociedad en que vivimos promueve la idea de que la alegría debe ser el eje sobre el cual han de girar nuestros pensamientos. Este énfasis excesivo en la alegría y en la felicidad se ha convertido en un negocio lucrativo, con el cual, a través de discursos de poder, intentan convencernos de que hay que sonreír a toda costa.

La anulación de la tristeza nos impide expresar lo que nos hace naturalmente humanos. Aunque el intentar ver el lado bueno de las cosas nos ayuda a enfrentar las dificultades de la vida, reprimir la tristeza bajo la máscara de la alegría nos restringe a una monocromía emocional, en la que todo el espectro del sentir tarde o temprano buscará la manera de manifestarse. Las emociones son como el agua, siempre buscan un camino para salir. Cuando no es expresada a través de su vía natural, la tristeza busca su salida mediante otras formas, como las alteraciones gastrointestinales, el insomnio, los dolores de cabeza y otras manifestaciones somáticas.

Como humanos, somos seres indivisibles. Nuestro cuerpo imprime lo que procesamos en nuestra mente. Así, cuidar de nuestro estado físico incluye salvaguardar nuestras emociones, entre ellas la tristeza, validándola cuando sintamos la necesidad de expresarla. El bienestar integral no solamente incluye experimentar felicidad, sino también asumir aquellos momentos grises en los que precisamos derramar algunas lágrimas. Llorar es tan importante como sonreír.

En la expresión de la tristeza y de todas las emociones existen tres pasos fundamentales. En primer lugar, se encuentra la validación de la emoción. Esto es el reconocimiento de que está ahí y de que hace parte de nuestra experiencia. En segundo lugar, está la aceptación. Este paso implica un diálogo con la emoción, mediante el cual nos permitimos sentirla. En tercer lugar está la canalización. A través de este paso encontramos una vía para la expresión emocional. Es fundamental elegir aquella vía que nos permita expresar nuestras emociones sin hacernos daño. No es lo mismo autolesionarnos a usar otros medios, como el arte, el ejercicio físico, la música o la escritura, para expresar la experiencia gris que nos hace sentir tristes.

La educación emocional debe ser una prioridad para nuestra generación, en la que nos enfrentamos a un ritmo frenético, sujeto a múltiples cambios. Es muy importante que enseñemos a los niños, niñas y adolescentes la importancia de validar, aceptar y canalizar la tristeza y otras emociones. De igual modo, es importante que, como adultos, desaprendamos actitudes sociales que nos han hecho creer que la tristeza es señal de debilidad y que debemos ocultarla cuando, al igual que la alegría con sus múltiples colores, necesita expresarse desde su escala de grises.