11 de junio de 2026

Mucho más que una fórmula electoral

11 de junio de 2026
Por Octavio Cardona
Por Octavio Cardona
11 de junio de 2026

Cada cuatro años Colombia elige un presidente. Pero pocas veces nos detenemos a pensar que también se está eligiendo a la persona que podría reemplazarlo en cualquier momento.

Por eso resulta sorprendente que, en medio de los debates presidenciales, se hable tan poco de las fórmulas vicepresidenciales. Como si se tratara de un cargo decorativo, de una cuota política o de una simple estrategia para sumar votos. No lo es.

La Constitución es clara: el vicepresidente es el llamado a asumir la Presidencia cuando el mandatario no puede ejercer el cargo. Es, literalmente, el segundo puesto más importante del Estado colombiano. Y, sin embargo, durante años hemos convertido la discusión sobre la vicepresidencia en una conversación equivocada. Hablamos de regiones, de sectores sociales, de representatividad, de mensajes políticos y de cálculos electorales. Pero pocas veces nos hacemos la pregunta más importante: ¿Está preparada esa persona para gobernar Colombia si le corresponde hacerlo?

Representar es importante. Nadie debería discutirlo. Un país diverso necesita que distintas voces tengan espacio en las instituciones. Pero representar no es lo mismo que gobernar. No es lo mismo administrar un presupuesto nacional, liderar la fuerza pública, enfrentar una crisis económica o tomar decisiones que afectan a más de cincuenta millones de personas.

La experiencia reciente debería servirnos de lección. La actual vicepresidencia llegó rodeada de enormes expectativas como símbolo de representación política y social. Sin embargo, buena parte del debate público terminó girando alrededor de sus ausencias, sus limitaciones institucionales, sus controversias y las dudas sobre el verdadero alcance de su gestión, la que dicho sea de paso, se ha circunscrito a firmar alianzas con países africanos con los que poca o nula relación tenemos y a liderar un ministerio de la igualdad que bajo su dirección no pasó de ser un fracaso total.

Y ese no es un problema de una persona. Es un problema de cómo entendemos el cargo, porque una vicepresidencia no debería ser un premio, una cuota o un símbolo. Debería ser una garantía para el país.

La historia colombiana demuestra que el vicepresidente no está ahí por protocolo. La propia figura existe porque el Estado necesita tener quién asuma el mando si las circunstancias lo exigen. No es un cargo ornamental; es un mecanismo de continuidad institucional.

Por eso me preocupa que, en ocasiones, la discusión se reduzca a quién representa mejor una causa o un sector. Las causas son importantes. Pero gobernar exige algo más: preparación, conocimiento, experiencia administrativa, capacidad de liderazgo y criterio para tomar decisiones bajo presión.
Lo ideal sería encontrar ambas cosas en una misma persona: representación y capacidad.

En esta campaña presidencial se han visto fórmulas con perfiles profundamente distintos. Algunas construidas desde la experiencia académica, económica y administrativa; otras desde el liderazgo social y comunitario.
Y precisamente ahí está el debate que deberíamos dar como sociedad.

No quién nos emociona más, quién representa mejor una bandera o quién genera más aplausos.
Sino quién tiene las condiciones para asumir la conducción del país si mañana las circunstancias lo exigen. Porque los colombianos no solo estamos eligiendo un presidente, estamos eligiendo a alguien que está a un paso de serlo.

Y cuando se trata del futuro de una nación, representar importa, pero saber gobernar aún más.