27 de julio de 2026

Dejemos así

18 de abril de 2022
Por Augusto León Restrepo
Por Augusto León Restrepo
18 de abril de 2022
Mientras venía de regreso a Bogotá y en vista de los trancones en la carretera, aproveché para realizar algunos apuntes para la elaboración de mi columna dominical de Eje 21. Escribo en el computador y no sé cómo lo hacen los que utilizan el teléfono o el iPad. Pero el sábado, después de un viaje que debía durar unas tres horas máximo me demoré el doble y el sueño y el cansancio me vencieron y no fue posible enviarla al generoso Editor. Que me dijo que no importaba. Que hoy lunes la publicaría. Y aquí va.
El primer apunte fue sobre el fútbol y la muerte de Freddy Rincón. Que es a lo que me voy a referir. Ya vendrán los otros los próximos domingos, si la vida lo permite.
 Es un lugar común decir que en el mundo el fútbol es una religión. Supongo que quien lo dijo, llegó a esa conclusión después de estudios sociológicos, sicológicos, siquiátricos y de toda índole relacionados con la conducta humana y no como una simple frase impactante. Yo soy un espectador normal del espectáculo. A algunos partidos me apunto, cuando el televisor es compartido con familiares y amigos. Los lunes busco en la prensa el resultado del encuentro en el que jugó el Once Caldas. Pero desconozco alineaciones de los equipos y biografías de los jugadores. En los resúmenes de los noticieros, admiro el juego de Lucho Díaz, Cuadrado y Muriel, que me acuerde. Pero pare de contar. Mejor dicho, en la religión del fútbol, también soy tibio. Como en política. Voy por el centro. Odio en el fútbol, odio que me sale de las entrañas, los enfrentamientos entre hinchas, que terminan con muertos. Que estupidez. Hasta las trompadas en las tribunas me las aguantaba, cuando iba en Manizales, al estadio Fernando Londoño y Londoño. Así se llamaba. Como las de los tendidos en las corridas de toros.
Con los muertos inútiles de los conflictos armados, tenemos de sobra. La violencia en los estadios y fuera de ellos me causa asco, para utilizar esta palabreja que ya comienza a hacer carrera entre los contrincantes de la política colombiana.  Que, como en el fútbol, tiene barras bravas, con desadaptados y víctimas y victimarios en potencia. Peor todavía. Con santos de lado y lado, o que se creen tales y se atreven a tirar las primeras piedras, fariseos, maniqueos de profesión, que creen que ellos son los buenos y los otros los malos. Como están las cosas, Pedro, y tú cortando orejas. Lean la Biblia, vagos.
Pero dejé a Freddy Rincón y su muerte en veremos. Con todo respeto, creo que, a raíz de su trágico final, se nos fue la mano a los colombianos con el despliegue sobre su deceso. Mejor dicho, tal vez sea mejor no decir nada. Y que cada quien califique lo que oyó, lo que vio, lo que leyó sobre Freddy, que, desde luego, él no tuvo la culpa. Ni nunca imaginó que los colombianos, desde el presidente para abajo, lo quisieran tanto. El Domingo de Resurrección, las fotos de las primeras páginas de los periódicos traían al Jesucristo Resucitado, figura cimera, para creyentes y no creyentes. Este domingo, foto roba página de nuestro ídolo futbolero.
 Los noticieros televisivos, las imágenes de las procesiones, con sus teatrales pasos y su espectacular puesta en escena, de los devotos fieles, de la música más bella compuesta en su homenaje, de las pinturas más elaboradas y expresivas sobre la vida y la muerte de Jesús, era el pan espiritual. Y la invitación al arrepentimiento, a ser buenos, a no matar, a no coger las platas de los niños, los enfermos y de los ancianos, para engrosar las bolsas de los judas, a imitar al crucificado en su amor por los desvalidos. Pues no. Tinta y tinta derramada.  Mares de palabras. Músicas, arengas y cantos, lágrimas y dolor profusas y sin fin por el futbolista accidentado.
¿Serán los signos de los tiempos? Más bien dejemos así.