La reconstrucción también será digital
Las grandes transformaciones no comienzan con la tecnología. Comienzan cuando un país decide volver a creer en sus instituciones, en el conocimiento y en el servicio público.
Toda reconstrucción comienza mucho antes de levantar una pared, pavimentar una carretera o instalar una antena. Comienza cuando una sociedad decide recuperar la confianza en sus instituciones, volver a creer en el conocimiento y entender que el futuro no se improvisa: se construye.
Ese ha sido el hilo conductor de mis últimas columnas. He escrito sobre la necesidad de recuperar el valor del servicio público, de reconstruir la credibilidad de los medios públicos, de defender una libertad de expresión ejercida con responsabilidad y de reivindicar el mérito y el conocimiento como pilares del Estado. Temas distintos, sin duda, pero unidos por una misma convicción: Colombia necesita recuperar la fortaleza de sus instituciones para reconstruir la confianza de los ciudadanos.
Muchos pensarán que, después de esas reflexiones, lo natural sería escribir sobre justicia, seguridad o economía. Sin embargo, hoy quiero detenerme en otro de los pilares de esa reconstrucción nacional. Uno que suele pasar inadvertido para buena parte de la opinión pública, pero del que dependerá buena parte del futuro de Colombia: la transformación digital.
Durante muchos años hablamos de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones como si se tratara únicamente de computadores, antenas, cables o velocidades de conexión. Esa mirada ya no corresponde al mundo en que vivimos. Las TIC dejaron de ser un sector más de la administración pública para convertirse en la infraestructura invisible sobre la cual funciona el Estado moderno y se construye la competitividad de las naciones.
Cada gran transformación de la historia tuvo una infraestructura que la hizo posible. Lo fue el ferrocarril durante la Revolución Industrial. Lo fueron las carreteras, la energía y las grandes obras de infraestructura durante el siglo XX. Hoy esa infraestructura es digital. Sobre ella se edifican la productividad, la innovación, el conocimiento y buena parte de las oportunidades de las próximas generaciones.
Sería un error pensar que la transformación digital consiste únicamente en incorporar tecnología. La tecnología, por sí sola, no transforma países. Son las personas, las instituciones y las decisiones públicas las que convierten esa tecnología en bienestar para los ciudadanos.
Por eso, cuando hablamos de transformación digital, en realidad estamos hablando de personas.
Hablamos del niño que puede acceder a una educación de calidad sin importar el lugar donde nació. Del campesino que encuentra nuevos mercados para sus productos gracias a la conectividad. Del paciente que recibe atención médica especializada mediante la telemedicina. Del emprendedor que incorpora inteligencia artificial para hacer crecer su empresa y generar empleo. Del ciudadano que realiza un trámite desde su hogar en lugar de perder horas frente a una ventanilla. Y también de una democracia que fortalece la transparencia cuando la tecnología permite procesos más abiertos, eficientes y cercanos a la ciudadanía.
La educación ya no puede entenderse sin conectividad y contenidos digitales. La salud depende cada vez más de la interoperabilidad de la información y del análisis inteligente de los datos. La seguridad exige capacidades de ciberseguridad e inteligencia tecnológica. La competitividad empresarial está ligada a la inteligencia artificial, la automatización y la economía del conocimiento. La lucha contra la corrupción encuentra en la digitalización de los procesos públicos y en la trazabilidad de la información herramientas poderosas para fortalecer la transparencia. Incluso la calidad de nuestra democracia depende, en buena medida, de un ecosistema digital que garantice información confiable, pluralismo y mayores oportunidades para la participación ciudadana.
Todos estos desafíos, que parecen independientes, tienen un mismo habilitador: la tecnología.
Por eso estoy convencido de que el nuevo gobierno recibe una oportunidad histórica para convertir la transformación digital en el motor de la reconstrucción nacional.
No se trata únicamente de ampliar la cobertura de internet o desplegar nuevas redes de conectividad. El verdadero desafío consiste en cerrar definitivamente la brecha digital para que ningún colombiano quede excluido de las oportunidades del siglo XXI; acelerar la transformación digital del Estado para hacerlo más eficiente, transparente y cercano al ciudadano; fortalecer la ciberseguridad como un componente esencial de la seguridad nacional; preparar al país para liderar la revolución de la inteligencia artificial; impulsar una economía basada en el conocimiento y la innovación; y recuperar la confianza institucional de un sector llamado a liderar buena parte de las transformaciones que Colombia necesita.
La experiencia reciente también deja lecciones que el país no debería ignorar. Uno de los mayores riesgos de cualquier política pública consiste en confundir los instrumentos con los propósitos. La tecnología nunca ha sido el objetivo. El objetivo siempre ha sido mejorar la vida de las personas.
Cuando esa diferencia se pierde de vista, es posible entregar computadores donde aún no existe conectividad; impulsar modelos que, aunque inspirados en propósitos sociales, carecen de las condiciones técnicas, financieras y operativas para garantizar un servicio sostenible; o destinar recursos históricos sin traducirlos en un fortalecimiento real de las capacidades institucionales ni en mejores oportunidades para los ciudadanos.
Algo similar ocurre con los medios públicos. No basta con asignar cuantiosos recursos si estos no se reflejan en el fortalecimiento de la infraestructura tecnológica, en la modernización de las redes de transmisión y, sobre todo, en el cumplimiento de su misión como servicio público. La televisión pública existe para educar, promover la cultura, informar con pluralismo y fortalecer la identidad nacional. Cuando se aparta de ese propósito, pierde el activo más valioso que puede tener cualquier institución pública: la confianza de los ciudadanos.
Estas reflexiones no pretenden quedarse en el reproche. Por el contrario, buscan recordar que toda experiencia deja lecciones y que las sociedades inteligentes son aquellas que aprenden de ellas para construir un futuro mejor.
La transformación digital exige continuidad, planeación y capacidad técnica. Exige instituciones sólidas, equipos competentes y decisiones construidas sobre evidencia. Exige recuperar el valor del conocimiento, fortalecer el mérito y entender que las políticas públicas más exitosas son aquellas que trascienden los periodos de gobierno.
Los gobiernos pasan. Las políticas públicas permanecen. Pero solo permanecen cuando están construidas sobre el conocimiento, el mérito y una visión de largo plazo.
Quizá por eso decidí escribir esta columna.
No escribí para hablar del pasado ni de lo que ha pasado. Escribí porque nunca dejé de creer en el futuro de las instituciones que ayudé a construir y en la capacidad de Colombia para recuperarlas.
He tenido el privilegio de conocer de cerca el enorme potencial del sector TIC y de comprobar cómo una decisión bien tomada puede transformar la vida de millones de personas. También he visto cómo la improvisación, la pérdida del conocimiento institucional y el abandono de la planeación terminan debilitando capacidades que tardaron años en consolidarse.
Precisamente por esa experiencia prefiero mirar hacia adelante. No para desconocer las lecciones que deja el pasado, sino para recordar que Colombia sigue teniendo el talento, las instituciones y el capital humano necesarios para iniciar una nueva etapa. La verdadera discusión ya no consiste en preguntarnos qué salió mal. La pregunta realmente importante es qué estamos dispuestos a hacer para que vuelva a salir bien.
Estoy convencido de que Colombia cuenta con las capacidades para liderar una nueva etapa de desarrollo digital. Nuestro país ha formado profesionales de enorme nivel, ha impulsado empresas innovadoras, ha demostrado creatividad y cuenta con miles de servidores públicos comprometidos con el interés general. Ese capital humano sigue ahí. Esperando que se le permita volver a construir.
Recuperar el sector TIC no significa volver al pasado. Significa devolverle una visión estratégica, fortalecer su capacidad técnica, recuperar su propósito y comprender que su verdadera misión no consiste únicamente en conectar territorios, sino en conectar oportunidades.
La verdadera transformación digital no comienza cuando se instala una antena ni cuando se enciende un computador. Comienza cuando un niño aprende mejor, cuando un productor rural encuentra nuevos mercados, cuando un emprendedor crea empleo, cuando un ciudadano recupera la confianza en sus instituciones y cuando un país decide creer nuevamente en su futuro.
La reconstrucción de Colombia será institucional. Será económica. Será social. Pero tengo la profunda convicción de que también será digital. Y si logramos poner la tecnología al servicio de las personas, fortalecer nuestras instituciones y devolverle al conocimiento el lugar que nunca debió perder, no solo estaremos modernizando el Estado. Estaremos recuperando la confianza, reconstruyendo oportunidades y demostrando que el futuro de Colombia puede escribirse con la fuerza de sus instituciones y el talento de su gente.
Al final, esa ha sido también la razón de estas líneas. No escribo para alimentar la crítica ni para sembrar un optimismo ingenuo. Escribo porque estoy convencido de que Colombia puede recuperar sus instituciones cuando el conocimiento vuelva a orientar las decisiones, el mérito recupere su lugar y el servicio público vuelva a entenderse como una vocación al servicio de los ciudadanos.