¡Quedamos todos detenidos!
En la catedralicia Manizales, funcionó un emblemático lugar que se llamaba Kien, hacia los años ochenta del siglo XX. Kien es la denominación de un hexagrama del oráculo chino I Ching, que muchos consultaban o consultan. Pero en nuestro caso, fue un sitio de bohemia, territorio libre, donde casi al atardecer, a cada atardecer, confluíamos para conversar, conversar y conversar. Maravilloso espacio, cuya historia nos la deben Manuel, El Flaco, Jiménez, autor de la divertida y disruptiva novela Los Manizalados, y el fotógrafo y gestor cultural de Villamaría, Oskar Trujillo, quienes dieron hace años los pasos iniciales para compilarla, pero que en esas quedaron.
El hecho es que a su primer dueño se le ocurrió la peregrina pero brillante idea de abrir el establecimiento en los bajos de unas oficinas del departamento administrativo de seguridad, DAS, y durante muchos años convivimos en fraternidad ostensible con los detectives, que jamás se interesaron por lo que sucedía en Kien, a pesar de las fachas de sus clientes y de una que otra canción revolucionaria que interpretábamos al amanecer.
Hasta que, a algún agente secreto, un día, le dio por meter sus ojos un metro después del dintel de Kien a ver que sucedía y resultó oliendo un débil aroma de marihuana, procedente de una chicharra inhalada por un joven universitario transgresor, lo que lo hizo exclamar: ¡quedamos todos detenidos!
A estas alturas de la campaña política en que estamos inmersos los colombianos y después de oler los aires que corren, de moralismo a ultranza, de descalificaciones fariseas y universales, de maniqueísmos rampantes, de mirar la pajita del ocular ajeno y no mirar la viga del propio, la expresión que podemos lanzar es la de ¡quedamos todos detenidos!
La política se hace con políticos. Aquí lo hemos escrito con todas las letras. Y a los políticos les gusta el poder y sus circunstancias. Es su razón de ser. Que los políticos son corruptos. Más o menos. Pero les concedo a todos el beneficio de la duda. Yo sé que lo que escriba no tiene mayor influencia ni trascendencia. Ni bobo que fuera. Lo hago, es porque me solaza sacar afuera algo de lo que pienso y porque tengo tres o cuatro lectores, quienes dicen que se entretienen cuando me leen. Pero esto no obsta para que les haga esta invitación, a los políticos que se den por aludidos, sean seguidores o militantes de las causas de Petrosky o de Rudolf: cuéntenles a sus presuntos electores, cuantos procesos tienen en curso, penales, fiscales o administrativos y en qué estado se encuentran.
Obvio. Sabemos que existe la presunción de inocencia y que mientras no los condenen, pueden esgrimirla. Pero a los ciudadanos les gustaría saber hasta qué punto pueden quitarse el sambenito de corruptos. La situación de estar bajo investigación, uno, cinco, diez, veinte años y que los jueces no definan las implicaciones y no se declare la culpabilidad o la inocencia, me parece que es un suplicio que nadie se merece. Salvo que busquen prescripciones, dilaciones o nulidades que hagan eternos los juicios y, por consiguiente, impunes a sus actores. Buena sería la propuesta de que haya descongestión judicial para que los procesos contra los que sean personas públicas, visibles o invisibilizados por decisión propia, terminen a la brevedad posible. Si a los indiciados o imputados de la política colombiana, los apoderados y los jueces les hubieran acelerado sus procesos, la crispación política estaría sin matera prima.
Algo más se me ocurre. Petro ha invitado a su contendor, para que se sienten a dialogar, después de que tengamos presidente, cualquiera que sea el resultado de la pugna. Iniciativa plausible. Pero me parece que pueden hacerlo antes. Para que digan en altavoz, que van a respetar el veredicto de las urnas, y que, si hay sospechas o fraudes manifiestos, las reclamaciones se resolverán por las vías legales establecidas. Esas presunciones de fraude, de que algo va a pasar, de que no habrá nitidez en los resultados, echadas al vuelo por las barras bravas de ambas campañas, además de irresponsables, son combustibles que, si se activan, el incendio será de consecuencias infernales. Hay más de un bombero por ahí, artrítico y mofletudo, que no está en condición de apagar el fuego. Y que hasta estaría dispuesto a avivarlo, en vez de apaciguarlo. Ojo con esto. Con la candela no se juega.