Una Navidad de esperanza
Este 2020 ha sido un año de pesares, de situaciones atípicas que nunca habíamos vivido y de experiencias dolorosas que nos marcaron para siempre.
¿cómo entender lo que en estos nueve meses sucedió en nuestra vida, en el trabajo, la economía, las relaciones interpersonales, la rutina diaria, invadida, de pronto, por un no sé qué indefinible que nos puso en peligro, sin que pudiéramos hacer algo para evitarlo?
Nueve meses en los que afrontamos todos los embates de la enfermedad y de la muerte.
Se fueron los seres más queridos, solos, indefensos; sin la compañía de los suyos, sin un último adiós agradecido de amor, de recuerdos hermosos; ellos se fueron y los suyos se quedaron huérfanos de su afecto, de su presencia, en medio de una soledad sin respuesta.
Nueve meses para que los esfuerzos realizados para construir una empresa, de bienes y servicios fueran abortados sin remedio y así, muchos tuvieron que ver desaparecer el fruto de sus desvelos, de toda su entrega.
Nueve largos meses resguardados, protegidos de un enemigo invisible que todo lo arrasa y destruye.
Si, este año 2020 ha sido un año de pesares. El peligro no ha pasado pero en medio de tanto dolor, ese mismo corazón enfrentado a la adversidad, a la desolación, a la muerte, está hoy poniendo lucecitas de colores, itinerantes y hermosas en sus casas, en las calles, en todos los lugares.
Esos corazones atribulados por la desaparición de sus seres queridos estàn adornando en todos los rincones del mundo, muchos árboles de Navidad como presagio de una promesa de vida y de esperanza.
Las empresas y negocios que se terminaron, están reconstruyendo sobre las ruinas un nuevo emprendimiento, un nuevo sueño.
Una realidad desoladora es lo que tenemos pero, estamos en Navidad y hay una promesa de reconciliación, de un renacer sin límites que entre todos podremos levantar de las cenizas y con todo lo que aprendimos en este año 2020 haremos una nueva historia.
Tendremos que desaprender los comportamientos rígidos y aberrantes que aprendimos desde niños para empezar desde una nueva visión de ciudadania, este país que llevamos en el alma.
Las enseñanzas recibidas en este año de pandemia nos trazó una nueva ruta y nos presenta un nuevo horizonte.
Nos enseñó que nada es eterno, qué todo se caba, se destruye, se pierde.
Nos enseñó que las riquezas son efímeras y pasajeras
Que el poder se debilita y que necesitamos de los otros para sobrevivir en medio de la adversidad y el miedo.
Nos puso de presente, que lo único que tenemos es familia, que ella nos protege, nos ampara, que sin esos seres tan nuestros, vivir no tiene sentido, en fin que somos vulnerables y débiles.
Así, a la fuerza, tuvimos que desaprender, desapegarnos de todo lo vanal y superfluo para elegir lo perenne, lo infinito.
Tendremos que trazar un nuevo mapa de viaje a partir de lo que hemos vivido en este año, si queremos llegar a buen puerto y constituirnos como una sociedad de excelencia.
Es Navidad y se respira un olor diferente al alcohol amorfo que se volvió costumbre en nuestra vida.
Huele a conservas de la Abuela, a natilla y buñuelos, al tinto mañanero y al desayuno juntos como esa familia que el virus no ha podido acabar porque la esencia de lo que somos es eterna.
Dispondremos la mesa para compartir la cena que desde niños hemos tomado siempre, es el alimento más exquisito, más anhelado; ahí en ese plato, está lo que nos une, nuestra herencia, el sabor inmortal que nos devuelve en el tiempo y que nos vuelve a traer cuando estamos lejos.
Es Navidad y en medio del dolor nos decidimos por olvidar las penas y volver a cantar, a soñar, a emprender, a empezar con la fuerza divina que da vida donde hay muerte y promete esperanzas donde hay oscuridad y miedo.
Es Navidad y son muchos los abrazos que sin poderse recibir llegan al alma, y muchos, muchos los besos y caricias que se dan en silencio y nos llegan a lo más profundo de nuestro ser.
No se, pero esta Navidad es distinta: tiene sabor a hogar, a casa, a papá y a mama y a los hermanos, a los hijos que sin estar, están y nunca se han ido; a los amigos fieles y queridos, al puñado de amores que Dios nos regaló como un tesoro para poder salir de las tormentas y vislumbrar por fin un horizonte abierto, donde una vez más dejaremos por siempre nuestras huellas.