La ilusión de la riqueza sin esfuerzo
Hay una escena que no deja de repetirse: la del padre o la madre que se levantan antes del amanecer y regresan cuando el día ya terminó. Durante mucho tiempo vi esa rutina como una forma de vida dura, casi ingrata. Pensé, como tantos, que ese no podía ser el destino ideal. Que debía existir una alternativa: más equilibrada, más consciente, menos absorbida por el trabajo. Esa intuición —legítima en su origen— terminó conectándose con algo más amplio: una sensibilidad generacional que hoy atraviesa buena parte del debate público.
El lenguaje del bienestar, la salud mental y el propósito empezó a mezclarse con el discurso político. En ese cruce, ciertos sectores han sabido leer el momento: transformar una búsqueda individual en una narrativa colectiva contra el mercado, el capital y la lógica del esfuerzo sostenido. Ahí comienza a desdibujarse el diagnóstico. Porque no es lo mismo cuestionar excesos que vaciar de sentido los fundamentos. Se ha instalado la idea de que la disciplina es alienante, que el trabajo prolongado es sospechoso y que el equilibrio consiste en reducir la exigencia al mínimo.
A esto se suma un elemento más sutil, pero cada vez más extendido: una visión casi esotérica de la economía. La noción de que el dinero “fluye” por voluntad, de que la abundancia depende principalmente de la energía personal o de la intención. Como si el capital pudiera separarse de las condiciones que lo hacen posible: productividad, formación, riesgo y constancia. En ese relato, el dinero deja de ser consecuencia y se convierte en expectativa.
El problema no es incorporar dimensiones espirituales a la vida; es trasladarlas sin filtro al funcionamiento económico. El dinero no surge de un estado emocional. Es el resultado de procesos concretos, de valor creado y de decisiones sostenidas en el tiempo. Pretender que aparezca sin la energía que lo produce no es una alternativa al capitalismo: es una negación de las condiciones básicas de la realidad económica.
Algo similar ocurre con las expectativas frente al mercado. Es razonable aspirar a condiciones más justas, pero no todas las actividades generan el mismo valor ni pueden ser remuneradas de forma equivalente. No es una arbitrariedad moral, sino una consecuencia de la complejidad, la responsabilidad y la escasez. Cambiar un bombillo y realizar una cirugía implican trayectorias, riesgos y consecuencias radicalmente distintas. Ignorar esas diferencias no corrige una desigualdad: la desplaza.
Lo paradójico es que muchos que abrazan estas ideas terminan reencontrándose con las reglas que intentaron negar. Trabajan, emprenden, producen. Descubren que la estabilidad no es un punto de partida, sino una construcción. Y que detrás de aquello que rechazaban no había solo opresión, sino también esfuerzo acumulado y responsabilidad. Colombia no puede permitirse construir su conversación pública sobre la ilusión de que el bienestar puede desligarse de la exigencia. Una sociedad que confunde equilibrio con ausencia de esfuerzo no avanza hacia un modelo superior: se acerca, lentamente, a su propia inviabilidad.