Los falsos amigos
No me cabe la menor duda que estamos ante una sociedad de falsos y oportunistas que no hallan el momento de un acontecimiento para buscar sobresalir.
Pareciera que hay que morir para que nuestros detractores salten para escribir mensajes de condolencia, resaltando las virtudes de quien se encuentra en el ataúd.
Es una actitud infame que no tiene presentación alguna, sobretodo en estos tiempos en que el monstruo vestido de negro con la hoz en la mano, amenaza cada días más y más la vida de nuestros compañeros y amigos.
Es cierto que todos tenemos amigos y detractores. Los amigos, amigos son, pero los detractores nacen de la envidia y el rencor, porque nunca lograron subir un peldaño en la vida.
Murió Carlos Holmes Trujillo, el ministro de la Defensa. Ahí mismo saltaron los críticos para alabarlo con frases que parecían provenir de un diccionario de falsarios. Ya no era el servil del uribismo.
Murió Julio Roberto Gómez, presidente de la Confederación General del Trabajo (CGT). Otro caso parecido. En vida era el obstáculo de algunos de sus representados. A su muerte los lamentos de sus enemigos no se hicieron esperar destacándolo como un gran ser humano.
Otro caso doloroso el del periodista Jorge Eliécer Orozco Dávila de Armenia.
Luego de una penosa enfermedad falleció en el hospital Oncológico de Pereira.
Durante toda su vida en la función periodística no hizo cosa distinta que defender a su departamento del Quindío y luchar en forma permanente contra quienes por razones propias, querían apoderarse de los recursos de esta sección del país.
Esta labor de muchísimos años le generó amores y desamores de decenas de quindianos.
Pues falleció y en la larga lista de mensajes no había sino saludos y admiración.
Qué se hicieron los enemigos políticos que siempre tuvo y que no hacían cosa distinta sino criticarle para hacerle una vida imposible?. Muchos enviaron mensajes de admiración y dolor por su fallecimiento.
Estos ejemplos no nos dejan pensar cosa distinta que estamos ante una sociedad de falsos y que basta con morir para convertirse en un ídolo político o social.