27 de julio de 2026

Neymaradas y filtraciones

14 de noviembre de 2021
Por Augusto León Restrepo
Por Augusto León Restrepo
14 de noviembre de 2021

​Cuando fui estudiante de Derecho en la Universidad de Caldas de Manizales, hace unos sesenta años, el aparato judicial se movía, teníamos destacados y estudiosos profesores que ejercían cargos en juzgados y magistraturas, íbamos a las siete de la mañana a la primera clase, quienes estudiábamos no éramos más de treinta en cada salón, había cafetería comunitaria, quienes venían de fuera de Manizales terminaban integrándose a nuestras familias, en términos generales éramos amigos en el mejor sentido del significado de una de las palabras más bellas de la lengua castellana, como que se refiere a alguien que sin ser nada de uno, uno lo escogió como hermano. Cuando egresó y no lo volvió a ver, siempre supo que ahí estaba y celebraba sus éxitos y sus ascensos en la profesión y en la vida por comunicación directa o por amable corresponsalía social. No existía la concupiscencia publicitaria en los Abogados y si aparecían en las páginas de los diarios era por su relevante ejercicio de la profesión, en especial en el área penal o en la Academia. O en la política. En su inmensa mayoría nuestros colegas de esa época, han vivido y desaparecido en medio de la modestia y de la sencilla y congrua subsistencia, fruto del ejercicio limpio de su profesión, como Juez o como litigante.

En las aulas, cada uno demostraba sus inclinaciones. Algunos se veían en las exigentes materias del Derecho Civil, otros en la defensa de los derechos del obrerismo y del proletariado, o de los patronos, por qué no, el del pupitre de adelante se perfilaba para el foro penal, para los empenachados discursos políticos y la ostentación de destacados cargos públicos, el otro fijaba su atención con énfasis en las clases de economía, tributaria, comercial y legislación bancaria, el de más allá quería la Academia y se extasiaba con las clases de Constitucional, introducción al Derecho, derecho romano, sociología y desde luego, filosofía del Derecho y aquellos del rincón, silenciosos y reflexivos, gafufos como unos búhos, querían ser jueces. Lograr, que, a través de sus motivaciones y conclusiones, se pudiera llegar a la justicia, que, para simplificar, es la constante y perpetua voluntad de darle a cada quien lo que le corresponde, como la definió Ulpiano. Y era el «mazo» del salón. El sobresaliente en todas las materias. Y algunos, no todos, surtieron juzgados, tribunales y cortes. Y son a los que me voy a referir en los renglones siguientes.

Pero antes, quiero hacer una observación que creo válida. Recuerdo que empezó a discutirse que, en las Facultades de Derecho, después del tercer año, quienes tenían vocación de jueces, deberían estudiar con énfasis en lo que es su vocación. La obtención de la justicia, es la piedra angular de la organización social. Y sus jueces, sus integérrimos arquitectos. Deberían existir Escuelas de Jueces. O especializaciones para serlo.

Los jueces a quienes he admirado, ante quienes hemos litigado, han impuesto, por sí, su propia dignidad. No se dejan atraer por los reflectores, ni las cámaras, ni los micrófonos. No roban cámara. Hasta en esto son honrados. Son herméticos y se pronuncian a través de las providencias, como exigió con energía y autoridad el Magistrado del Consejo Superior de la Judicatura Hernando Yepes Arcila, hace unos veinticinco años. Y como debiera ser. Jamás han antepuesto la amistad a la justicia, ni han permitido camaraderías para inclinar sus decisiones. De hecho, a nadie que los conozca, se les ocurre hacerles propuestas que contraríen sus ostensibles condiciones. Ni venalidad alguna. La simonía no ha sido su fuerte. Tienen convicciones políticas, a veces más férreas que el común de los mortales, pero anteponen su revestimiento de jueces a ellas. Y no ceden a empellones, ni jugaditas ni a presiones, ni mucho menos filtran ni exponen a la publicidad expedientes, proyectos, autos o sentencias. Mandan al lugar que se merecen a quienes los tientan con insistencia y en forma irrespetuosa, que se hacen llamar comunicadores, periodistas, columnistas o lo que se les parezca, que pretenden además desplazarles de su misión de jueces y arman tribunales de opinión, nefastos y ruines, floten en manos de quienes flotaren. La prensa denuncia, opina, defiende, ataca, pero no juzga. Cada loro en su estaca.

A estas alturas, me di cuenta de que me trascendentalicé. Pero es que me llenó de indignación el irrespeto a los jueces del caso Uribe, confesado por ellos mismos, los Magistrados de la Corte Constitucional. Ex presidentes, parlamentarios, Magistrados colegas, íntimos amigos, como en una corte de los milagros, incitando al tráfico de sentencias y decisiones, en uno u otro sentido. Asedios electrónicos, bodegas de memes e insultos en acción, en una palabra, vergüenza institucional y lepra moral rampante, en un escenario que tiende a prolongarse, por una cadena de indefiniciones y de claridad judicial. Dejen jugar a los jueces. El brasileño Neymar, manoteó, insultó para «ablandarlo», estrujó al juez central del partido Brasil- Colombia, el chileno Roberto Tobar, hizo jugaditas sucias a sus espaldas. No admitamos que las neymaradas se conviertan en regla para obtener resultados en los partidos judiciales. Ni que se aplauda como lección de periodismo, obtener resultados aparatosos y efectistas, «chivosos», patrocinando proditorias e infiltradas conductas en personalidades débiles e inclinadas a la efímera figuración.