Maximalismo
En octubre de 2020 el 79% de los chilenos, seis millones, votó a favor de sepultar la constitución de Pinochet; en septiembre de 2022,el 62%, ocho millones, rechazó la propuesta de una nueva elaborada por la Convención elegida para el efecto.
Para perplejidad de algunos se desaprobaba una Carta Política que sustituía la actual que no compromete al Estado con prestación de servicios mínimos, para ser remplazada por una con un modelo estatal que garantiza de manera global derechos económicos y sociales. Y , sin antecedentes, se concedía un gran rango de autonomía a las naciones y pueblos indígenas. Pero justamente en ese pueblo, y en las diez comunidades mapuches, aparentemente beneficiarias de un nuevo trato, triunfa el rechazo a la propuesta de Carta Constitucional.
¿Una paradoja? Es asunto complejo, al que confluyen inúmeras causas, de las que solo, a manera de ensayo, se puede tejer explicaciones parciales.
Una es esa forma ligera y simplificada de practicar lo que es la democracia, confundida con uno de sus signos visibles, las elecciones. Se tiende a reducir el alcance de lo democrático de un proceso o de un gobierno a la realización de una jornada electoral. Los resultados que atestiguan el triunfo envanecen a los ganadores que dan por supuesto una representación plena, ni cortapisas, y el derecho a decidir por sí, sin consultar. Esta actitud usual, también en nuestra dolida historia colombiana, le hace creer al vencedor que el es la encarnación del pueblo a cuyo nombre puede hablar. No. Ese pueblo no es una masa homogénea, multitudes de pareceres, que ha depositado su voto por razones distintas y en ocasiones meramente circunstanciales.
El rechazo abrumador a la propuesta de los convencionistas pone en evidencia una desconexión entre los ciudadanos y sus representantes. Lo que cada uno de aquellos leyó y supo de la propuesta constitucional no era lo que esperaba de ella. De otra manera hubiera votado a favor.
La distancia entre quienes redactaron la constitución y el ciudadano de a pie se ensancha por cuenta de un espíritu de cuerpo que se apodera de la Convención, que consciente de su misión histórica, se infatúa de redentor, y quiere forzar la marcha de las cosas, y de un solo golpe introducir todo cambio imaginable. Varios de los analistas políticos que tratan de dilucidar lo que consideran un fracaso, coinciden en calificar la actuación de los convencionistas de maximalisma, la de unos legisladores que, como si fuera la última oportunidad del país, no querían desaprovecharla para introducir novedades al por mayor. O como en nuestro patio, la idea que se esparce de que lo que se trata no es solo recomponer esta patria, sino salvar el planeta, y reconfigurar la economía mundial; es eso lo que impregna la candorosa y tropical exigencia de nuestra Ministra de Energía a los gobernantes, seguro del G7, a reorientar sus modelos capitalistas para que funcionen en claves de la teoría del decrecimiento ahora en boga.
Y, contrario a lo que sucedió en la fiesta de Pentecostés, en el que las lenguas de fuego sobre los doce apóstoles les dio el don de hablar en cualquiera de los idiomas de las diez y ocho naciones reunidas, las que flotaron sobre los convencionistas insuflaron idiolectos a cada uno según su especie identitaria, para hablar consigo mismo y entenderse solo con sus similares, alimentada por visiones ideológicas, signo de los tiempos que corren, de rescatar y hacer prevalecer las peculiaridades de cada grupo. Allí en la Convención se libró una guerra identitaria que solo se concilió con la proclamación de un Estado plurinacional, que estremece los cimientos de una sociedad formada bajo una común imagen, la de la nación chilena, más hoy con el sentimiento de pérdida efectiva de control territorial del Estado sobre la Araucanía.
En la Convención las confrontaciones fueron entre ideologías. Esa manía, tal vez necesaria para cartillas de alfabetización política, de pintar las cosas de blanco o negro ponerlas unas frente a otras, como en el tablero de ajedrez, tan lejano al juego de la vida en el que las fichas se mezclan sin alineaciones y veteadas tienen todas las tonalidades de grises. Allá el Estado que había inventado Pinochet era uno de carácter subsidiario, en el que el papel principal, aun en los servicios públicos lo juegan los particulares. Ahora, con un movimiento en péndulo, todo al Estado. Y los mensajes asustan. A los chilenos les atemorizó que le trasladaran sus cuentecitas pensionales privadas a un fondo solidario público, de lo cual desconfían, aún prometa mejores prestaciones. Tanto fue la insistencia en que el Estado se hiciera cargo de la educación que, para atenuar el susto, prometieron reformar anticipadamente la Carta que se iba a aprobar, declarando que se respetaría la educación privada. Como allá, aquí, nos distraen los falsos dilemas. El ministro de Educación Gaviria, que viene de la universidad privada, en foros convocadas por estas, prolonga el silencio ya ensordecedor ya en las políticas anunciadas del gobierno, por el olvido intencional de la naturaleza público – privado del sistema de educación superior, para solo mirar las estatales y recelar de las demás. Al parecer, los esfuerzos se concentrarán en forzar la capacidad pública para cien mil sillas nuevas, desdeñando entenderse con las privadas que ofrecen desde ya quinientas mil vacías. Sobre las necesidades apremiante de los jóvenes, prima la fidelidad a un modelo ideológico.
La democracia la construyen los ganadores, aceptando con humildad, que hay que contar con los vencidos, oírlos no aplastarlos, concertar con ellos soluciones aterrizadas a la realidad, que más que demostrar pureza ideológica, propendan a un futuro mejor, gestionando las angustias del presente.