12 de junio de 2026

Malos tiempos para las brujas 

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
31 de octubre de 2020
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
31 de octubre de 2020
Bruja. Imagen Blasting News.

Pobres brujas: Están en la época de vacas flacas. No son taquilleras, no asustan, no preocupan, no desvelan, no nada, como en los remotos tiempos del Antiguo Testamento. En el Éxodo,  Levítico y Deuteronomio, les dan duro y a la cabeza. “A la hechicería no la dejarás que viva”, se lee en el primero de los libros mencionados.

En tiempos de Internet, las tales brujitas son una amable nota de pie de página que tiene su apoteosis el 31 de octubre cuando la población menuda nos abruma con disfraces desde el vamos matinal hasta por la noche.

Claro como coronavirus acabó hasta con el nido de la perra este año la celebración anda de capa caída.

Solo de pronto se oirá la cacofónica admonición de que reencarnaremos en Pinocho si no nos gastamos parte de la quincena en dulces “para mí”.

Tiempo llegará en que para los trajes de Halloween los imitadores de hoy se inspiren en la literatura clásica que nos regaló dos brujas famosas: Circe y Medea. Agradecidos. Autores como Teócrito, Horacio, Ovidio, les coquetean a estos seres hechizados que le jalan a la magia de estirpe erótica.

Desde siempre estamos en deuda con ellas. Las brujas han mejorado y alborotado la hoja de vida de la humanidad. También hay colegas hombres con el rótulo de brujos, pero carecen del glamour de ellas. Son ilustres segundones. Como los vicepresidentes de todas partes que son invitados a depositar sus glúteos en actos de media petaca.

Hasta la famosa escoba que les servía de medio de transporte se ha convertido en  nostalgia. Flaca imaginación la de las brujas -o de sus creadores-  transportarse en semejante incomodidad. Si revivieran  hoy volarían en primera clase. O en tren bala.

¿Por qué escogieron la escoba como ícono?  Algunos aventuran la tesis de que se trata de un símbolo fálico que reflejaría la promiscuidad sexual de estos seres que incluían a Satanás en su menú kamasútrico.

Gato envigadeño encerrado en sí mismo

A espaldas de los gatos, se ha dicho en forma irresponsable que ellas solían encarnar en los relajados felinos, siempre y cuando fueran negros. Calumnias de la oposición.

Como las cosas no son del dueño sino del que las necesita, Regina Once, en su encarnación política de bruja, se ahorró agencia de publicidad  pero acogió la escoba como símbolo para barrer con los corruptos de todos los pelambres.

Quien no tenga siquiera una bruja en la hoja de vida que tire la primera piedra. Le faltó algo en su currículo vital. En nuestra infancia, la sola mención de la palabreja nos ponía a pagar escondederos a peso. Creíamos en ellas a pie juntillas. En algo se tiene que gastar uno la niñez. El miedo hace parte de ese “algo”.

La fobia que nos inoculaban contra dichos personajes era tal que en la escuela, a la par con los pecados que según el padre Gaspar Astete había que evitar, nos cantaleteaban: “¿Brujas? Que las hay las hay, pero no hay que creer en ellas”.

Don Tomás Carrasquilla incluye este refrán  en “Simón el mago”. Lo supe por “el correo de las brujas” que el mismo cascarrabias del Don Tomás lo menciona en “La Marquesa de Yolombó”, obra a la que le faltan lectores, digamos de refilón.

Dentro de la mala prensa que les ha llovido, siempre se ha dicho de la bruja que es mujer fea, de mal carácter. Esto se refleja, por ejemplo, en una de las pinturas negras de Goya que suscitan pavor estético.

Claro que  la voz “bruja”, por cierta secreta alquimia del idioma, ha derivado en sinónimo de mujer bella. Por lo menos en la acepción que el enamorado de primer semestre le dedica de pronto a la mujercita que le saca el aire y le alborota la bilirrubina sexual.

Doña María Moliner al definir al brujo lo pinta como cautivador, encantador. Por extensión, ya que ella no lo hace, les podemos acomodar esos sinónimos a las brujas que nos desvelan.

No importa que la primera acepción del Diccionario que domina el mercado (el de la Real Academia)  defina así  a la bruja, con crueldad machista: “Mujer que, según la opinión vulgar, tiene pacto con el diablo y, por ello, poderes extraordinarios”.

Ese tal pacto y los tales poderes llevaron a miles de féminas a la hoguera.  (Hombres también resultaron chamuscados, pero no tantos. Hasta en esto somos de buenas…). En tiempos de la Santa Inquisición –que de lo primero no tenía un ápice- la tala de árboles para quemar brujas casi acaba con lo que quedaba del medio ambiente. Se calculan en miles las brujas que pasaron por ese horno crematorio de pedal que era la hoguera.

Los que se han quemado las pestañas estudiando el tema aseguran que el primer caso de quema de una bruja se registró en Toulouse, Francia, en 1275.

Otros historiadores juran que por ahí no es la cosa: que la persecución se inició en 1360 y que no lo hizo la católica Iglesia a través de su ventrílocua, la Inquisición, sino la justicia civil de Suiza y Croacia a pedido del eterno contribuyente primario.

Sea como sea, la principal acusación contra ellas era que incurrían en “punible ayuntamiento” con Belcebú, quien, en coqueta reciprocidad, las investía de poderes especiales que no tendrían como simples mortales de la llanura.

Gracias el tío Google que me ha permitido posar de sabelotodo en esta nota,  constato que la literatura infantil también se apropió de las brujas. En los Hermanos Grimm, que se turnaban para escribir los párrafos y poner las comas, campean en muchas de sus páginas.

Bruja es la madrastra de Blancanieves. También lo es la de La Sirenita, de Hans Christian Andersen y la de la casita de chocolate de Hansel y Gretel.

En El Mago de Oz se peca y se empata por cuanto hay paridad de brujas buenas y malas.

Claro que mientras los niños imploran dulces y dejan volar la imaginación, poco les importará saber que hubo caza de brujas en los años cincuenta. Así se llamó la persecución que encabezó el senador norteamericano Joseph McCarthy contra todo lo que oliera a comunismo. Veía un camarada, una hoz o un martillo, y se le dañaban las hamburguesas del todo el semestre.

En honor, supongo, de las brujas, la humanidad ha contado con el brujo de la tribu. Era un individuo fuera de serie que ejercía un papel de mediador con la divinidad. Dirigía las ceremonias rituales y lo curaba todo. El poder detrás del trono como quien dice.

Lo de caza de brujas salió de la obra de Arthur Miller, Las Brujas de Salem, basada en los célebres Juicios de Salem, Estados Unidos. Miller, por cierto, se dejo embrujar de Marilyn Monroe, el stradivarius del sexo. ¿Quién no?

En la televisión, las ha habido para todos los gustos. “Hechizada”, una bruja buena, con Elizabeth Montgomery, le dio a la aldea global una de sus primeras dosis  personal de brujas buenas. Como su colega Wendy que se pavonea en la historieta de Gasparín y que sirve de modelo para noches como las del 31 de octubre que de aguas se cubre…  aunque no siempre.

Pero también tuvimos en la pasarela mundo series como “La peor bruja”, Sabrina. La serie de Harry Potter ha hecho su aporte sustancial en esta materia. No dejemos por puertas a la Bruja Blanca, de las crónicas de Narnia.

“Brujo de Otraparte” le decimos sus devotos a Fernando González, filósofo envigadeño. Su hijo Simón, expresidente de Incolda y ex intendente de San Andrés, convocó el primer congreso mundial de brujería para enseñarnos a abrirnos a lo desconocido.

Como el mundo sin brujas sería menos mundo, esta nota no pretende convertirse en un réquiem por ese exótico, necesario y misterioso colectivo. Más bien todo lo contrario. Nos hacen falta un “Retorno de los brujos”  con wasap, entendidos como esos seres que van por el mundo asombrando, preocupando, estremeciendo. (Nota sometida a latonería y pintura. Publicada originalmente en El Tiempo)