24 de febrero de 2024

La tarde de los puñales

10 de junio de 2022
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
10 de junio de 2022

El 7 de marzo de 1849, tarde fría, de niebla en la sábana y tensa en los alrededores de la Iglesia de Santo Domingo. Allí se reúnen senadores y representantes para elegir el Presidente de  la Nueva Granada,  pues ninguno de los candidatos había alcanzado la mayoría en las elecciones cantonales. Los artesanos de la Sociedad Democrática congregados  tumultuosamente vivan el nombre de José Hilario López, liberal,  abuchean  el de José Rufino Cuervo, conservador. En sesión pública, los 84 congresistas, luego de rondas de votaciones, y cuando los candidatos empatan en 40 votos, las barras invaden el recinto, y algunos diputados dicen ver  puñales debajo de las ruanas de los que gritan: la democracia se respeta.

Mariano Ospina, deserta del cuervismo, deja en su voto esta constancia: Voto por el General Hilario López para que los diputados no sean asesinados.

Con López se conjuraba el miedo por nuevos levantamientos, recién regresado Obando al país, exonerado de responder por la acusación de autoría del asesinato del Mariscal Sucre, por gracia del indulto general de Mosquera.

Ese sufragio documenta la instalación de la costumbre nacional  de votar por miedo, inventar peligros para ocultar  los acechantes;  y pieza clave para explicar cómo nuestra democracia está en función de expectativas degradadas, en elecciones en las que los restos se juegan a pérdida, y bajo el triste impulso del voto reactivo para evitar un mal pavoroso.

En las décadas recientes de nuestra política, el llamado con poder de movilización del electorado ha sido el de defender el statu quo amenazado por el comunismo, -la guerrilla prestaba el servicio de probar el espanto-  sambenito colgado a todo movimiento social, de protesta o de izquierda. Sin partidos capaces de  generar esperanzas había que apelar al miedo.

Las elecciones próximas tienen un contexto diferente. Sin lo uno, pues la decisión mayoritaria en la primera vuelta fue contra un estado de cosas, de desigualdad social, de corrupción, y de sanguijuelas políticas. Y sin razón  para lo otro, pues el Acuerdo de Paz permite desmarcar a la izquierda del fantasma de los movimientos revolucionarios de los años sesenta.

Pero siempre hay anacrónicos que porfían, a falta de buenas razones, con el fantasma del comunismo,  distrayendo el verdadero peligro se  viene pierna arriba: el  populismo.

Sin espanto no hay certeza  sobre cuál es el mal menor.  Ya no es tarea sencilla la que propone Uprimny: Nuestra responsabilidad como ciudadanos es entonces votar en esta segunda vuelta por la mejor opción de cambio. O por la menos inconveniente, si ni Petro ni Hernández entusiasman.

Uprimny desaparece el voto en blanco, y así, los de Centro, a correr a algún extremo. El tarjetón electoral da la alternativa del voto en blanco, cierto, la ley no le concede efectos, pero sí cuenta, y mucho, para la democracia el que unas minorías que no se tengan que camuflar para sobrevivir; y que sus votos que no se sumen a los de  la mayoría, para hacerla arrolladora, propensa a  aplastar a los contradictores.

¿Cómo decide el ser humano? inquietó a Kahneman y Tversky, advertidos de comunes y generales fallos que contradicen  la supuesta racionalidad que la economía le atribuye a sus agentes. Una conclusión palmaria: indispensable acudir a la psicología para desentrañar los errores y sesgos en sus juicios, y por ella postularon:  Al tomar decisiones no se intenta maximizar la utilidad, se intenta minimizar el arrepentimiento…. Es  la anticipación del arrepentimiento lo que influye en las decisiones, junto con la anticipación de otras consecuencias.

 La responsabilidad del ciudadano empieza con cumplir la que tiene consigo mismo, y si así lo hacen  todos se  salva la democracia.

 La escogencia de un presidente, idealmente, debe ser tomada por cada elector como si su voto fuera el último, el que desempata la contienda electoral. De ese tenor  ha de ser la responsabilidad y la anticipación del arrepentimiento por un futuro en el que el único mal es que se deriva de su elección, sin cabida para males contrafácticos, los que nunca ocurrirán, pues se evitaron.

Para la eliminación del arrepentimiento la ley electoral ofrece la oportunidad del voto en blanco, cuyo significado es el derecho a no ser cooptado por unas mayorías, de las que se recela. Y, de no participar en apuestas de pérdidas seguras, en las que  -lo afirman aquellos  investigadores-, se pierden los patrones de prudencia que funcionan cuando las apuestas  son gananciosas.

Se deposita un voto, el de confianza, con certidumbre por el mejor; no por aquel sin otra identidad que la de ser menos peor, o inconveniente. A falta de certidumbres,  el voto en blanco.

La incertidumbre no se disipa con programas de gobierno que no esclarecen cómo y con qué se harán realidad,  redactados para la galería, que dicen lo que la gente quiere oír -el de Rodolfo, es improvisado, colección de frases efectistas-.

Los candidatos tampoco ayudan a brindar confianza. El mesianismo que a algunos atrapa, a otros aterra. A ambos les gusta alardear o actuar autoritariamente. Las instituciones correrán riesgos cuando sean obstáculos a sus planes. Tienen  vocación a imponer sus punto de vista, y carecen de disposición a conciliar.  Ni  les preocupa ofrecerla. Guardan silencio ante  el clamor  ciudadano que expresa  De la Calle, con los seis puntos para solidificar el mandato de la primera vuelta.

En los círculos de poder están cifrados los gobiernos. El de Hernández un enigma; su falta ha de ser suplida con los atraídos por la victoria, ¿al azar o con qué criterio?; y Petro a quien no le faltan  a su alrededor personas meritorias, ha demostrado facilidad para prescindir de ellos, y de amigos.

La urgencia de equidad puede naufragar con medidas de relumbrón, insostenibles; el castigo electoral impuesto a la clase política será redimido en aras de gobernabilidad;  la lucha contra la corrupción, con Hernández tiene mal pronóstico, otra más en las que se combate con fiereza la corrupción ajena, y se es complaciente con la de casa.