Negro humo
Para ser respetuoso con el otro o manifestarle cariño, o halagarle se debe cumplir con una regla básica, que el trato no lo incomode, no lo mortifique.
Es recurrente la auto absolución de aquel a quien se le incrimina de trato discriminatorio con base en un argumento insuficiente, la unilateral perspectiva de haber proferido palabras sin intención de maltrato, pero sin que interese la sensibilidad de quien lo recibe como un golpe, o sienta sobre sus hombros el peso de una discriminación.
La Mancha Humana de Philip Roth es el drama humano de Coleman Silk que se desencadena a partir de unas inocentes palabras suyas. Él, acreditado profesor de la Universidad de Athens en lenguas y literatura, en la quinta semana de llamar a lista, de dos no ha tenido respuesta, y pregunta en clase: ¿Alguien conoce a estos alumnos? ¿Tienen sólida existencia o se han hecho negro humo? Esta última expresión fue su perdición, fatídica, pues se le cargó de racismo por la desafortunada coincidencia, de que uno de los estudiantes, nunca visto en clase, era afro. Se desmoronósu prestigio.
El idioma es una maravillosa creación que está en constante renovación. Su significado evoluciona al ritmo de las interacciones sociales. Palabras bien recibidas ayer, pueden ser ofensivas hoy. Sus significados mutan según los contextos. La apelación de negro a un afro está libre de sospecha si la profiere otro afro. Yijhán Rentería describe a Francia Márquez como negra del pacífico colombiano. Y, fue común expresión de cariño en los ámbitos estudiantiles en los que todos llamaban negro al de piel más oscura del salón. Referirse al otro, al amigo, al vecino, al conocido, no por su nombre sino por una característica física o de comportamiento que lo hace distinto, es hoy inadmisible cuando se asocia, representa, o invoca, aunque sea tenue, un estado de vulnerabilidad.
Pero esto ha cambiado. Las minorías que han de ser tratadas sin discriminación, y por ello han tenido que luchar, y entre las tareas para alcanzarlo, propugnan purgar el lenguaje de toda expresión que haga eco de racismo, sexismo, clasismo.
Francia Márquez visita a la vicepresidencia y los funcionarios oficinistas la reciben formados para el besamanos. Apartadas están las auxiliares de servicios generales a quienes, según queda en el fondo de la foto que publica el País de España, Francia les estrecha la mano. Y, lo que impacta es el primer plano con el gesto de extrañeza de Marta Lucía Ramírez, tal vez por ser sorprendida por el hecho de no haber incluido a estas últimas empleadas de la pasarela de recibimiento de la futura jefe. La metedura de patas vino después, cuando explica, lo que no se le incrimina, el no haber saludado a las ayudantes de cafetería, ¡pero si las quiere! y para abundar en pruebas, para ella son las niñas de la casa.
Esa foto ilustra la columna de opinión en el País de Yijhán Rentería, redactada como un ejercicio más de su cátedra universitaria, Análisis del Discurso, la que esta dicta en la Universidad Tecnológica del Chocó. Sin dar vuelta, señala que el apelativo: las niñas de la casa es un eufemismo, precisando que solo utilizamos eufemismos para atenuar lo que consideramos socialmente inferior, inadecuado o desagradable. Cierto, es un atajo del lenguaje, para evitar mencionar por su nombre lo que se considera envilecedor. No hay duda de que una mente prejuiciosa, clasista, no ve dignidad alguna en emplearse en servicios de cafetería, en el servicio doméstico, y que las enaltece tomarlas como las niñas de la casa.
Y Yijhán va más allá. Señala que tratarlas como niñas es infantilizarlas, colocarlas en el estado la inferioridad que les atribuye por su origen social o desempeño laboral. Para hacer sentir como bofetada la expresión de niña la articulista fabrica un contexto: les da a ellas el tratamiento de servicio doméstico, denominación que solo se aplica a quienes cumplen esas labores en el ámbito del hogar, no de una institución o empresa, las condimenta racialmente, descubriendo de los rostros ocultos por tapabocas, la condición de blancomestizas, y las carga con el demérito personal que ella padece cuando en controversias académicas sus pares empequeñecen su estatura intelectual llamándola niña.
Hay sin duda un exceso de suspicacia semiótica de Yijhán. Pero no se trata de buscar razones, ni discursos alternos. La Mancha Humana alecciona sobre la torpeza de lanzar al aire expresiones por las que se deba rendir cuentas. Lo que ha de interesar son los sentimientos de quienes reciben los comentarios o padecen las actitudes. Si molestan, si cabe la posibilidad de que sean percibidos o tocados por un vaho de discriminación, es mejor abstenerse de ponerlos a circular.
Pilar Quintana hace de Damaris, negra gorda, estéril del pacífico, la protagonista de la Perra. Ella se ha ganado el derecho de llamarla negra porque se ha puesto en la piel de afrodescendientes. Al modo de Gauguin se ha fugado para incubar su arte, ha convivido en una de sus comunidades por nueve años, empáticamente, y justo por ello es que logra captar las fibras de su sensibilidad, y convencer y maravillar al lector de que Damaris es una auténtica nativa y ella, la autora, habilitada para penetrar en las honduras psicológicas de una mujer del litoral.
La diferencia entre Ramírez y Quintana es la que va desde la piadosa lástima contemplativa a la compasión. Aquella es propia de la bondad asistencialista, la del salvador que tiende la mano para rescatar al que está hundido. La compasión, es ponerse en la piel del otro, el delantal de la dignidad de los oficios menores, comprenderlo desde su propia identidad, y desde su nivel impulsarlo.
La bondad se ha de nutrir de la compasión, sentimiento activo, transformador, no la mera condescendencia con quien está en peor situación, como la define Adela Cortina, y como valor primordial de esa sociedad cosmopolita en la que han de caer todas las diversidades. Es el principio ético para superar toda forma de discriminación.