Las impacientes ambulancias sin pacientes
En cualquier país del mundo, en el que impere el sentido común y un mínimo de respeto por el orden y las normas de convivencia ciudadana, el ululante sonido de una sirena y los destellantes rayos de las luces de alerta de cualquier vehículo oficial de servicios de emergencia, trátese de bomberos, policía o ambulancias, inmediatamente produce en los conductores que comparten la vía pública y se encuentran en el camino, movimientos casi reflejos de disminuir la marcha, apartarse del rumbo y detenerse si es posible y necesario, para facilitar que el vehículo que reclama el paso pueda desplazarse con la velocidad y urgencia que sus operadores consideren seguro y necesario. Solo ellos conocen en cada momento, el sentido y el propósito de su prisa. Aunque en mi opinión algo se ha progresado en estas disciplinas, aun resulta frecuente que alguno de los conductores que transitan por nuestras atiborradas calles se obstine tercamente en disputarle la vía a la ambulancia que insistentemente reclama el paso prioritario por medio de señales sonoras, visuales y de voz.
Cuando una ambulancia atruena con sus alarmantes reclamos luminosos y sonoros y demanda el inalienable derecho de paso urgente, a más de un conductor he oído exclamar: “Tanto escándalo que hace este desgraciado y seguramente que en la ambulancia no lleva paciente alguno…” A lo mejor, pienso yo, este infeliz tiene razón y la tal ambulancia no lleva en el momento ningún paciente. Pero lo lógico y natural es que lleve prisa precisamente porque en algún lugar hay una familia angustiada con un ser querido herido o gravemente enfermo esperando la pronta llegada de esa ambulancia desocupada con la indispensable ayuda, de la cual puede depender si aquel paciente vive o si muere. Es por ello que en cualquier circunstancia, en cualquier lugar y a cualquier hora, el libre paso de los vehículos de emergencia debe ser respetado y tiene que estar garantizado y asegurado, especialmente en ciudades como la capital, donde las congestiones y el lamentable estado de las vías hace que la responsabilidad de un operador de ambulancia se convierta en una tarea agobiante y digna de apoyo y consideración, tal como en las mismas circunstancias lo merecen los bomberos y los policías que acuden presurosos en defensa de la preservación de la vida, los bienes y la seguridad de sus semejantes.
Pensar que hacen sonar sus alarmas, sirenas y campanas por divertirse o animar un jolgorio es una soberana estupidez, a pesar de que, es triste reconocerlo, casos se han dado, como el de aquel anónimo y curioso funcionario del Cuerpo de Bomberos de Bogotá, sobre cuya hazaña comenté en columna del 15 de abril de 2018 titulada “El exasperante ex aspirante”, quien en un destello de originalidad decidió sorprender a su novia el día de su matrimonio y en vez de recogerla en cualquier prosaico automóvil adornado con flores y cintas blancas para conducirla a la iglesia, consideró que era preferible salirse de lo trillado y común por lo que logró convencer a sus compañeros y sacar un enorme camión de bomberos equipado con escalera telescópica, y en medio de una ruidosa fanfarria de luces de emergencia, sirenas y campanas de alarma, vestido de smoking alquilado subió a recoger a su amada entrando por la ventana del apartamento situado en un piso alto de un edificio de propiedad horizontal. Claro que en este caso, insólito e irregular como pocos, las autoridades anunciaron una severa y exhaustiva investigación, sobre cuyos resultados, al menos en mi caso, nunca conocí conclusión ni noticia alguna.
CHICAS SUPERPODEROSAS, SIN PODER Y SIN RESPETO
El caso del fútbol femenino en Colombia, de tan corta historia y existencia pero de tan amplios y exitosos resultados, merece la especial atención de las autoridades, no de las futbolísticas, claro está, pues a pesar de las quejas y de las valientes denuncias sobre abusos, maltrato, discriminación y acoso sexual que algunas de ellas se han atrevido a revelar entre la negligente y tolerante dirigencia deportiva, ya ha quedado en evidencia que por ese lado, es poco lo que se puede esperar para frenar, prevenir y sancionar severamente, inclusive por las vías judiciales a algunos desvergonzados entrenadores y técnicos abusadores quienes han considerado que la concentración de un entusiasta y siempre mal retribuido y peor tratado grupo de jovencitas deportistas constituyen un apetitoso coto de caza para alimentar sus excesos y su impudicia. Si seguimos como vamos, pronto será preciso buscar a los entrenadores y preparadores físicos de nuestros equipos de fútbol femenino en alguna comunidad de eunucos que además ojalá sepan algo de tácticas futbolísticas. Probablemente sería más seguro y las jóvenes deportistas estarían más tranquilas.
Las recientes declaraciones desconsideradas, misóginas y homofóbicas del ya visiblemente achacoso Gabriel Camargo, presidente del equipo de fútbol Deportes Tolima, sobre la existencia y desempeño del fútbol femenino, según las cuales, los equipos de fútbol femenino son un entorno de borrachera y lesbianismo, causó la natural indignación entre los colombianos que admiramos, respetamos y apoyamos a este grupo de deportistas que dan lo mejor de si para defender los colores deportivos de nuestro país, tan necesitado de buenas noticias y buenos resultados en un deporte que tantas esperanzas como desencanto y frustración ha traído a nuestro país. El reciente caso del inequitativo trato dado, en materia de premios y reconocimiento, a las integrantes del equipo femenino del club Deportivo Huila, vencedor indiscutible de la versión femenina del campeonato de la Copa Libertadores de América del año 2018, cuya exitosa campaña y logro poco o ningún despliegue mereció por parte de la prensa deportiva de Colombia, da una idea del poco aprecio y reconocimiento que han merecido estas valientes y sacrificadas jovencitas. Penosamente, parece que, al menos en este caso, ¡Todos somos Gabriel Camargos..!