14 de mayo de 2021
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Soy optimista con el proceso de La Habana

22 de agosto de 2016
Por Augusto León Restrepo
Por Augusto León Restrepo
22 de agosto de 2016

UNO Y DOS

Por Augusto León Restrepo

UNO

augusto leon restrepoYo si soy optimista con el proceso de La Habana y su devoto y no me cansaré de repetir el por qué: en un casi cien por ciento se han acabado los muertos ocasionados por un conflicto con banderas ideológicas equivocadas, como es la de pretender que a través de las armas se pueda acabar con las inequidades y las exclusiones sociales, patrimonio de un Estado que nada hizo por acabarlas o aminorarlas. Quienes hemos vivido en ciudades intermedias y que desde hace años estamos en Bogotá, salvo en la época del terrorismo de Pablo Escobar y de la dinamita de las Farc como la dirigida contra el Club de El Nogal,  hemos  visto los genocidios y los pueblos arrasados por los guerrilleros y los paramilitares solo a través de los lentes fotográficos de osados corresponsales de guerra o de filmaciones vergonzosas de los mismos actores subversivos. Tomas de poblaciones, secuestrados en campos de concentración, discursos con demoníaco trasfondo político de Carlos Castaño y sus secuaces que aprovecharon el despropósito de haber sido invitados a repetirlos en el Congreso Nacional (!!!), fueron apreciados con displicencia o aun con simpatía por los citadinos, que por lo general carecemos de memoria como los juan tenorios de carrera. Y tal vez por eso no apreciamos en su verdadera dimensión lo que ha sido el cumplimiento de la tregua unilateral decretada por las Farc hace más de un año y el acuerdo de cese bilateral del fuego, que está la ONU en mora de supervisar. Los amaneceres con el periódico en la mano los rodeábamos de expectativas sobre los dantescos episodios que eran el pan de cada día. Y hoy estas expectativas se han volcado, con dolor solidario, sobre lo que sucede en otras geografías en donde el fanatismo  y los fundamentalistas de todas las pelambres, tratan de imponer por el terror y la muerte sus oscuras pretensiones. Estas reflexiones nos las hicimos al frente del televisor, mientras los atletas de más de doscientos países los representaban y buscaban los anhelados podios para escuchar los acordes de sus himnos y  mostrarse como ejemplo de superación, disciplina, entrega y sacrificio. En esos momentos, todos nos sentimos de la misma estirpe. Los colombianos vibramos al unísono y miramos con ojos de próximo o prójimo al de enseguida. Estoy convencido de que nos quisimos entre todos. Los muchachos de la medallería y los diplomas hicieron el milagro. Y seguro que las tropas del gobierno y las cuadrillas de guerrilleros también se solazaron cuando al soldado Oscar Figueroa, la burguesita Mariana Pajón o la preciosa abanderada y boxeadora zarca Ingrit Lorena Valencia, aparecieron en la televisión con sus medallas y las pudieron ver, con sus fusiles al lado, pero sin centinelas ni sin el miedo de ser emboscados. Posiblemente son bobadas estas que escribe un iluso digno de los altares, mi querido musicólogo Jaime Rico Salazar, quien todavía no cree que los sueños se puedan volver realidad, como lo consigna en una carta que pronto le responderé. Lástima que las Olimpiadas brasileñas hayan terminado y que la saudade, esa bella palabra que en portugués suena como un arpegio, nos invada. La confraternidad, la convivencia de más de diez mil atletas, el orgullo y la pertenencia por sus naciones, nos dejan la esperanza de que algún día la ciudadanía universal pacífica pueda ser ejercida. Pero !carajo!….la imagen del indemne y desamparado Omran, el niño sirio, con su carita y sus manitas ensangrentadas, nos comienza a perseguir.

DOS

No recuerdo si en los lejanos años de mi escuela primaria o de mi colegio de bachillerato existían las juntas de padres de familia y los manuales de convivencia o lo que ahora llaman ideología de género. Lo que si recuerdo es que sin aspavientos, en ellos y en mi hogar me enseñaron desde la más tierna edad que a la gente hay que respetarla por lo que es y no por su apariencia. Mariquitas y machorras han existido en todas partes y hasta en las «mejores» familias. Algunas o algunos, con el rechazo de sus progenitores por esas desviaciones de la naturaleza, pero casi siempre con la disidencia amorosa de las madres, que los querían así como eran. Y entraban a ser nuestros compañeros de pupitre, a quienes les hacíamos un matoneo amable- ¿oximoron se llama esta figura?- pero no los lapidábamos ni los colgábamos de los faroles. De pronto nos prohibían la compañía con ellos, porque en ese entonces como ahora muchos creían que la mariquería era contagiosa, pero ni nos enamoraron ni nosotros a ellos. A la larga ya no los mirábamos como bichos raros, los profesores no los discriminaban con las notas, figuraron en el mosaico fotografiados con nosotros, algunos cuando tuvieron bigote y barba fueron heterosexuales y los mas, se dedicaron a profesiones liberales como la política, las artes, la peluquería, que hicieron parte del desarrollo de sus personalidades. Con toda seguridad que hubo otras experiencias que los condujeron al alcoholismo y a las drogas, a vidas atormentadas y hasta al suicidio, producto del bullyng y de la homofobia, que existe y existirá. Pero los homosexuales de ambos bandos, quienes han sido nuestros amigos y que mi mujer y yo hemos recibido y seguiremos recibiéndolos siempre en nuestra casa, gozarán de nuestro respeto por sus opciones sexuales. Y convivente amistad en la diferencia. ¿Fruto de qué?. De las enseñanzas que recibimos de nuestros padres y nuestros profesores, en mi caso de la Escuela oficial Mariscal Sucre de Anserma y de los sacerdotes del Colegio Mayor de Nuestra Señora de Manizales, que se traducen en tres paradigmas: tolerancia, respeto por los demás y reconocimiento existencial de que todos, ustedes y nosotros, somos humanos, demasiado humanos. No sé si esto es ideología de género o estuvo señalado en manuales de convivencia, o es formación en valores civilizados, como yo lo creo. Que son los que se espera que se prediquen en las aulas y en las salas de los hogares, antes que odios, discriminaciones, peligrosas ideologías seudocientíficas o fundamentalismos islámicos y biblicos.