20 de octubre de 2021
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Colombia, una democracia en obra negra

19 de septiembre de 2021
Por Por Oscar Jiménez Leal.[i]
Por Por Oscar Jiménez Leal.[i]
19 de septiembre de 2021

Por Oscar Jiménez Leal

Cuando hube de presidir la delegación colombiana de Observación a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Guatemala que ganó el industrial Álvaro Arzú Irigoyen del Partido de Avanzada Nacional, PAN, al candidato del Frente Republicano Guatemalteco, FRG, invitados por la OEA, debimos atender múltiples compromisos académicos y políticos. Entre ellos, me llamó la atención un curioso e inédito espectáculo: la graduación de jóvenes  ciudadanos, en un imponente acto escenificado en el famoso Palacio Nacional de la Cultura en ciudad de Guatemala, la capital.

El certamen contó con la presencia del presidente de la República en ejercicio, doctor Ramiro de León Carpio y con la asistencia del cuerpo diplomático acreditado, de los ministros del despacho, los integrantes de las Altas Cortes,  de los representantes del órgano legislativo, lo mismo de que los comandantes de las fuerzas armadas, los gremios de la producción y del trabajo, la totalidad de los medios de comunicación y la figuras más destacadas de la sociedad. Allí Estaban congregadas todas las fuerzas vivas de esa nacionalidad. Después de los discursos de rigor, le fue entregado a cada uno de los jóvenes previamente escogidos, un diploma que los acreditaba como ciudadanos de la República de Guatemala y la correspondiente cédula semejante a la nuestra.

Impresionado y obsedido por el apoteósico acontecimiento, de regreso al país convoqué al Consejo Nacional Electoral, y con el humilde y  dulce placer del plagio,  sometí a la aprobación de mis compañeros la ingeniosa idea, que, desde luego,  fue acogida con gran entusiasmo. Para el efecto, se señaló la fecha del último viernes de septiembre de cada año para graduar de ciudadanos jóvenes bachilleres escogidos entre los mejores calificados de los colegios de Bogotá en acto académico a celebrarse en las instalaciones de la Organización Electoral.

No era para menos puesto que el solo término ciudadano tiene una enorme carga simbólica y una significativa connotación  histórica, que condensa todo el devenir de las conquistas existenciales de la humanidad.

Basta mencionar que en la antigua Grecia unos pocos habitantes eran ciudadanos con derechos fundamentales y con obligaciones para con la sociedad. En Roma la ciudadanía implicaba tener un catálogo de derechos, entre los cuales se encontraba la posibilidad de desempeñar cargos públicos, políticos o religiosos. En Atenas solo los ciudadanos eran hombres libres, a condición de que fueran nacidos de padre y madre atenienses y mayores de veintiún años, pero sólo a partir del decreto de Pericles (495 A.C. – 429).

Para usar los términos de Max Weber, el ciudadano no significaba otra cosa que “compañero de linaje”.

Saltando los siglos, no sobra recordar que entre nosotros, las mujeres sólo accedieron a los derechos civiles y políticos apenas en el siglo pasado y el sacerdocio católico aún está reservado sólo para los hombres.

Clasificada la ciudadanía como una categoría política, en la que un sujeto individualizado, en relación con los demás, reconoce su propia subjetividad libre y, a la vez reconoce la subjetividad de los demás (Dahl, Robert). Al constituirse él en ciudadano, constituye a los demás en conciudadanos. Como en un espejo en el que, mirando al otro, uno se reconoce a sí mismo, bajo el tamaño de su modesta individualidad, pero a la vez, bajo la grandeza de su libertad.

La ciudadanía supone entonces la existencia de una comunidad compuesta por individuos diferentes y libres; pero también supone la existencia de un poder político con un interés colectivo y con unos hombres iguales.

Siguiendo a George  Sabine,  la categoría de ciudadano reúne un doble sentimiento de pertenencia y fidelidad: aquella que lo atrae hacia los intereses de la vida privada, hacia los hábitos familiares, religiosos y culturales, pero también aquella que lo conduce a la esfera pública, a sentirse parte del poder público, a vincularse con el Estado, tomando parte en sus decisiones.

Por eso mismo, la categoría de ciudadano no separa la vida privada de la vida pública, tampoco el interés privado del interés público, la libertad de la igualdad; por el contrario, los une. No porque los confunda, -que es lo que se debe evitar-, sino porque los articula.

La ciudadanía une, pues, de manera dialéctica, la esfera de los asuntos privados con el universo de los asuntos públicos, en donde aquellos deben subordinarse a éstos ya que si la sociedad quedara al azar de los intereses privados corre el riesgo de naufragar en la injusticia generada por los egoísmos sin control. Se convertiría en una tierra de nadie. Y al contrario, si solo imperara el interés público, sin articulación de los intereses privados, sobrevendría el totalitarismo, con todos sus efectos perversos.

De otro lado, la condición de ciudadano se constituye  en el punto de unión entre la libertad económica y la libertad política y por tanto, en la base de la democracia. De tal manera que el Estado no anule la iniciativa privada y además, garantice los derechos fundamentales a cada uno de los miembros de la sociedad.

La conciencia de su propia libertad del ciudadano implica el reconocimiento de la libertad de sus conciudadanos que se traduce en deberes para con ellos. La libertad tiene, como el dios Jano, dos caras: por un lado, la autonomía de la voluntad, y por la otra, los deberes cívicos y sociales, representados en el reconocimiento, respeto y tolerancia de los derechos de los demás.

A pesar de la importancia de la categoría política del ciudadano por nosotros pregonada en todos los tonos, a ese certamen anual sólo asisten los funcionarios de la Registraduría y del CNE, pero brillan por su ausencia los estamentos que conforman la nacionalidad colombiana en contraste con lo sucedido en Guatemala.

Por dejar pasar inadvertida la constitución y construcción  de ciudadanía, con todos los valores que ella implica, es que somos apenas una democracia precaria, y en obra negra.

Para resarcir  en algo el tamaño de mi frustración, tengo el consuelo de recordar las palabras del Genio de la Gloria,  SIMON BOLIVAR, al prestar el juramento de la toma de posesión de la presidencia de la Gran Colombia ante el Congreso Constituyente de Cúcuta, hace precisamente doscientos años, cuando dijo:

 “Yo quiero ser ciudadano para ser libre, y para que todos lo sean. Prefiero el título de ciudadano al de libertador, porque éste emana de la guerra, aquel emana de las leyes. Cambiadme, señor, todos mis dictados por el de buen ciudadano.»

Bogotá 18 de septiembre de 2021