26 de julio de 2026

El último paseíllo Manizales y el adiós a la fiesta brava

26 de julio de 2026
26 de julio de 2026
Crédito: Comisión Fílmica Colombia.

Redacción Taurina EJE 21

Manizales, 26 de julio de 2026. EJE 21. Hubo una época en la que enero no comenzaba realmente en Colombia hasta que sonaba el clarín en la Plaza de Toros de Manizales. Mientras el país seguía el calendario, la capital caldense vivía el suyo propio: el de la Feria de Manizales, una celebración que convirtió a la ciudad en referente internacional del mundo taurino y en punto de encuentro de las más grandes figuras del toreo durante más de siete décadas.

Para unos fue arte; para otros, patrimonio cultural. Para sus detractores, una práctica incompatible con la protección animal. Pocas tradiciones en Colombia despertaron sentimientos tan intensos como la tauromaquia.

La historia de las corridas de toros en Manizales no puede entenderse únicamente desde la polémica que hoy las rodea. Es también la historia de una ciudad que encontró en la fiesta brava un motor económico, una plataforma cultural y una identidad que trascendió fronteras. Esa historia, sin embargo, está llegando a su fin.

A partir de 2027, las corridas de toros desaparecerán legalmente del país como consecuencia de la Ley 2385 de 2024, cuya constitucionalidad fue respaldada por la Corte Constitucional. La norma estableció un período de transición de tres años para permitir la reconversión económica de quienes dependen de esta actividad y dispuso que la tradición no prevalece sobre la protección de los animales como seres sintientes.

La herencia española

La tauromaquia llegó a América junto con la colonización española.

Los primeros registros de festejos taurinos en el territorio de la Nueva Granada datan del siglo XVI. Inicialmente se trataba de celebraciones populares realizadas en plazas mayores con motivo de festividades religiosas, proclamaciones reales o acontecimientos políticos.

Aquellos espectáculos poco tenían que ver con el toreo moderno.

Con el paso de los siglos aparecieron las primeras plazas permanentes y comenzaron a consolidarse las reglas que darían origen a la corrida contemporánea.

Durante el siglo XIX la tauromaquia ya hacía parte de la vida cultural de ciudades como Bogotá, Cartagena y Popayán. Más tarde se expandiría hacia Medellín, Cali y Manizales.

España aportó mucho más que un espectáculo.

Legó un lenguaje propio —el paseíllo, la verónica, el quite, la faena, la estocada, la puerta grande— y una estética que mezclaba música, arquitectura, ceremonia y simbolismo.

Para los aficionados, una corrida nunca fue únicamente la muerte del toro.

Era un ritual.

Crédito: Plaza de Toros de Manizales

Manizales descubre los toros

La relación entre Manizales y la tauromaquia comenzó mucho antes de la construcción de su plaza.

Durante las primeras décadas del siglo XX eran frecuentes los festejos taurinos improvisados en espacios abiertos de la ciudad.

Pero fue la tragedia la que cambió definitivamente la historia.

El 3 de julio de 1951 un incendio destruyó buena parte del centro de Manizales.

La reconstrucción urbana abrió la posibilidad de emprender nuevas obras que redefinieran la imagen de la ciudad.

Entre ellas apareció una idea ambiciosa: construir una plaza de toros que estuviera a la altura de las grandes capitales taurinas.

Pocos meses después comenzaba a levantarse uno de los escenarios que transformaría para siempre la vida cultural de Caldas.

La plaza que cambió la historia

La Plaza de Toros de Manizales fue inaugurada en diciembre de 1951.

Con una capacidad cercana a los 15.000 espectadores, rápidamente empezó a ser considerada una de las mejores plazas de América por sus condiciones técnicas, su ubicación sobre las montañas cafeteras y la seriedad de sus carteles.

Su prestigio creció de manera acelerada.

Mientras otras plazas organizaban una o dos grandes corridas al año, Manizales comenzó a ofrecer temporadas completas con las máximas figuras del escalafón.

Los grandes nombres del siglo XX desfilaron por su ruedo.

Antonio Ordóñez.

Luis Miguel Dominguín.

Paco Camino.

El Cordobés.

Curro Romero.

Paquirri.

José Mari Manzanares.

Enrique Ponce.

José Tomás.

Julián López «El Juli».

Morante de la Puebla.

Sebastián Castella.

Roca Rey.

También brillaron figuras colombianas como Pepe Cáceres, César Rincón, José Ortega Cano —nacionalizado colombiano taurino en varias temporadas— y una generación de toreros nacionales que encontraron en Manizales la plaza donde todo matador soñaba con triunfar.

No era extraño escuchar entre los profesionales una frase repetida durante décadas:

«Quien triunfa en Manizales, triunfa en América.»

Crédito: Plaza de Toros de Manizales – Borja Jiménez

La feria que puso a Colombia en el mapa taurino

En 1955 nació oficialmente la Feria de Manizales.

Su inspiración fue evidente.

Los organizadores viajaron a Sevilla para estudiar la Feria de Abril y adaptar parte de su modelo al paisaje cafetero.

Así surgió una celebración única.

Mientras Sevilla tenía el Guadalquivir, Manizales tenía la Cordillera Central.

Mientras Andalucía ofrecía flamenco, Caldas aportaba bambucos, pasillos y café.

La corrida era apenas uno de los componentes de una fiesta mucho mayor.

Cabalgatas.

Conciertos.

Exposiciones.

Artesanías.

Eventos empresariales.

Desfiles.

Y desde 1957, el Reinado Internacional del Café, que terminó convirtiéndose en uno de los certámenes de belleza más reconocidos del continente.

Durante una semana, Manizales recibía visitantes de España, Francia, México, Perú, Ecuador y Venezuela.

Hoteles completamente ocupados.

Restaurantes sin mesas disponibles.

Aeropuertos y terminales funcionando a máxima capacidad.

La ciudad vivía sus días de mayor movimiento económico.

La Catedral del toreo colombiano

No era casualidad que muchos aficionados llamaran a Manizales «la Catedral Taurina de Colombia».

A diferencia de otras plazas, aquí el público adquirió fama de ser uno de los más entendidos del continente.

No bastaba con matar bien al toro.

El tendido premiaba la estética.

Una buena verónica podía emocionar tanto como una estocada.

Un natural perfecto podía arrancar una ovación más larga que un trofeo.

Los aficionados manizaleños desarrollaron una cultura taurina singular.

Las tertulias comenzaban desde el desayuno.

Los cafés del centro se convertían en escenarios de discusión sobre encastes, ganaderías, suertes y faenas históricas.

La ciudad respiraba tauromaquia durante toda la feria.

El toro, protagonista silencioso

El espectáculo giraba alrededor del toro bravo.

No se trataba de un animal cualquiera.

Era el resultado de siglos de selección genética realizada por ganaderías especializadas.

En Colombia alcanzaron enorme prestigio hierros como Ernesto Gutiérrez, Dosgutiérrez, Ambaló, Santa Bárbara, Juan Bernardo Caicedo y Mondoñedo, entre otros.

Cada corrida comenzaba mucho antes del paseíllo.

Detrás existía un complejo trabajo ganadero que involucraba veterinarios, mayorales, vaqueros, transportadores, empresarios y decenas de familias cuya economía dependía del calendario taurino.

Una industria alrededor de la plaza

Reducir la tauromaquia únicamente al espectáculo sería desconocer su impacto económico.

Cada temporada movilizaba hoteles, restaurantes, agencias de viaje, taxistas, floristerías, imprentas, sastres, fotógrafos, músicos, ganaderos, transportadores y comerciantes.

La temporada generaba miles de empleos directos e indirectos.

También alimentó un importante movimiento editorial.

Libros.

Revistas especializadas.

Crónicas.

Pintura.

Fotografía.

Escultura.

Documentales.

La tauromaquia produjo un patrimonio cultural que hoy forma parte de la memoria histórica de Manizales.

Crédito: Plaza de Toros de Manizales

El cambio de época

Pero las sociedades cambian.

Durante las dos últimas décadas el debate dejó de centrarse exclusivamente en la tradición.

La discusión comenzó a desplazarse hacia la protección animal.

Las nuevas generaciones mostraron menor interés por asistir a las plazas.

Las organizaciones defensoras de los animales intensificaron sus campañas.

El Congreso aprobó en 2024 la Ley 2385, que prohibió las corridas de toros, el rejoneo, las novilladas, las becerradas y las tientas, con una transición de tres años para facilitar la reconversión laboral del sector. Posteriormente, la Corte Constitucional respaldó la validez de esa prohibición y confirmó que la protección de los animales constituye un fin constitucional legítimo, manteniendo el período de adaptación previsto por la ley.

En decisiones posteriores, el alto tribunal también extendió ese cambio normativo a otras prácticas como las corralejas y las peleas de gallos, consolidando una transformación jurídica de alcance nacional.

El último enero

La Feria de Manizales de 2027 será recordada como el comienzo de una nueva etapa.

Por primera vez desde mediados del siglo XX, la programación deberá construirse sin el elemento que durante décadas fue su principal atractivo internacional.

La plaza seguirá allí.

Sus muros conservarán la memoria de miles de tardes de sol, de los clarines, de las vueltas al ruedo y de las puertas grandes.

Las fotografías seguirán contando la historia de Ordóñez, Dominguín, Pepe Cáceres, César Rincón, José Tomás, Morante o Roca Rey.

Pero el ruedo dejará de ser escenario de corridas de toros.

Entre la nostalgia y la transformación

Toda sociedad redefine sus tradiciones.

Algunas permanecen.

Otras desaparecen.

Pocas generan un debate tan intenso como la tauromaquia.

Para unos, su prohibición representa un avance en materia de bienestar animal.

Para otros, significa el final de una expresión artística y cultural con más de cuatro siglos de historia en el territorio colombiano.

Lo cierto es que, más allá de las posiciones enfrentadas, la tauromaquia dejó una huella profunda en la historia de Manizales. Moldeó su feria, impulsó su economía, proyectó su nombre en el ámbito internacional y convirtió a la ciudad en uno de los escenarios taurinos más respetados de América Latina.

Cuando el clarín deje de sonar definitivamente, no desaparecerá la historia. Permanecerá en la arquitectura de la plaza, en las bibliotecas, en las crónicas periodísticas y en la memoria de varias generaciones que hicieron de enero un mes inseparable del ritual taurino.

Ese será, quizás, el último paseíllo de una tradición que marcó la identidad cultural de Manizales y que, a partir de 2027, pasará definitivamente del ruedo a la historia.