Salpicón navideño
No se puede difamar, calumniar o injuriar a ninguna persona. Quien lo haga debe responder ante las autoridades competentes, si es que la afectada denuncia. Los calumniadores, injuriantes o difamadores, pueden ser periodistas o no serlo. Ser publicadas en medios de comunicación, o valerse del boca a boca, del chisme, o de cualquier otro expediente.Estas situaciones están consideradas en casi todas las legislaciones del mundo, y si se comprueban, los responsables de ellas, son sancionados. Algunas veces, con la mera retractación basta, para eludir lapena. En otras no. Es torpeza, botadera de corriente, de la mala, ganas de figuración, ponerse a inventar más variantes, con miras a amenazar a quienes por oficio, o por que sí, denuncian comisiones de delitos por parte de funcionarios públicos, quienes son olímpicos y se consideran intocables, así sus conductas estén colindantes con los incisos del código penal.
Además de El Paisa, el frenético e imparable terrorista de las Farc, esta semana fue abatido Romaña, disidente guerrillero, a quien se le atribuyen múltiples y sanguinarias incursiones, con numerosas bajas en la población civil y en las filas del ejército. No sabemos aún quien los puso «fuera de circulación», para emplear los términos del presidente Duque, y es posible que nunca lo sabremos con exactitud, tales son las numerosas versiones sobre el hecho. Que enfrentamientos entre las mismas disidencias, en territorio venezolano; que luchas internas, por repartición de botines cocacoleros; que exitosas incursiones de inteligencia militar colombiana en los campamentos subversivos, y etc, etc. Contrasta esta información con el éxito académico obtenido por la muy sonreída y ufana Tanja Nijmeijer, La Holandesa, quien apareció en los medios con su cartón expedido por la Universidad Javeriana de Bogotá, en el que la acredita como Magister en interculturalidad, desarrollo y paz territorial. Las aulas deberían ser más atractivas que los cementerios. ¿O no? Juan José Lafaurie, un recién aparecido delfincito en la política colombiana, ante la foto de la exguerrillera se pronunció: «deberías estar en una cárcel pagando por tantos colombianos que asesinaste, asesina, no en una universidad.» Por su parte, otro delfincito, Martín Santos, expresó: «Digan lo que digan, prefiero ver a exmiembros de las ex Farc (como Tanja) cargando diplomas universitarios que ametralladoras de alto calibre». No estoy de acuerdo con la opinión del hijo de José Félix Lafaurie y María Fernanda Cabal. Con la del hijo de Juan Manuel Santos y María Clemencia Rodriguez -Tutina para sus amigos cercanos, entre los cuales no me cuento-, sí.
Voy a empezar a hacer fuerza por éstos día de la final de uno de los tantos torneos del fútbol colombiano. Los marcadores y los equipos en contienda, me tienen sin cuidado. Hace tiempo dejé mi afición por el rey de los deportes, el que despierta más pasiones y congrega multitudes en el mundo: el fútbol. Alguien escribió, de pronto hasta fui yo, que había que alcanzar algunas metas en nuestro paso de esta vida mortal a la eterna, como sembrar un árbol, tener un hijo, escribir un libro y ser hincha de un equipo de fútbol. Yo lo fui del Alférez Real, de mi pueblo, Anserma Caldas, del cual fuí mascota, y del Once Caldas. El Alférez, fue campeón departamental. El Once, de la Copa Libertadores. De reojo, miró aún los resultados del equipo de Manizales. Pero no más. La corruptela llegó a los protagonistas del fútbol colombiano. Por donde se mire. Con la que tenemos en otros campos, tenemos y nos sobra. Pero decía que iba a empezar a hacer fuerza. Y es porque, después de cada partido, voy a estar pendiente, no de los goles que se marquen, sino de los heridos y los muertos en las calles y las celebraciones, por los desbordes de la pasión futbolera. Ojalá me equivoque y no me convierta en una agorera ave negra.
Nos ha contado Gustavo Páez Escobar, columnista y escritor, colaborador de El Espectador, Eje 21, y otras publicaciones de aquí y del exterior, que ha llegado a sus cincuenta años de vida periodística y literaria. Gustavo es boyacense-quindiano. Le ha dado lustre a las letras de esos departamentos y goza de reconocimiento nacional. Sus novelas, sus ensayos -Biografía de una angustia, libro sobre uno de los grandes de la poesía colombiana, Germán Pardo García, es uno de mis textos de cabecera- sus columnas, son un ejemplo del bien escribir. Su castigado estilo, el encuentro de la palabra clara y precisa para expresar su pensamiento y del personaje, cuando de novela se trata, lo hace un paradigma en el periodismo y en la literatura. Así se escribe, Maestro. Un abrazo Gustavo, para ti, Astrid y tus hijos, que te han soportado el tecleo ininterrumpido durante esta media centuria.