La Sabiduría Extraviada
La política está llena de contradicciones, pero pocas resultan tan evidentes como las que rodean la candidatura vicepresidencial de Aída Quilcué. Hace pocos días reconoció públicamente que estudiar nunca fue su fortaleza y que abandonar sus estudios fue una decisión personal. No se trata de afirmar que un título universitario garantice inteligencia o capacidad para gobernar, ni de descalificar a quien no pasó por la academia. La cuestión es otra: quienes durante décadas han presentado la educación como la principal herramienta de transformación social terminan proponiendo como fórmula vicepresidencial a alguien que encarna un mensaje distinto al que han promovido ante millones de jóvenes colombianos.
La contradicción resulta aún más llamativa porque la Vicepresidencia no es un cargo simbólico. Su función esencial es garantizar la continuidad del gobierno cuando el presidente no puede ejercer sus responsabilidades. Por eso los ciudadanos tienen el deber de evaluar cualquier fórmula vicepresidencial como una eventual presidenta de la República. Si la educación y la preparación han sido elevadas al rango de principios fundamentales dentro de un proyecto político, es razonable preguntarse por qué esos criterios parecen perder relevancia cuando llega el momento de escoger a quien podría asumir las más altas responsabilidades del Estado.
Esa discusión conduce a otro elemento central del discurso político de Aída Quilcué: la reivindicación permanente de los saberes ancestrales. Con frecuencia se presentan como una fuente de orientación para el futuro del país y como una alternativa a los modelos tradicionales de desarrollo. Nadie discute el valor histórico de los pueblos originarios ni los aportes extraordinarios que realizaron a la humanidad. Fueron capaces de construir sistemas agrícolas avanzados, gestionar recursos hídricos, desarrollar complejas formas de organización social y levantar obras que aún hoy despiertan admiración. Ese legado merece respeto y reconocimiento.
Sin embargo, precisamente por la magnitud de ese legado surge una pregunta inevitable. Si esos saberes continúan siendo una fuente vigente de organización y desarrollo, ¿por qué no observamos resultados equivalentes en buena parte de los territorios indígenas de Colombia? Aun reconociendo el impacto de la conquista, el despojo territorial, la exclusión histórica y múltiples transformaciones culturales, basta recorrer muchas de estas regiones para encontrar carencias persistentes en agua potable, saneamiento básico, infraestructura, vivienda, salud y oportunidades económicas. Esa realidad no desaparece por ignorarla, y resulta aún más relevante cuando durante años han existido recursos públicos, programas especiales y representación política destinados a mejorar esas condiciones.
El interrogante no busca negar el valor de la tradición indígena. Busca entender qué ocurrió con aquella capacidad transformadora que permitió a pueblos enteros construir sociedades admirables con recursos infinitamente más limitados que los disponibles hoy. ¿En qué momento se debilitó la transmisión de ese conocimiento? ¿Por qué la organización colectiva que alguna vez produjo grandes realizaciones no se refleja con mayor fuerza en el desarrollo de muchos de estos territorios? ¿Qué responsabilidad tienen las mismas comunidades en estas problemáticas? Son preguntas legítimas que rara vez ocupan un lugar central en el debate público porque suelen ser desplazadas por narrativas que privilegian el simbolismo sobre los resultados.
Convertir los saberes ancestrales en una consigna política puede resultar atractivo, pero no basta para responder a los desafíos del presente. Si se presentan como una guía para el futuro de Colombia, también deben demostrar su capacidad para generar bienestar tangible y soluciones concretas. Porque los ciudadanos tienen derecho a exigir algo más que relatos épicos y símbolos identitarios. Tienen derecho a preguntar quién gobernará, con qué preparación lo hará y cuáles son los resultados verificables que respaldan las ideas que se ofrecen como camino para el futuro de la nación.