Ciudad de odios
La política mueve odios. Sigue convertida en tinglado y esperando momentos malos de los gobernantes locales para tirarles golpes. Quieren noqueo o el triunfo mediante explosiones de “oh, júbilo inmortal”.
El esfuerzo mayor logrado con la pandemia, lo cambiaron por vacunas de odios. Dialogo sí, marchas sí, sin matar el orden y la esperanza. Percepción alguna borrada como por encanto.
¿Ellos, los gobernantes nuestros, “prendieron” el paro o la marcha? No. Ellos están conectados con la realidad social presente y tienen visión de región. Contacto directo. Conversación con metas.
Acaso, ellos, ¿no han estado al frente trayendo y planteando soluciones?
No es miedo al miedo, ni al terror, sino el valorar condiciones: acaso 7 millones de pobres y 21 millones sin los “tres golpes diarios” ¿no le dicen nada a nadie? ¿Quién niega hoy un país más incluyente y menos cerrado a sectas? De malestar social intacto.
Mucho se les podrá cuestionar pero la tarea no puede irse o arrojarse por el abismo por sindicaciones con consideraciones que incitan a crucificarlos.
Son otros ciudadanos ocupados en la malquerencia para impulsar el fantasma de los riesgos en la coyuntura actual. Superiores a sus egos. Viven en coaliciones de miedo pasando por encima de la naturaleza de la perspectiva de “que les vaya mal”.
Paro sí, manifestaciones sí, sin perder el control, su esencia reivindicatoria pero sin la violencia que confunde y provoca.
No les interesa el inventario positivo sino las laceraciones de quienes mantienen intacto el odio. Viven con persianas propias y en sus abismos interiores: ellos mismos se sienten representados por raíces de desigualdades que ellos no han creado. Sin dimensión alguna sino en la inmediatez de la vindicta. Por cobrar venganza en el terreno electoral que no les favoreció y que no aceptan con rigor, los resultados. Está bien y bienvenida siempre la oposición sin el caos y la anarquía. Con la legitimidad en las urnas. Con pura democracia.
Entran desde sus muros mediático sin consideración de la coyuntura actual, con su verbo. Y no está bien porque de paso aprovechan para tumbar la esperanza.
No aportan, destruyen. Les interesa el menos y el no el más del problema que cambian por actitudes viscerales. No escuchan, no dialogan sino que mantienen cargados de mensajes de sordos. Aupados en corazas que se resisten al análisis de ideas y programas.
Los logros y objetivos.
El inventario no puede ser el odio. Cuestionen sus ejecutorias, sus proyectos, la institucionalidad, el plan de desarrollo sin apegos a oportunismos pandémicos o la falsa moral de la crisis tributaria o de las reformas que crecen como espuma pero sin control.
Política con racionalidad y pensada. Trabajada a tiempo y no de fogonazos o esporádicas acciones del que va y vuelve. Bajar la presión.
Colombia reclama otro país y rehacerlo ya sin odios pero con mucha realidad.