18 de mayo de 2021
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Jorge Ramírez Ocampo, con sangre de leopardo

14 de marzo de 2021
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
14 de marzo de 2021

(De mi libro “Protagonistas de la Economía Colombiana” – Amazon, 2021) 

En memoria de Ramírez Moreno

Augusto Ramírez Moreno (1900-1974) fue uno de Los Leopardos, aquel famoso y temido grupo de dirigentes conservadores que por allá, en los años treinta del siglo pasado, representaban la línea dura, radical, de la nueva derecha, en medio de la República Liberal.

Fue un gran orador, temido como ninguno. Y eso que, según su gráfica expresión, él era apenas la interjección, mientras Eliseo Arango era el sustantivo; Silvio Villegas, el adjetivo, y José Camacho Carreño, el verbo.

Pero, era por encima de todo, al decir de Jorge Ramírez Ocampo -¡uno de sus nueve hijos!-, “una persona maravillosa”, experta en darles lecciones de democracia a la hora del almuerzo, cuando el fogoso parlamentario abría la discusión sobre los temas del momento.

Su familia fue también fruto de la terquedad: como su futuro suegro, Sinforoso Ocampo, se oponía al matrimonio por su enorme diferencia entre él y su hija, no tuvo otra salida que casarse a escondidas.

La historia es cosa de novela, en verdad: Esperó a la familia de su novia en Buenaventura, adonde llegaban tras un viaje al exterior; amenazó al cura del pueblo con incendiar el puerto si no hacía caso de la dispensa otorgada por el obispo de Cali para contraer nupcias, y éstas finalmente se llevaron a cabo con dos testigos, en altamar, sin que su suegro pudiera hacer nada para evitarlo.

Se salió con la suya, como lo hizo a través de su intensa y prolongada actividad política que lo llevó al Congreso, al Ministerio de Gobierno y a la embajada de Colombia en París, acaso la máxima realización de sus sueños.

Sólo dio su brazo a torcer cuando fue asesinado -en plena violencia política, en el Tolima, paradójicamente por la chusma conservadora- su hijo Enrique, a los 19 años de edad, en 1959. Desde entonces llevó luto, lejos ya de las corbatas extravagantes y los pañuelos llamativos que lo hicieron tan famoso como sus demoledores discursos.

Fue, pues, un auténtico leopardo. Godo en el mejor sentido de la palabra, cuando serlo costaba hasta la vida. De ahí que toda su prole también lo fuera, a mucho honor.

Del seminario a Londres

“Hijo de leopardo, sale pintado”, diríamos, parodiando el viejo refrán. Y todos sus hijos, los nueve hijos de Ramírez Moreno, le salieron pintados de azul, el azul prusia del conservatismo; en especial, Augusto Ramírez Ocampo (1934-2011), ex canciller de la República, quien durante varios años, hasta su muerte, le coqueteó a la candidatura presidencial de su partido.

Jorge, en cambio, no lo fue tanto. Prefirió la economía a la política, entendida ésta más como un servicio a la comunidad que como el medio adecuado para conseguir votos y llegar al gobierno o las corporaciones públicas. Ni siquiera le interesaron los votos de pobreza, ni mucho menos.

Y eso que fue jesuita durante seis años. Anduvo por seminarios de Santa Rosa de Cabal y Bogotá, su ciudad natal; estudió incluso Filosofía y Letras, antes de hacerlo en Matemáticas, y cuando menos pensó dio el salto a la Economía en la Universidad de los Andes, cuando ya el sueño de ser cura se había esfumado.

Se interesó por la Economía cuando obtuvo su primer puesto en Planeación Nacional, donde fue contratado como matemático. El manejo de cifras y proyecciones, ecuaciones y modelos, tanto como su afición inicial por la reflexión filosófica, no tardaron en llevarlo hacia allí, hacia la ciencia económica, campo en el que luego haría una especialización en Estados Unidos.

Pero, la mayor parte de su formación académica (una de las más sólidas en el país, al decir de quienes tienen por qué saberlo), él mismo se la atribuye a su larga permanencia en Londres, durante siete años, cuando fue delegado de nuestro país ante la Organización Internacional del Café -OIC- que antes regulaba el mercado mundial cafetero cuando había pacto de cuotas.

De los ingleses aprendió mucho no sólo sobre café sino también sobre economía colombiana, tan ligada a la producción y calidad del grano; sobre el régimen parlamentario, que convive con una monarquía (monarquía constitucional, para ser exactos), y sobre el valor inapreciable de la amistad, de los pocos amigos que nunca pueden confundirse con los innumerables conocidos.

Sin embargo, lo que más aprendió allí fue cómo las instituciones jurídicas tienen profunda incidencia en la vida económica, aunque ésta también influye en aquellas, lo cual -afirma- se observa cada día en Inglaterra, donde se impone el llamado Derecho consuetudinario, basado en la tradición.

Fenómeno que sin embargo -anota, al margen- es de fácil comprobación entre nosotros.

Ministro de Desarrollo

En Londres hizo amistad con Alfonso López Michelsen (uno de cuyos hijos, Felipe, era su asistente en la OIC), la cual se mantuvo desde entonces, a veces por correspondencia. “Soy conservador lopista”, confiesa.

Y cuando López fue elegido presidente de la República para el período 1974-1978, lo llamó para formar parte de su equipo de empalme, integrado asimismo por Rodrigo Botero, Miguel Urrutia, Rudolf Hommes, Guillermo Perry y María Mercedes Cuéllar.

Eso significó su incursión en la política (si ésta lo fuera, comenta). Pero, lo fue con mayor razón al ser nombrado ministro de Desarrollo por el propio López, hecho acaecido una semana antes de asumir el poder.

“Hágalo a su leal saber y entender”, le dijo el futuro primer mandatario tras haberle pedido que fuera a su apartamento. Le daba completa autonomía, según el estilo -aclara- que le dio tanto éxito a su administración.

Y, como el poder es para ejercerlo, lo ejerció: formó su equipo de trabajo, bastante calificado, al que atribuye la buena fortuna de su gestión (hasta López lo reconoció en una charla con Belisario Betancur), y libró intensas batallas en momentos bastante difíciles. Sólo que como él es hijo de leopardo

Hizo las veces de exaltado orador en el Congreso, recordando a su padre: citado para un debate sobre transporte, terminó -según decía Ramírez Moreno- despanzurrando al contendor, quien luego perdería su curul hasta el sol de hoy.

Se enfrentó a una demanda ante la Comisión de Acusaciones, de la que salió bien librado, mereciendo la posterior absolución de la Corte Suprema de Justicia, siempre rodeado por la lealtad de sus amigos.

No obstante, lo más significativo de aquella época, de sus dos años en el ministerio (1974-1976), fue la emergencia económica, decretada por primera vez después de su inclusión constitucional en la reforma de 1968.

“Trabajamos día y noche”, recuerda.

Participó en esa primera apertura económica, impulsada por el ministro de Hacienda, Rodrigo Botero; trabajó en llave con el director de Planeación, Miguel Urrutia, para ampliar la sobretasa a las exportaciones (del 2 al 5%) y darle “un apoyo tremendo” a Proexpo en su afán de promover las ventas nacionales al exterior, y, en definitiva, contribuyó a sacar adelante una reforma tributaria que cambió las bases del sistema de financiación del Estado.

En lo administrativo, suprimió la Superintendencia de Producción, Precios y Salarios, organismo convertido en cueva de ladrones. Inició así la modernización del Estado, aunque el comentario le provoca risas.

No le causa hilaridad, en cambio, cuanto ocurrió en los dos años siguientes a su retiro: hubo bonanza cafetera, el país se llenó de divisas, la revaluación del peso se puso en marcha (a pesar de que intentaron frenarla con el Certificado de Abono Tributario -CAT-) y naturalmente las exportaciones se fueron a pique.

Eso explica en gran parte que de ahí en adelante nunca se cansara de gritar a cuatro vientos que la apertura con revaluación no funciona, ni puede funcionar.

Liderazgo en Analdex

Asumió la presidencia de la Asociación Nacional de Exportadores -Analdex- a fines de 1990, recién decretada la apertura económica en las postrimerías del gobierno de Virgilio Barco (1986-1990). El ofrecimiento le vino de la junta directiva del gremio.

Acababa de coordinar la Misión Siglo XXI que sentó las bases de las que serían, durante el cuatrienio de César Gaviria (1990-1994), las reformas laboral y de comercio exterior, así como un plan de infraestructura.

Aceptó el cargo por su apoyo decidido al sector exportador, del que había hecho gala en el ministerio, y por considerar, con los textos económicos de guía, que el nuevo modelo de desarrollo debía apuntar a la mayor penetración de nuestros productos en los mercados externos.

“Le salió el tiro por la culata”, según suele decirse, pues, lejos de dirigir un sector líder en la economía, se vio a gatas para sacarlo adelante debido otra vez a la revaluación del peso, como si en Colombia no pudiéramos darnos el lujo de aprender de la experiencia.

Ello le sirvió, sin embargo, para asumir un protagonismo que acaso, en circunstancias diferentes, no habría tenido.

Y se lanzó, por consiguiente, a atacar las llamadas incoherencias de la política económica del gobierno de turno: estímulo al ingreso de los capitales golondrina, desenfreno del gasto público e indisciplina en el consumo, fenómenos que en su opinión atentaron no sólo contra los exportadores sino contra el país en general.

Pero, ¿qué hizo en Analdex, donde estuvo hasta 1997 para dedicarse a sus actividades profesionales relacionadas con el comercio exterior? De todo: análisis sobre los países que supieron manejar la acumulación de reservas; poner los asuntos cambiarios en el primer plano del debate económico y político; defender la apertura a pesar de todo, y mantener en lo posible un alto nivel de concertación con las autoridades oficiales, “así en ocasiones -señalaba- no nos dieran gusto”.

Ahí estaba pintado el hijo del Leopardo

(*) Escritor y periodista. Ex director del diario “La República”