26 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Francisco de Paula Santander

10 de mayo de 2020
Por Por Oscar Jiménez Leal.[i]
Por Por Oscar Jiménez Leal.[i]
10 de mayo de 2020

El  2 de agosto de 1825, Bolívar hizo su entrada triunfal a la población de Pucará en el sur del Perú. Allí  el abogado Inca José Domingo Choquehuanca vocero de la multitud  le dio la bienvenida con las siguientes palabras:

«Quiso Dios de salvajes formar un gran imperio y creó a Manco Cápac; pecó su raza y lanzó a Pizarro. Después de tres siglos de expiaciones ha tenido piedad de la América y os ha creado a vos. Sois pues, el hombre de un designio providencial. Nada de lo hecho hasta ahora se asemeja a lo que habéis hecho, y para que alguno pueda imitaros será preciso que haya un mundo por libertar. Habéis fundado tres repúblicas que en el inmenso desarrollo a que están llamadas, elevan vuestra estatua a donde ninguna ha llegado. Con los siglos crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina».

Compartir las palabras de elogio del Inca sobre la Gloria alcanzada por el Libertador Presidente con el devenir de los tiempos, no obsta a la  conciencia  histórica para valorar en sus justas proporciones el rol de primera magnitud desempeñado por  el General  Francisco de Paula Santander en la independencia de las Repúblicas liberadas por la espada victoriosa  de Bolívar. Reconocer entonces su genio guerrero no debe significar menoscabo alguno para el prestigio de Santander como organizador de la victoria en la Nueva Granada y menos desestimar la colaboración determinante en las batallas de Boyacá, Carabobo, Pichincha, Junín y Ayacucho que definitivamente dieron al traste con la presencia de los españoles en la América nuestra. Toda la campaña libertadora de los países vecinos se realizó con hombres neogranadinos, armas neogranadinas, dinero y vituallas neogranadinas, al son de bambucos y aires musicales neogranadinos, suministrados o auspiciados por el Vicepresidente Santander, a pesar de la maltrecha economía postcolonial.

Sin embargo, los amigos de Bolívar jamás le reconocieron al General Santander los ingentes esfuerzos realizados para mantener un ejército libertador en el Sur del continente, menos le perdonaron que no se saltase los mecanismos previstos por la democracia instaurada para  la obtención de las autorizaciones del Congreso destinadas a  realizar tan enorme gasto fiscal, y por el contrario, de tales vicisitudes se valieron sus enemigos para agriar las buenas relaciones entre los dos grandes hombres. De todas maneras, no se conciben la Gloria y el Genio Militar de Bolívar sin la capacidad de organizar la Victoria  y dotar a la Republica de un sistema de Leyes y no de hombres de Santander, y como en la famosa Obra de Plutarco,  para ser justos,  se deben abordar sus biografías desde la perspectiva de unas “Vidas Paralelas”.

Tampoco el veredicto justiciero de la historia le ha hecho honor, pues lo dictaron sus enemigos declarados, hasta el punto de que fue condenado a muerte por esos mismos enemigos, sindicado de ser el jefe de la conspiración del 25 de septiembre de 1828, sin prueba alguna y sin observar el debido proceso, pues en lugar de conspirar contra él, le salvó su vida, en por los menos tres ocasiones debidamente documentadas por una amplia bibliografía sobre la materia.

La primera fue  en 1818 cuando acampaba durmiendo en una hamaca en los bosques Rincón de los Toros, cerca de San José de Tisnados en Venezuela y una vez el Coronel español que con su partida peinaba la zona lo descubrió junto con el entonces Coronel Santander y otros oficiales. Todos huyeron menos Santander que se quedó acompañándolo. Luego le entregó su montura y pudo salir ileso, mientras éste se escondía de sus enemigos. Lo logró sacar pues en su mula en medio de la oscuridad. Después se supo que la hamaca tenía tres perforaciones de proyectiles españoles.

Posteriormente, pocos días  antes del 25 de septiembre de 1828, fecha del atentado contra el Libertador Presidente, surgió el rumor  de la conspiración para  asesinarlo en un baile de máscaras en el Coliseo, hoy Teatro Colón. Enterado Santander se disfrazó para asistir al baile, a pesar de estar en cama enfermo del mal que siempre lo aquejó y se fue tarde de la noche para el Coliseo, de allí sacó al Libertador enmascarado y cubierto por su capa hasta cuando lo dejó sano y salvo en la puerta del Palacio de San Carlos.

La última conocida y documentada con suficiencia ocurrió en Soacha donde estaba el Libertador sin escoltas y Pedro Carujo, amigo y seguidor  de Santander, resolvió darle  cuenta del plan de asesinarlo en esa población. Santander lo increpó fuertemente y le hizo saber que si no desistían de tan siniestro plan, él mismo los denunciaría ante las autoridades inmediatamente, la misma amenaza profirió cuando requirió la presencia de su seguidor y amigo  Florentino González. El siniestro plan fue pues abortado por la influencia de Santander.

De tal manera que para  el 25 de septiembre   de 1828 cuando se produjo el atentado, los conjurados no solo se  cuidaron de hacérselo saber, sino que  lo  ocultaron por temor a ser delatados. Al tener la conciencia tranquila pudo presentarse a la Plaza de Bolívar una vez pasó el peligro sobre la vida del Libertador para ponerse a órdenes del Gobierno, circunstancia que aprovecho el General Sucre para detenerlo acusado de ser el Jefe de la conspiración, cuando solo era el jefe de la oposición al Gobierno del Libertador Presidente.

Su  condena a muerte se produjo con fundamento en una legislación derogada por el mismo Libertador  Presidente para adoptar la legislación de juzgamiento del Ejército Español; y si bien le fue conmutada la pena capital por la de destierro, lo fue  porque el Ministro de Guerra y Marina, José María Córdoba se negó a firmar el decreto de pena de muerte y, además,  porque  un numeroso y distinguido grupo de damas bogotanas anunció que de llevarse a efecto el cumplimiento de la pena, ellas se interpondrían entre el pelotón de fusilamiento y Santander, sin importar las consecuencias. Entonces fue desterrado del País y de la propia Historia Patria por sus enemigos. Solo fue  absuelto por el Libertador   a finales de noviembre de 1830, pocos días antes de morir en Santa Marta, cuando expresó: “…el no habernos compuesto con Santander, nos ha perdido a todos”.

Otra manera de satanizar la monumental obra desarrollada por el Gobierno de Santander no menos mezquina,  ha sido la de llamar peyorativamente “Santanderismo” para referirse con reproche y con  desprecio a una actuación o trámite oficial que se cuestiona. Pues precisamente esa es la democracia: separación de poderes, con colaboración armónica de ellos para alcanzar los fines del Estado, gobiernos alternativos no vitalicios, elecciones libres y libertades ciudadanas. Pesos y contrapesos para permitir que el poder controle al poder. Son las reglas de juego acordadas; en otras palabras, es el Contrato Social fundacional del Estado en desarrollo.

Eso que llaman despectivamente “Santanderismo” no es acaso el Estado Social de Derecho? Un gobierno de leyes no de hombres, donde el poder de las armas está subordinado al poder civil y todos a la ley y que se preocupa, como ninguno otro Estado,  por la educación del pueblo para obtener la igualdad de oportunidades de todos los habitantes y por la salud de sus  conciudadanos? Acaso el trámite de la licitación o concurso de méritos para acceder a los grandes contratos del Estado y brindarlos de la corrupción es “Santanderismo”?.

Bien valen las anteriores reflexiones cuando se conmemoran en cuarentena 180 años de la muerte del General Francisco de Paula Santander, destinadas a tratar de restaurar en alguna medida el legado histórico lesionado, constituido en patrimonio moral de todos los colombianos.

Bogotá 10 de mayo del año de la cuarentena.