4 de junio de 2026

III La guerra con el Perú

16 de enero de 2023
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
16 de enero de 2023

Atento Gustavo:

Entrado en la escritura, estando todavía en bachillerato, erizado con la prosa castiza de José Camacho Carreño, e imaginando su dicción oratoria, escribí un ensayo sobre su obra, el que Héctor Juan me solicitó leyera en un salón de su casa, a su tío Rodrigo Jiménez Mejía, que la visitaba. Después de escucharlo, el escritor quiso que lo expusiera en la biblioteca de Salamina, su “Tierrabuena”, gesto que me rebasaba, por lo que no estoy seguro si lo llevó él a La Patria, o me instó a hacerlo, y por si fuera poco, fue el tercer ensayo que publiqué, y el primero que incluí en la selección de Herejías (1983).

De los de mi primer maestro, aunque no tenía la vibración de los otros, así su “discurso preliminar” fuera todo un alegato para la práctica expresiva,  De Ginebra a Río de Janeiro (1935), por el tema especializado, no me levantó la fiebre como los otros, aunque  por ser de Silvio Villegas, y estar allí sus críticas a ciertos personajes, al gobierno, y buena parte de sus intervenciones acerca de las posturas de los representantes del país en esas ciudades, sobre el   conflicto amazónico, me decidieron mucho menos que el deseo de ahondar más en la historia del país, en ese primer medio siglo, y en particular, porque de la guerra con el Perú, los combates, escaramuzas y reacciones, escuchaba comentar a mis padres desde mucho más niño, anécdotas, como la de que habían entregado sus mejores joyas, al igual que casi todas las señoras, por la “causa de Colombia”, y que como no hubo, lo que se dice, una guerra, Olaya Herrera  había dispuesto de ellas, para financiar la construcción del aeropuerto de Techo.

También en las Obras Selectas de Augusto Ramírez Moreno,  se extractan los comentarios de los diarios sobre las intervenciones del Leopardo, el 18 y el 30 de septiembre de 1932, en Bogotá, en las manifestaciones que sobre ese hecho, hubo en esas fechas. Ante el Conflicto, Morfología del Conflicto, Contra la paz armada, son los artículos que publicó en El País, a los que se sumó el Discurso en la Cámara de Representantes sobre el asunto de Leticia, que pronunció Ramírez Moreno, el 11 de septiembre de 1933, para darnos idea de cómo se volcaron Los Leopardos hacia ese momento crítico que vivió la Nación.    

Lo cierto es que en la biblioteca de mi padre, había observado varios libros relacionados con ese conflicto internacional, y con célebres combates sucedidos al sur del país. Consulté unos y leí otros. El tamaño del libro de Ignacio Escallón, y el título mismo, me parecía que lo contenía todo. En efecto, Proceso histórico del conflicto amazónico (Bogotá, Editorial Nueva 1934), contiene los principales documentos y declaraciones, y narra lo que fue.

No solo por Silvio Villegas o Arias Trujillo, sino por Juan Lozano y Lozano, por Hernando Téllez, y qué más me puedes pedir, por todos los que integraron la generación llamada de Los Nuevos, tuve una especial fiebre, y sus libros los buscaba y leía sin descanso, como sus columnas, con satisfacción continua, durante ese bachillerato menos que regular en lo académico, pero que quería incorporar nombres y libros incluidos en las historias literarias, y con respecto a este grupo, una particular dilección por su vigencia en esos años, pero más aún, porque todos, con acentos distintos, combinaban lo que pensé era una simbiosis natural, la literatura, la historia, el periodismo, la oratoria y la política.

De la preferencia personal por Juan Lozano y Lozano, di prueba testimonial en Herejías, donde publiqué mi nota a raíz de su muerte, y allí cuento que fue en la biblioteca del doctor Mario Vélez Escobar donde encontré el inmenso volumen de las Obras Selectas publicadas en Medellín, y que me prestó mi compañero, autor con el tiempo, de obras en varios géneros, Jorge Eduardo Vélez, su hijo. Mi interés principal fue Mis Contemporáneos, que tuve en la edición original, pero devoré aquel, con sus versos, y hasta la “oración de estudios” acostumbrada, que pronunció en un final de año lectivo, en el colegio de Nuestra Señora de esta ciudad.

Mas fue lo de “Capitán Lozano”, grado obtenido en “La batalla de Güepi, victoria del Alma colombiana”, como llamó su recuento, y su participación en el Perú, formando   parte del Ejército Nacional de Colombia, lo que motiva que lo traiga aquí. Igual que a otro miembro de esa promoción de la inteligencia, el payanés “confidente de Guillermo Valencia”, Carlos López Narváez, poeta, más reconocido como traductor – “es un maestro, por su fidelidad al original y la perfección del idioma”, dijo Silvio-, y a quien tuve la oportunidad de tratar en El Automático, y contarle que estuve presente, niño aun, en un recital que con varios poetas dio en mi vecino Teatro Avenida. López Narváez, escribió también su experiencia en Putumayo, 1933: diario de guerra (Editorial Espiral 1951), que editó años más tarde.

Claro está que el Camacho Carreño que te mencioné arriba, también, como todos los colombianos de esos años, en su libro El último Leopardo, se pronunció sobre el asalto de Leticia que dio origen al conflicto con el Perú, y en él aludió a su participación como delegado en la VII Conferencia Internacional Americana en Montevideo, en la que defendió la postura de Colombia, cuando ejercía la representación de nuestra patria en las repúblicas del Sur. Su enfoque personal sobre la necesaria revisión del Tratado Lozano-Salomón, la “inocencia de nuestra nacarada diplomacia”, describe duramente algunos personajes, gobernantes y diplomáticos, y con mayor acerbía a Víctor Manuel Maúrtua, el ministro y diplomático peruano que presidió la delegación de su país en Río de Janeiro, donde se dio la solución al conflicto, que no compartió, por “el título notarial de dominio sobre el Amazonas”, que en su sentir, respaldaba a Colombia.

Se asoman en ese libro sus rabias, sus rectificaciones, sus señalamientos, lo que se explica también, porque a Camacho Carreño, se le removió de ese cargo. Por eso se lee en su libro este renglón: “Sólo nuestra novela reciente, La Vorágine, mece nuestro recuerdo por el mundo en esta hora de menguante tristísima”

Cómo olvidar cuando estudiantes, a La Vorágine, cuyo comienzo, final, y algunos trozos, eran juveniles antojos de tremante memorización, en su primicial hallazgo, y allí a los caucheros y el peruano Julio César Arana, que estaban en esas selvas.

E inclusive, de los que fueron abusos y esclavitudes de los indígenas, llevó cuenta en su diario, Roger Casement, el escritor irlandés que Mario Vargas Llosa, nos retornó a la historia de las injusticias, en la novela El sueño del celta (2010).