16 de junio de 2026

El maestro en nuestra historia

18 de mayo de 2020
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
18 de mayo de 2020

El 15 de mayo de 1950 el Papa Pío XII proclamó a San Juan Bautista de la Salle como patrono de los educadores y por este motivo la Presidencia de la República declaró esta fecha como el Día del Maestro en Colombia. Pero ¿quiénes eran los primeros docentes?

Cuando llegaron los conquistadores los curas doctrineros se encargaban de enseñar la doctrina cristiana, el idioma castellano y a “vivir en policía”; su tarea era procurar que los nativos abandonaran sus costumbres y asimilaran la cultura española. En la colonia prácticamente no había escuelas públicas, éstas solo fueron apareciendo después de 1750 bajo la política de Carlos III. En esta época las pocas escuelas de primeras letras estaban bajo el control de los cabildos y se sostenían con las llamadas rentas de propios, que eran tan pobres que no alcanzaban para pagar el sueldo a los maestros, ni para dotar de muebles la escuela. Ante esta situación tan miserable los padres de familia tenían que aportar algunos reales, para que el maestro no muriera de hambre y se pudiera poner ropa decente.

En esta época los docentes a duras penas sabían leer y escribir, enseñaban algo de historia y para la la religión estaba el catecismo del Padre Astete. Todo cambió con la independencia, cuando se inició la República. Simón Bolívar escribió que, a los niños pobres, de ambos sexos, los debían recoger en casas cómodas y aseadas, con piezas destinadas a talleres y dirigidas por buenos maestros. Aquí los varones debían aprender los tres oficios principales que eran albañilería, carpintería y herrería. La escuela de la República era alfabetizadora y popular, enseñaba a leer y a contar, comprendía cultura general y principios morales, por eso Bolívar hizo traer de Londres al pedagogo José Lancaster, quien enseñaba el método para que un solo maestro trabajara varios grupos de estudiantes, utilizando monitores o alumnos avanzados.

Desafortunadamente las guerras civiles, que se desataron desde 1850, desorganizaron toda la educación y, como consecuencia, muchos maestros emigraron hacia el sur de Antioquia, hoy departamento de Caldas y se ubicaron en poblaciones más tranquilas como Aguadas, Pácora y Salamina. Escaseaban los educadores, por eso en 1870 solo había en Manizales dos escuelas urbanas y cada una con un solo profesor; un maestro se encargaba de 200 alumnos repartidos en cinco salones, de primero a quinto.

A principios del siglo pasado la dotación normal de cualquier escuela consistía en pizarras con sus respectivos lápices, reglas de madera, cuadernos para escritura, libros de lectura, historia, geografía, catecismo del Padre Astete, historia sagrada, frascos de tinta, encabadores y plumas de acero. El libro para enseñar a leer era la Alegría de Leer, del doctor Evangelista Quintana. Otros textos eran el Manual de Urbanidad y Buenas Maneras, de Manuel Antonio Carreño, y el Compendio de la Historia de Colombia, por Jesús María Henao y Gerardo Arrubla; además, era el Tratado de ortología y ortografía de la lengua Castellana, por José Manuel Marroquín; los niños debían memorizar todos los versos para aprender ortografía:

Llevan la jota

Tejemaneje

Objeto, hereje,

Dije, ejercer.

 

Con la ojeriza

Y el cerrajero

Y el agujero

Y el ajedrez

En los colegios femeninos de Manizales y Salamina se utilizaba la Urbanidad en Verso, del Reverendo José Codina. Había que aprender los textos de memoria. Veamos los siguientes ejemplos:

Enjuágate cada día

La boca, y limpia los dientes,

Con tal que no haya presentes

Personas de autoridad.

 

Toma baños de limpeza,

Mayormente en el verano,

Y los pies también es sano

De vez en cuando lavar

 

¿Cómo vivía el maestro?

La vida en pueblos y aldeas era monótona y el maestro era reconocido socialmente pues figuraba como intelectual y por eso tenía a su cargo varias tareas: organizar las veladas o tertulias para entretener a los padres de familia y a la comunidad; redactar la historia de la vereda, del corregimiento o del municipio, por medio de la tradición oral; ayudar a organizar los desfiles del 12 de octubre, del 20 de julio, del 7 de agosto y demás fiestas patrias; y sacar tiempo para escribir los discursos que debían leer los funcionarios públicos.

Si el maestro no se dedicaba a la vida cultural o intelectual terminaba jugando billar y bebiendo aguardiente, porque lo devoraba la monotonía del pueblo. El mejor refugio lo ofrecía la misma comunidad que se moría de aburrimiento; había que organizar las veladas, donde presentaban obras de teatro; los actores eran estudiantes y algunos padres de familia. El director era el maestro y el dinero recogido se destinaba  para alguna campaña de la escuela

Educadores destacados

La historiografía rescató los nombres de muchos docentes entre los cuales sobresalen los siguientes: Mariano Ospina Delgado, quien dedicó la mayor parte de su vida a la educación en Salamina; no tuvo formación pedagógica por la pobreza de sus padres, nunca asistió a una escuela, pero como era buen lector adquirió amplia formación académica; en 1849 era diputado de la Cámara Provincial de Antioquia, por el Cantón de Salamina. En 1856 se fue para Manizales y organizó la Instrucción Pública del Distrito en las escuelas de niños y niñas; regresó a Salamina y continuó su labor como docente; fue destituido de su cargo por razones políticas y organizó un colegio de educación privada, donde becó a varios estudiantes; en 1871 lo nombraron secretario de la alcaldía de Salamina y aprovechó el cargo para organizar las escuelas del distrito que estaban en mal estado.

Otro educador muy apreciado a principios del siglo XX fue don José María Restrepo Maya; nació en Sonsón donde fundó el colegio Santo Tomás de Aquino; en 1894 se trasladó para Manizales y se dedicó a la educación, escribió varios textos didácticos sobre la enseñanza de la Historia y la Geografía y algunos ensayos sobre la historia de Manizales; fue profesor del Instituto Universitario y de la Escuela Normal. Otro excelente educador fue el presbítero Nazario Restrepo Botero, sobrino de don José María Restrepo Maya; el padre Nazario era reconocido como orador, escritor, periodista, artista, educador y fundador de pueblos. Organizó o fundó colegios en Aranzazu, Manizales y Armenia; fue docente en esos municipios, pero especialmente en el Instituto Universitario, en la Escuela Normal y en el Seminario de Manizales.

En Riosucio se destacó Purificación Calvo de Vanegas; estudió en el colegio Pestalozziano de Bogotá, trabajó por algún tiempo en la capital, pero regresó a Riosucio donde fue reconocida como una maestra erudita; fue escritora y preparó una investigación histórica que publicó con el nombre de Riosucio; en esta obra tiene un capítulo dedicado a la educación en el municipio.

En el reconocido Instituto Universitario de Manizales sobresalieron como educadores Valerio Antonio Hoyos, Francisco Marulanda  Correa y Hernando de la Calle, tres magníficos rectores. Don Valerio Antonio Hoyos era abogado de la Universidad de Antioquia, llegó a Manizales en la época de oro de la ciudad y contribuyó a la fundación del Instituto Universitario; vinculó como docentes a los intelectuales de la región como José Ignacio Villegas, Emilio Robledo Correa, Alfonso Villegas, Francisco Marulanda Correa, Nazario Restrepo y Jesús María Guingue; la cátedra que más le gustaba era la de Castellano. El otro rector insigne fue Francisco Marulanda Correa, excelente docente, periodista y escritor, que se convirtió en pilar de la cultura caldense. En cuanto a Hernando de la Calle, nació en Manzanares, cuando llegó a la rectoría del Instituto Universitario ya era un intelectual reconocido en el país; le dio brillo al Instituto como rector, como docente y como hombre de letras.