17 de mayo de 2022
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Las odas y sus autores

17 de marzo de 2022
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
17 de marzo de 2022

Solo una cultura imperecedera como la griega, pudo haber creado la «oda» como género lírico. En forma altisonante, elevaron sus cánticos para registrar sus reflexiones poéticas y entonar melodías que serían una parte de su legado postrero. De esta manera se recuerdan las odas compuestas por Píndaro exaltando las olimpiadas, las compuestas por Aleco de Mitilene elogiando la excelencia militar, al amor y sus amantes furtivos ideadas por Safo, o a las delicias gastronómicas delineadas por Anacreonte. Este género se extendió desde la edad antigua hasta el renacimiento con Fray Luis de Leon, Garcilaso de la Vega, Fernando de Herrera, Manuel Jose Quintana, Nicasio Álvarez de Cienfuegos o Juan Nicasio Gallego.

La obra de Píndaro podría considerarse como una de las primeras Odas compuestas en la literatura griega. De ello, persisten para la historia su «Primera Oda Olímpica» en la cual se exalta las victorias de Hieron en los juegos.  Por su parte Safo deleita con su «Oda a Afrodita» en la cual eleva un suplicante ruego a la diosa que lo librará de la angustia del olvido, mensajero inconfundible del dolor.

 Con estos antecedentes literarios, la Oda se cimentó en la cultura griega y trascendió mas allá de sus autores, y aunque no se han registrado importantes obras durante la edad media, el renacimiento trajo un nuevo brillo en su desarrollo a través de las obras de autores como Fray Luis Leon quien compuso 23 Odas durante el siglo XVI. En su “Oda I” refleja la paz en la contemplación de quien se encuentra gozando de su vida en retiro.

En el siglo XVIII, Nicasio Álvarez de Cienfuegos compuso su famosa «Oda al rompimiento». Su obra se ha caracterizado por un profundo lirismo donde deja entrever su gusto por autores griegos y románticos del renacimiento. Sus estrofas evocan, como en Safo, la melancolía por la separación y el engaño.

Imposible ignorar la inmortal obra de Friedrich von Schiller como el primer antecedente de la «Oda a la Alegría». De origen germano, el autor publicó en 1786 esta pieza para exaltar los placeres de la alegría y el deleite que en ella encontramos. Al conocerla, Beethoven no permaneció impasible y con solo 22 años se empeñó en musicalizarla lo cual logró a través de su Novena Sinfonía conocida como «Coral» donde dejó plasmadas mayores expresiones de libertad musical, inusitadas para la época. El cuarto movimiento de la sinfonía se convirtió en un reto con un capítulo especial para su compositor, dado que tenía como propósito introducir la Oda de Schiller. De allí resultó el Himno a la Alegría.

Neruda nos trajo una nueva Oda a la Alegría, exaltando un íntimo proceso de encuentro de su autor con este sentimiento al cual “encuentra” para después “huir”. En este poema Neruda se refiere a la Alegría como un sentimiento externo, que trasciende la personalidad del autor pero que puede fundirse con él en un solo ser que modifica su existencia gracias este fulgor emocional.

Hace un lustro en nuestro departamento se publicó el libro “Oda a la Alegría” de César Montoya Ocampo. Después de repasar sus páginas, me deleité – nuevamente – con un escritor poseedor de un profundo sentido poético y una libertad literaria que le acompañó toda su vida. Su estilo grecolatino, cargado de adjetivos que dibujan en el ideario del lector los suaves detalles de la experiencia, evoca autores que inspiraron las mejores páginas de esta oda. Este género literario ha sido duramente golpeado por la monotonía de la cotidianidad donde la información del día apaga el profundo sentimiento de la intemporalidad y la hondura de la reflexión. Las odas evocan mejores momentos y trasladan la imaginación a un mundo sin tiempo ni espacio donde la vida adquiere otra dimensión. Por lo pronto, continuaremos leyendo las que ya reposan en obras imperecederas gracias a autores que se atrevieron a ver en el corazón del hombre.

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