6 de junio de 2026

Las guacas de Semana Santa

29 de marzo de 2021
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
29 de marzo de 2021

La profanación de sepulturas indígenas, para extraer las ofrendas de oro y de objetos valiosos que acompañaron el cadáver, es una costumbre que viene desde el período colonial. Los españoles saquearon abundantes guacas a lo largo de la depresión del río Cauca, desde Popayán hasta Antioquia y en los libros de cuentas aparece el registro de artefactos de oro bajo el rótulo de oro de joyas u oro de caracuríes (coronas, aretes, pectorales, narigueras, espigas y otros). Pero en el siglo XIX durante las colonizaciones de campesinos pobres (antioqueños, caucanos y tolimenses), se produjo un nuevo saqueo en el territorio que hoy se conoce como Antiguo Caldas y que se inició en el Quindío; todo empezó con las leyendas y mitos sobre tesoros inmensos que desbordaban la fantasía popular: la leyenda del tesoro del Cacique Pipintá, el tesoro del Rey Palomino y el de la Laguna de Maravélez. Esto atrajo a buscadores de “dorados” que no encontraron tales riquezas, pero sí las sepulturas de caciques en el Quindío; y llegaron nuevos aventureros. El sistema de guaquear se fue desarrollando lentamente, los exploradores transmitían las experiencias hasta que la técnica se generalizó.

El año 1885 significó el verdadero auge de la guaquería y se fue desarrollando en forma progresiva hasta 1914. De acuerdo con Luis Arango C. quien narra su propia experiencia en el libro “Recuerdos de la guaquería en el Quindío” (1924), la euforia se desató cuando descubrieron ricas guacas en Montenegro, “donde sacan oro por quintales”. Luego descubrieron pueblos de indios y violaron sus tumbas sin piedad, en Pueblo Tapado, Pueblo Hediondo, El Cacique, La Esmeralda, Pueblo Raspado, Matecaña, El Cántaro, Los Frenos, Sabaletas y Pueblo del Muerto. De este modo se produjo un nuevo despojo, un saqueo gigantesco de los sepulcros de los antepasados.

Al principio los aventureros tenían dificultades para aprovisionarse de víveres, porque aún no se había desarrollado la “colonización” o llegada de campesinos para descuajar la selva y levantar parcelas, y no les quedó otro recurso que defenderse con lo que ofrecía el medio; pero como eran nómadas y las viviendas simples ranchos de vara en tierra, el clima malsano y el medio hostil, muchas veces el oro encontrado no les alcanzaba para curarse las enfermedades que los acometían. Eran comunes las “Guacas envenenadas”, consideradas castigos de los indígenas por la profanación de las sepulturas; al abrirlas se presentaba en los guaqueros un estado gripal debido al Histoplasma capsulatum, un hongo que tiene como hábitat el suelo, y puede producir bronconeumonía aguda. Otro tipo de “Guaca envenenada” se presentaba debido al aire enrarecido; por ensayo y error descubrieron que se debía abrir otra boca para crear una corriente de aire que oxigenara. Escribió Luis Arango C. que hubo una época cuando casi todos los habitantes de la Hoya del Quindío tomaron parte activa en la guaquería, pero que fueron muy pocos los que “merecieron el título de doctores en el arte” y presenta algunos ejemplos:

  • Ángel Toro, el más competente pues nadie lo pudo igualar en sus conocimientos prácticos; ejerció la profesión durante más de 35 años y sin embargo “por guaquear perdió la salud y murió pobre y soltero”.
  • Ramón Buitrago, un día le dijo a su familia que se iba a guaquear para regresar a los 20 días y tardó más de 30 años. “Cada rato sacaba indios vestidos de oro y se embriagaba de contento”, sin acordarse de su familia. Cuando estaba viejo y enfermo volvió al seno del hogar, sin un centavo y a los pocos días murió en la miseria.
  • Carlos Agudelo (Macuenco), era el guaquero de más nombre, pues guaqueó durante más de 30 años; cerca de Caicedonia sacó una guaca con tres libras de oro y de puro contento “se puso a tomar aguardiente con lo que casi se le deshacen los hígados, lo que le costó la vida, dejando a su mujer y a sus hijos en la miseria”.
  • Luis Arango C., recorrió un inmenso territorio, desde el Páramo de Letras hacia el sur, en una extensión de más de 100 leguas; guaqueó durante 23 años y conoció todo el territorio del Quindío. Fue muy exitoso, “cuidó la platica” y se vinculó al proceso de fundar fincas, como empresario.

La guaquería en la Semana Mayor

Los campesinos tenían por costumbre, en Semana Santa, salir por la noche para ver “arder guacas” desde alguna colina; es que el desarrollo de la guaquería, o el saqueo de las sepulturas, impulsó su propia “cultura” que se generalizó entre los que participaban en esta actividad y esto tiene que ver con luces, sonidos y espantos, inherentes a los pueblos de indios. A este respecto se destacan algunos casos, narrados por Luis Arango en la historia de la Guaquería. Escribió que, en los potreros de La Tebaida, por el mes de abril de cada año, se ve la llama de una guaca

“Esta llama es pálida, y sumamente hermosa; mide aproximadamente cuatro metros de base, por cinco de altura y termina en forma de cono. Aparece instantáneamente y dura un minuto aproximadamente. Esta luz se ve en las primeras horas de la noche y para que se forme y se vea se necesita que el tiempo sea invernoso y la noche muy oscura, que no esté lloviendo ni venteando y se distingue a una distancia no menor de 400 metros. Y mientras estuvimos en esa llanura ardió nueve veces; en ese lugar descubrimos muchas guacas bonitas”.

Se fue generalizando que el tiempo más adecuado para guaquear es el de Semana Santa, especialmente el viernes santo; todavía en algunas fincas, este día, se reúnen varios vecinos, preparan la merienda y salen por la tarde, se ubican en una colina y se sientan a esperar que ardan las guacas, señalan el sitio con un palo y regresan al día siguiente con las herramientas para barrer las sepulturas. Además de las luces es frecuente que de las guacas salgan ruidos, como de sonajeros, de cornetas, de flautas y de tamboriles.

Hasta principios del siglo pasado casi todos los guaqueros despreciaron y destruyeron las ofrendas funerarias que no fueran de oro o de tumbaga y, de este modo, se perdió parte de la memoria cultural de los pueblos prehispánicos. Por ejemplo, cuando el viajero alemán F. von Schenck visitó esta región, al pasar por el pueblo de Chinchiná, en el alto de El Lembo, encontró “a varios hombres abriendo una guaca, que para desilusión de ellos no tenía oro sino unas vasijas de barro de rarísimas formas, las cuales hallaron cupo en mis alforjas”.

Sobre este desprecio por aquellos objetos que el difunto usara en vida y que debían acompañarlo en su largo viaje de ultratumba, escribió Luis Arango C. que al guaquero no le importan los más hermosos hallazgos, ni las piezas más delicadas por su trabajo artístico; del oro solo el peso en bruto para cambiarlo por dinero y luego llenarse de licor y de placeres sexuales; por eso “cuando un guaquero está para morir le da mucho trabajo abandonar la vida; porque a manera de un libro abierto, pasa por delante de su imaginación todo lo que hizo cuando barría guacas: que había roto los más preciosos trabajos de arte, esculpidos en barro”.