12 de mayo de 2021
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¿Se acabará el «mundo libre»?

7 de mayo de 2020
Por Mario De la Calle Lombana
Por Mario De la Calle Lombana
7 de mayo de 2020

Una de las más graves consecuencias de esta crisis global que estamos sufriendo podría ser un importante deterioro de los derechos humanos. Aprovechándose del miedo universal, que les impide a las comunidades reaccionar contra este movimiento generalizado, las autoridades de todos los niveles, nacionales y regionales, han ido aprendiendo a limitar las libertades individuales, a restringir los movimientos y las iniciativas de los ciudadanos, a decretar la detención domiciliaria de la población, especialmente de los mayores de setenta años, sin derecho a habeas corpus ni posibilidades siquiera de una libertad provisional. Esto, contra millones de personas que no han cometido ningún delito ni tienen culpa alguna de lo que está pasando. Y que, obligadas por el miedo, aceptan sin chistar todas las restricciones que se les ocurren a las autoridades: “pasaportes sanitarios”, autorización a salir en determinados días definidos con base en su género o en el dígito final de su cédula, prolongados toque de queda de dos y hasta tres días, y hasta asumir por el gobernante, en muchos casos, la capacidad autoasignada de dictar normas con fuerza de ley sin la participación de los respectivos parlamentos, lo cual implica una dictadura fiscal de hecho; y no pretendo evaluar la conveniencia o necesidad de esta medida, sino exponer la real disminución de la posibilidad de intervención democrática de los ciudadanos.

Los ciudadanos han perdido su capacidad de protestar. Los alcaldes, en algunas ocasiones, han dado muestras de una prepotencia injustificada, como en el caso del alcalde de Cali que, ante la innegable indisciplina de gentes de algunos barrios, decidió aumentar el «pico y placa», de ocho horas semanales a tres días de 24 horas en el mismo período, en una actitud más de desquite que de control. Los ciudadanos se han ido resignando, y es de temer que cuando esta situación termine, la humanidad habrá retrocedido de manera importante en su capacidad de exigir sus derechos.

Cuando empezó la crisis se criticaron mucho las decisiones de las autoridades de China y se achacó a la naturaleza totalitaria de su régimen la posibilidad de tomar la drástica medida de confinar de manera absoluta a los ciudadanos. Pero, a medida que la peste avanzaba, casi todos los países tomaron decisiones parecidas, y las comunidades se fueron sometiendo, casi sin chistar. Y lo ocurrido en China empezó a considerarse algo normal y necesario.

Hay quienes piensan que se habrá llegado a un retroceso de un par de siglos en la lucha por los derechos civiles, y habrá que emprender de nuevo la lucha por las libertades individuales. Por lo pronto algunos vaticinan que, cuando salgamos del problema, nos encontraremos un modo menos democrático, menos libre, más autocrático y con gobiernos más totalitarios.

Este futuro parece inevitable. La paradoja suena real. ¿Más muertos o más libertad? Difícil decisión. Aunque una hipótesis que se ha expuesto es que en realidad las determinaciones tomadas por los gobiernos, más que disminuir el número de muertos, lo que pretenden es evitar que todos se concentren en un período corto, para que las camas hospitalarias, las unidades de cuidado intensivo y los servicios funerarios puedan dar abasto con el problema. Y en ese caso, si al final el número de decesos va a ser aproximadamente igual, ¿no sería preferible dejar a los que sobrevivan una vida más libre y más amable? Lo cierto es que la población mundial está tan acobardada que posiblemente no acepte estas reflexiones. Y los extremistas lo saben.