… Nuestra campaña libertadora (3)
Lo único positivo, y para Bolívar lo más atractivo de esa peligrosa ruta, era que, por sus características hostiles, las fuerzas realistas tenían descuidada su vigilancia, lo que permitía preservar a sus tropas del riesgo de una confrontación desventajosa, por lo que en su fuero interno decidió que esa era la ruta menos obvia para la gran mayoría y por lo tanto la mejor para emprender la osada travesía. A esta reunión de estado mayor asistieron, entre otros, los jóvenes oficiales Carlos Soublette, Jefe del Estado Mayor, José Antonio Anzoátegui, jefe de la guardia del Libertador y los coroneles José de la Cruz Carrillo, Pedro Briceño Méndez, Ambrosio Plaza, Manuel Manrique, José Antonio Rangel, Juan Guillermo Iribarren y James Rook, comandante irlandés de la Legión Británica, recién llegado de Europa con sus hombres e incorporado al contingente patriota. El 21 de enero de 1819, en los navíos británicos el “Perseverance” y el “Tartare” habían llegado 300 mercenarios de Inglaterra e Irlanda al mando de Rook, contingente que desde su incorporación a las fuerzas de Bolívar y aprovechando su experiencia militar, adelantó tareas de entrenamiento y capacitación de las tropas locales en especialidades y disciplinas del combate cuerpo a cuerpo, marchas, asalto, embestida y uso de la lanza, el puñal, el sable y el manejo correcto de las escasas armas de fuego disponibles como el arcabuz y el fusil con bayoneta calada.
Cuando Bolívar explicó a los sorprendidos oficiales su plan de continuar la marcha en tan malas condiciones, lo que significaba avanzar por barrizales imposibles, vadear ríos crecidos poblados de caimanes, boas constrictoras, voraces peces caribe, rayas, anguilas eléctricas o temblones y luego trepar las desafiantes alturas de los Andes en pleno invierno y por caminos resbaladizos, peligrosos, intransitables y a veces inexistentes, enfrentar la lluvia y el intenso frío conduciendo tropas en su gran mayoría de origen calentano que nunca habían conocido el hielo ni soportado rigores diferentes a los de las ardientes tierras bajas, estos quedaron desconcertados y con la boca abierta, incapaces de pronunciar ni una palabra. En esas, en medio del incómodo silencio de los presentes y como un cañonazo, a través del ruido sordo de la tormenta que caía fuera de la choza, tronó la voz del Coronel James Rook, comandante de la Legión Británica, quien luego de un enérgico chocar de tacones, alegó con su acento agringado, en voz alta y tono firme: “¡Excelencia, lo seguiré hasta el Cabo de Hornos!”.
Ante la espontánea y categórica manifestación de voluntad del joven Rook, un oficial extranjero recién llegado, más acostumbrado a los climas europeos que a los rigores meteorológicos del trópico y con su joven guargüero más hecho a soportar excesos de whisky de malta o de la espumosa cerveza Guinness, que un buen totumado de la humeante y traicionera chicha de maíz fermentado, de esa que, a pesar de su aspecto inocente y tranquilo, cuando está a punto de caramelo y como “pa’ catiar alhajas”, es capaz de aflojarle las calzas de las muelas más escondidas al más pintado, así que los oficiales presentes no tuvieron otro remedio que tragarse ese sapo, callar, escuchar y aceptar con escepticismo y resignación los planteamientos estratégicos de su general en jefe y comandante supremo, Simón Bolívar, aquel tempestuoso coloso de la guerra.
El 25 de mayo, ignorando los embates del tenaz invierno, arrancó desde Mantecal y con rumbo a Guasdualito la expedición encabezada por Bolívar, seguido por Soublette, Anzoátegui, Carrillo, Méndez, Briceño, Reinel, Iribarren, Plaza y James Rook con su Legión Británica. El único que desentonó con los actores de aquella osada puesta en escena fue el teniente coronel venezolano Juan Guillermo Iribarren quien, a hurtadillas, salió por la puerta de atrás y sin siquiera exclamar ¡Abur!, desertó con los miembros del escuadrón de Húsares, situación a la que el Libertador resto importancia y en nada alteró sus propósitos expedicionarios y la decisión de ponerse en marcha de inmediato.
Durante su recorrido, las tropas hicieron breves paradas en los hatos Diero, Bezcancero, Avileño, Guerrereño y Mata de Miel hasta llegar a la población fronteriza de Guasdualito el 2 de junio de 1819, donde se encontró, en su cuartel general con el general José Antonio Páez, el “León de Apure”. Para despistar a Morillo y hacerle creer que las tropas patriotas pretendían ingresar a la Nueva Granada por la región del Táchira y distraer así al grueso de sus tropas, el Libertador impartió instrucciones al General Páez de dirigirse con sus lanceros del llano hacia esa zona para que atacara los valles de San José de Cúcuta desde la región tachirense, pero el valeroso aunque díscolo general venezolano no cumplió a su cometido y resolvió devolverse desde San Cristóbal, alegando que los soldados de su caballería llanera no estaban acostumbrados a combatir en terreno montañoso. Al justificar su insubordinación ante el propio Bolívar, el general Páez mencionó sus irredimibles diferencias con el General Francisco de Paula Santander y con el coronel casanareño Ramón Nonato Pérez por quienes manifestó escasa simpatía, cuando le expresó a su comandante en Jefe:
“Mi ejército y yo, en el llano tenemos posibilidades de sobrevivir. Aquí, con la ayuda del medio y las circunstancias, aunque no tengamos posibilidades de ganar la guerra, somos invencibles. Eso por un lado, y por el otro, chico, yo no soy reinoso. Mi lucha es por la libertad de Venezuela, mi patria. Esta es una situación que he defendido y me ha causado profundas diferencias con el General Santander y con el Coronel Ramón Nonato Pérez. Y yo soy rencoroso. Usted me conoce, junto a esos guates granadinos yo no peleo”. Por el contrario, el volcánico temperamento y la tenacidad de Bolívar lo impulsaron a concretar a trancazos su sueño y a iniciar la marcha con la mayor premura. Los detalles de las dificultades que encontrarían sus desvalidas tropas durante la travesía han sido narradas por muchos autores, entre ellos, en mi opinión el más gráfico y fiel, el General irlandés Daniel Florencio O’Leary, participante en la dura marcha y por lo tanto, testigo directo de la hazaña, quien en sus extensas “Memorias” describe paso a paso los vericuetos de una gesta de tales proporciones. El autor venezolano Guillermo Ruiz Rivas, en su libro “Bolívar, más allá del mito”, describe con crudeza algunos detalles del histórico emprendimiento de una marcha calificada por los escépticos como imposible. Afirma Ruiz Rivas,
“Tras de los jefes Bolívar, Soublette, Anzoátegui y Salom va la tropa marchando resignada y cabizbaja. La caballería de los batallones “Llano Arriba” y “Guías” se ha dividido en escuadrones de lanceros comandados por Juan José Rondón, Leonardo Infante, Lucas Carvajal, Julián Mellado y Hermenegildo Mujica. Las mulas cargadas con las vituallas y unos pocos cañones pujan entre el fango. Viene Arturo Sandes como capitán del “Rifles”, viene el coronel James Rook, jacarandoso y feliz a la cabeza de la legión británica, viene Cruz Carrillo, viene Ambrosio Plaza. Son 2.120 hombres que cruzan una inmensa llanura conducidos por la fe inquebrantable del Libertador. Hace mucho tiempo viajan con ellos la miseria y el hambre, por delante tienen también el hambre y la miseria”.
Luego de la penosa travesía bajo torrenciales aguaceros, corrientes crecidas de ríos, quebradas y caños que era necesario vadear en precarias balsas e improvisados botes de cuero en los cuales pasar a los que no sabían nadar además de las armas, las municiones, la pólvora y los víveres, superando charcas y fangales, marchando casi siempre con el agua a la cintura, por terrenos donde las mulas que cargaban el bastimento se enterraban hasta la barriga y los soldados y sus caballerías luchaban a su vez por no quedar atrapados en el barro, por fin la expedición, alcanzó el 4 de junio las riberas del rio Arauca. Luego del consejo de los baquianos regionales, conocedores de todos los peligrosos vericuetos, moyas y remolinos del crecido y caprichoso río, poblado de caimanes, rayas y temblones, se decidió vadearlo, aseguran algunos historiadores, por el sitio de Cañafístolo, que por su anchura, permitía el vado, así que por allí pasó la mayor parte de la tropa utilizando embarcaciones de madera de balso, “curiaras” y botes de cuero seco de res para pasar a los que no sabían nadar y para proteger las preciadas provisiones, bastimentos, armas, pólvora y municiones que podrían echarse a perder si se mojaban.
Superado el cruce de la procelosa corriente, la marcha se reinició al día siguiente ya en el Casanare, territorio que en esos momentos formaba parte del Virreinato de la Nueva Granada, aunque por su cercanía y mayores facilidades de acceso, estaba gobernada bajo la jurisdicción de leyes y magistrados de la vecina Capitanía de Venezuela. La difícil marcha de la expedición libertadora siguió el 5 de junio, continuamente castigada por aguaceros que complicaban el avance por los enfangados caminos y las frecuentes corrientes crecidas de numerosos ríos menores y quebradas que era necesario vadear con extrema dificultad. Esa noche, las emparamadas tropas descansaron bajo un chaparrón en el sitio Cuatro Matas. Para los miembros de la fatigada tropa resultaba obligante resguardar de la humedad su fusil y sus municiones, para lo cual debían protegerlos con la miserable frazada que, como único abrigo, portaba cada uno como parte de su modesta impedimenta.