1 de marzo de 2021
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Cuidado con la antipolítica

3 de julio de 2019
Por Jaime Jurado
Por Jaime Jurado
3 de julio de 2019

Los videos con escenas de políticos ucranianos arrojados a la basura por ciudadanos enardecidos muestran el aumento de las tendencias llamadas antipolíticas. No es casual que se hayan dado en el país que este año eligió como presidente a un humorista sin partido. Aunque existen antecedentes en los 90 como el ascenso de Berlusconi en Italia y el de Fujimori en Perú, es en los últimos años en los que parece estar más en alza este fenómeno. En la propia Italia es parte de la coalición de gobierno el movimiento Cinco Estrellas del cómico Bepe Grillo, mientras en Filipinas llegó a la presidencia el sorprendente Rodrigo Duterte, en Haití el cantante Moise y en Guatemala el humorista Jimmy Morales.

En una ciudadanía cansada de la corrupción es fácil que pegue el discurso antipolítico y de allí que muchos celebran con alegría lo que parecería ser una acción justa. Sin embargo, amén de la condenable violencia y el aire de linchamiento que se observa en lo de la basura como destino de los políticos, hay que analizar con serenidad y no dejarse arrastrar por soluciones aparentemente fáciles que no pocas veces llevan a situaciones peores que las pretenden solucionar.

La antipolítica se nutre de la cada vez mayor desconfianza de la población con el estado y los partidos, que refleja la profunda crisis de representación y del estado mismo, reducido a su mínima expresión desde que se impusieron las tesis neoliberales de prelación del mercado.  La separación de política y economía y una pretendida pérdida de vigencia de las ideologías facilita el ascenso al poder de quienes se muestren ajenos a las componendas y maniobras que caracterizan la vida de los partidos.

Sin embargo, nada hay más político que la llamada antipolítica porque de suyo es una propuesta sobre el manejo de la sociedad y del estado. El gran problema es que implica una práctica perversa que conduce indefectiblemente a la degeneración de la política porque tiene como fuente nutricia la descalificación de todo lo que sea partidista y porque no crea ni se alimenta de estructuras organizadas sino de liderazgos personales y carismáticos que además consideran la institucionalidad un obstáculo y no el marco en el que debe desarrollarse la vida democrática.

Hasta ahora el balance del desempeño de estos antipolíticos no es muy positivo. Ya sabemos en qué terminó el experimento fujimoresco y vemos salir en el mayor descrédito a Jimmy Morales, en tanto Moise está a punto de ser lanzado a las calles de Puerto Príncipe por una rebelión popular.

En Colombia ha tenido expresiones limitadas a los cuerpos legislativos a y algunas alcaldías.  Algunos humoristas como Alfonso Lizarazo, la Gorda Fabiola y Hugo Patiño pasaron sin pena ni gloria por el Congreso y el Concejo de Bogotá (corporación en la que el lustrabotas Chaparro estuvo con más pena que gloria al descubrírsele antecedentes penales). El paso de Antanas Mockus por la alcaldía de la capital y su vigencia aún en la política por una vía más partidaria lo convierten en un caso muy especial también surgido de la corriente “antipolítica”.

Bucaramanga y Cali, muestran también alcaldes de origen no partidista, Hernández y Armitage, igualmente con balances muy cuestionables.

Sin duda, el monopolio de la representación por parte de los partidos enfrenta su reto más duro, pero es aún temprano para enterrarla. Claramente hay que relegitimar esa representación con mayor democracia interna y con una lucha anticorrupción que no se limite a la retórica vacía. También hay que dar más participación a los líderes sociales dentro de las estructuras partidarias y en las listas, y ampliar las posibilidades de expresión electoral de los movimientos sociales. A la vez, la recuperación del papel del estado como institución que intervenga para reducir la desigualdad, mejorar las condiciones de vida de los sectores populares es elemento esencial para que la sociedad no sea seducida por los cantos de sirena de la supuesta antipolítica.