18 de agosto de 2022
Directores
Evelio Giraldo Ospina
Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez

Cada loro en su estaca

2 de julio de 2022
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
2 de julio de 2022

Durante una reciente entrevista concedida al periodista Daniel Coronel, el señor presidente electo Gustavo Petro se refirió a los proyectos de su programa de gobierno en relación con la Fuerza Pública, específicamente al destino de la Policía Nacional, institución en su concepto más proclive a la corrupción y al uso excesivo de la fuerza, situación puesta en evidencia en los enfrentamientos ocurridos en las manifestaciones de protesta y vandalismo que se presentaron con ocasión del prolongado paro nacional, durante los cuales la Policía Nacional había chocado contra los jóvenes, mientras que el Ejército no había incurrido en la misma conducta, a pesar de que ocasionalmente había sido dispuesta su presencia en algunos casos, en misiones puntuales de apoyo a la Policía.

Cabe entonces recordar un principio universal que gobierna las misiones específicas de estas dos instituciones integrantes de la fuerza pública en el mundo entero, que en palabras sencillas significa que mientras el policía debe cumplir regularmente con las funciones cotidianas como representante de la autoridad en la calle, absolutamente solo, pero en contacto permanente con la gente, interactuando y resolviendo con su propia capacidad, iniciativa y entrenamiento los problemas propios del entorno urbano, lidiando con la diversidad de obstáculos, calamidades, logros, temores, ansiedades, amenazas, fracasos y violencias con los que tropieza cualquier ciudadano en su vida diaria, por el contrario, el soldado debe permanecer concentrado en sus cuarteles, preparándose pacífica y disciplinadamente para la guerra para que, cuando sea necesario, esté suficientemente motivado y capacitado para acudir en defensa de la soberanía nacional cuando esta sea amenazada, razón suprema de su misión en cualquier sistema organizado de gobierno del planeta tierra, sea cual sea su orientación política o el sentido y color de su tendencia.

Por ello, cuando por alguna razón especial y extraordinaria, la presencia del Ejército ha sido requerida en las calles, podrá observarse que sus patrullas son colectivas, siempre bajo el mando y supervisión directa de un superior jerárquico, pues se trata de hacer presencia respetuosa y ponderada en medio de un ambiente ajeno a su misión, para lo cual no está destinado ni suficientemente preparado. No se concibe entonces  a un soldado dedicado a controlar calmadamente a un grupo de vendedores ambulantes agresivos para recuperar una franja del espacio público en las vecindades de una plaza de mercado, mediando en una riña callejera o soportando los madrazos, golpes, mordiscos y arañazos de una furibunda esposa maltratada, cuando, para atender sus urgentes llamados de ¡Auxilio, policía..!, el patrullero acude a defenderla y a controlar por la fuerza a un marido ebrio, pendenciero y maltratador que está a punto de matarla a golpes, patadas  y porrazos.

Naturalmente que durante los taponamientos de carreteras, vías públicas y desórdenes causados por jóvenes, adultos y viejos por igual durante los excesos vandálicos de tan ingrata recordación, a más de un policía se le pudo “ir la mano”, quizá acosado por el temor de sufrir ataques capaces de causar lesiones y quemaduras incapacitantes, incluso mortales, debido a la reconocida letalidad de los ladrillazos, las siniestras “papas bomba” y a la peligrosa capacidad incendiaria de los cocteles molotov, elementos infaltables en el equipaje regular de los protestantes encapuchados. Por fortuna, las autoridades civiles y los mandos policiales disponen de manuales, reglamentos y códigos que señalan y califican los comportamientos de los servidores públicos y han logrado investigar a fondo las responsabilidades administrativas, disciplinarias y penales de funcionarios y manifestantes que hayan incurrido en excesos punibles en el ejercicio del legítimo derecho a la protesta, o en el cumplimiento de sus deberes oficiales de controlar sus desafueros. En estos casos, nuestro Ejército Nacional, reconocido por propios y extraños como uno de los más profesionales, preparados y capaces del mundo, no incurrió en faltas ni en excesos contra los manifestantes violentos, pues dichas tareas son ajenas a su misión principal y por tanto no figuran en el inventario de sus responsabilidades oficiales inmediatas.

Es por ello que resulta explicable la situación descrita por el presidente electo en sus declaraciones, al menos en cuanto al compromiso de una y otra institución en su contacto con los actores de la problemática descrita. Si un edificio se tuerce o un puente colapsa como ha sucedido en casos recientes en nuestro país, son los gremios de proyectistas, calculistas, constructores e ingenieros los que resultan criticados, juzgados y afectados y no los servidores de los sistemas de salud, que pueden mantenerse al margen de tales preocupaciones profesionales por ser los de ingeniería,  asuntos ajenos a su competencia. Y son estos trabajadores de los servicios sanitarios, quienes por estar en contacto con ambientes contaminados con virus y bacterias están expuestos a contaminarse, enfermarse y morir en su intento por atender sus deberes.  En este caso, los constructores e ingenieros pueden sentirse tranquilamente al margen de los riesgos de contaminarse por razón del cumplimiento de sus tareas. Por ello, sería preferible, como en el caso de nuestra eficiente y profesional Fuerza Pública,  conservar a cada loro en su estaca.

En cuanto al trillado y manoseado asunto del ESMAD, cuya desaparición parece tan urgente y necesaria para algunos sectores de la opinión pública, solamente queda preguntarse cuáles son los modelos alternativos disponibles para que la policía pueda cumplir en el futuro con la ingrata tarea de controlar los previsibles excesos de violencia tan comunes en cualquier manifestación de celebración, protesta, aceptación, apoyo o rechazo de medidas gubernamentales, triunfos o fracasos deportivos, logros o aspiraciones sindicales o estudiantiles, carnavales, desfiles, cabalgatas, tragedias, festividades, entre ellas las infames corralejas y toda la variedad de oportunidades en las que exista el riesgo de que una multitud puede salirse de control y convertirse en un motín destructor y peligroso para la seguridad ciudadana. Lo ideal es que jamás vuelva a ser necesario disponer de un ESMAD porque van a desaparecer por encanto todos los motivos y ocasiones de realizar, presenciar y padecer protestas y manifestaciones violentas.

No obstante, la incertidumbre agobia a muchos ciudadanos, especialmente a los vecinos de las plazas principales de las ciudades y de los escenarios deportivos, frecuentados usualmente por los manifestantes y por las temidas “barras bravas”. Cuál de los modelos de control existentes en el mundo es el más conveniente e “indoloro” en nuestro medio? ¿El modelo usado en China, Francia, Rusia, Cuba, México, Indonesia, Canadá, Suecia, Arabia Saudita, Alemania, Corea del Norte o Australia? Ahí nos queda ese trompo en la uña.