Turbay
No es nada nuevo, ni siquiera a nivel universal, que sucesos y personas se quieran borrar de la historia, como una especie de continuidad de las infamias que contra ellos se cometieron mientras estuvieron en el mundo de los vivos.
Ha sucedido muchas veces. En la medida de las revisiones históricas, se ha podido saber de personas que jugaron papeles trascendentes y que por tanto son parte integral de la historia social, pero a quienes se les ha jugado al olvido, incluso al olvido total.
En la historia nacional eso es recurrente. De cuantos hechos y circunstancias no pudimos enterarnos cuando la enseñanza de la historia era esa cosa plana de dar fechas y fechas, que además debían ser aprendidas de memoria, sin raciocinio alguno, a manera de loras amaestradas, con docentes que eran producto de esa misma escuela y por ende con ausencia total de capacidad crítica ante hechos ya consumados, pero que debían ser analizados en sus consecuencias ciertas en el desarrollo social.
Uno de esos olvidos propositivos que se encuentran en la historia de Colombia, es la figura de Gabriel Turbay Abunader, hijo de migrantes orientales, a quien se les dio la gana de calificar de turco, extranjero y ajeno a un país que conoció y amó como el que más.
Poca o ninguna narrativa se había elaborado, hasta el momento, de este personaje, mientras que ha abundado la narración de un mito creado con su asesinato el 9 de abril de 1948, que tuvo las secuelas graves de orden público, conocidas, ya que el fallecido era un provocador por excelencia, sin que en su discurso se pueda encontrar más que demagogia de la mayor cantidad, quien dijo luchar contra la corrupción oficial, de la que hizo parte como Alcalde y como Ministro, convocando a la lucha moral, algo tan subjetivo como que reside en cada quien.
No hay una sola moral. Cada quien tiene su moral. Pensar que la moral se ordene por decreto, o ideológicamente es un absurdo. La moral es la conducta que cada quien acoge como suya, lo que no depende de si mismo, sino en muchas ocasiones de las oportunidades, tiempos y espacios que a cada quien corresponde vivir. De Jorge Eliécer Gaitán se ha escrito y se sigue escribiendo en Colombia. Cuando se le estudia a fondo, no es mucho lo que se encuentra en sus ideas, para ser generoso, pues lo cierto es que en su decir no hay más que palabrería oportunista para tratar de acceder al poder.
Sacrificaba un mundo por pulir una arenga, por convocar a sus seguidores a que simplemente se enamoraran de su palabra, abundante, aunque nunca con grandes contenidos programáticos.
Gaitán no fue más que un gran demagogo que no dudó en hacer alianzas con quien fuera, con tal de aumentar sus posibilidades de acceder al manejo de lo público. Mucho más cercano del fascismo italiano, en cabeza de Mussolini, que de las ideas liberales. Su muerte lo elevó de categoría, pues lo llevó al mito y esos seguidores que lo aplaudían a rabiar no dudaron en generar disturbios, atropellos, robos, saqueos, daños en propiedad ajena, como si con eso se pudiese remediar un crimen, condenable desde todo punto de vista, pero que no era el fin de la sociedad colombiana.
De su oponente en el partido liberal, Gabriel Turbay poco o nada se ha sabido. Era una especie de olvido como contraposición al sacrificio violento de su contendor en la Convención del Partido Liberal de 1945, en la que se debía escoger el candidato del Partido para suceder en la disputa por la Presidencia a Alfonso López Pumarejo, en su segundo mandato, quien había renunciado, permitiendo el ascenso al cargo del designado Alberto Lleras Camargo.
En la Convención el inobjetable ganador fue Gabriel Turbay Abunader, pero Gaitán en su egocentrismo ilimitado pensó que había sido objeto de maniobras que le birlaron lo que consideraba que era suyo, concebido en su mente ególatra, pero que en la objetividad de los resultados, era una certeza. No se satisfizo y no dudó en dividir el partido Liberal y el Partido Conservador, que ni siquiera estaba en el plan de escoger candidato, vio la ocasión de hacerlo, con muchas posibilidades de triunfo, como efectivamente sucedió con Mariano Ospina Pérez, un ingeniero civil de bajo perfil y esposa de agresividad evidente, quien ni siquiera era un activista político.
El partido Liberal fue a las elecciones de 1946 con dos candidatos: Turbay y Gaitán. El Conservador con uno. Por el camino del medio se llega más fácilmente y fue de esa manera, contando con el apoyo constante a la candidatura Gaitán, desde el diario Conservador más influyente del momento, El Siglo, dirigido por el gran padre de la violencia en Colombia, Laureano Gómez Castro, quien hizo el juego perfecto para que el partido Liberal perdiera el poder, al que había accedido desde 1930.
Ospina Pérez llega a la Presidencia. Un año después en Paris muere Gabriel Turbay de soledad y angustia. Dos años después asesinan a Gaitán en una céntrica calle de Bogotá. El país se desordena y con medidas de fuerza se logra controlar lo que fue un conato de revolución social, muy bien narrado en el libro “El Bogotazo” de Arturo Alape.
La socióloga e historiadora Olga L. Hernández ha publicado, con el apoyo de la Facultad de Humanidades de la Universidad de los Andes, la que bien podría ser una de las mejores narrativas de la historia nacional en las décadas del 20,30 y 40, del siglo anterior, y llena un profundo vacío frente a la figura de Gabriel Turbay, con una magnífica investigación, apoyo documentado sumamente serio y entregándole a los colombianos un texto que debe ser de obligada consulta en la enseñanza de la historia en adelante.
Conocer lo sucedido alrededor de Gabriel Turbay Abunader, completamente ajeno a Julio César Turbay Ayala, es saber que la historia política colombiana siempre ha estado llena de trampas y afirmaciones mentirosas con tal de ganar el poder. Obnubila el poder a quienes han ejercido la política y siempre, parece ser, han pensado que en esa disputa son válidos todos los métodos de lucha, aunque se edifiquen en las plenas mentiras.
El libro de la doctora Olga L. Hernández “El Presidente que no fue”, en 467 páginas, cuenta esa historia de un hombre nacido en Bucaramanga, educado como médico en la Universidad Nacional, con ideas claras y profundas, quien fuera parlamentario brillante, Ministro de Relaciones Exteriores, Ministro de Educación, gestor del Registro Civil de nacimiento como documento cierto de la existencia de las personas, amigo de la revisión a fondo del Concordato, para centrar ese poder omnímodo y colonial de la Iglesia Católica, luchando por la plena libertad de cultos, como que las creencias religiosas deben ser asunto de cada quien, en su plena individualidad.
Las creencias nunca tienen porque ser objeto de regulaciones o consideraciones desde el ejercicio del poder político, cada quien en lo suyo. Creer no es cuestión de que alguien diga en qué creer. Creer es la escogencia de cada persona en aquello que considera que le satisface y de pronto no le explica lo que le sucede en la vida, pero al menos le entrega elementos de consuelo en los momentos de crisis o de gratitud suprema cuando algo muy bueno sucede en la vida.
Esta era una obra que le estaba haciendo mucha falta a la historiografía colombiana. El lenguaje reposado y carente de cualquier emocionalidad que usa la autora, la ubica en el plano de la investigadora social que no asume posiciones, como debe ser. Pero el lector si termina asumiéndolas, cuando conoce de tanta infamia, como la que ha habido en la historia política de Colombia.
La injusticia del olvido en que se ha sumido a Gabriel Turbay Abunader se ha subsanado y debe ser punto de partida para que se siga indagando con la misma profundidad en muchos fenómenos de la vida pública de Colombia, en la que se ha sacrificado lo esencial por tomar en cuenta sólo aquello que genera mucho ruido.
Saber de la vida de Gabriel Turbay Abunader con la excelente investigación histórica que ha hecho la socióloga Olga L. Hernández, en una muy pulcra edición de la Universidad de Los Andes, es de la esencia de lo que todos los colombianos debemos saber para poder afrontar el presente y planificar seriamente el futuro, como que la demagogia sigue siendo protagónica en nuestros días, cuando importa más lo que se dice que lo que se hace, no importa que con las vociferaciones en calles de ciudades extrañas, se logren resultados que pueden afectar a la comunidad en general.
Líderes como Gabriel Turbay Abunader se perdieron en Colombia, como producto de la palabrería insulsa de quienes han preferido echar mentiras, antes que crear programas de desarrollo social, haciéndose partícipes de hechos criminales como lo fue la denominada Violencia, que nunca se sabrá cuantas víctimas finalmente cobró.
Leer esta obra es un deber de todo aquel que se dedique o piense dedicarse al manejo de lo público, como servicio a la comunidad, no como manera de erigirse en falsos líderes a punta de palabrería sin contenido.