Feliz cumpleaños
Por: mario arias gómez
La máxima bendición de una mujer es la de ser madre, la del hijo, contar con el amor de madre. Estrella fugaz que solo pasa una vez en la vida. Ser que ama, entiende, olvida, perdona, sufre, tolera y sobrelleva las penas -sin agobiarse-, por más grandes que sean. Ama por encima de todas las cosas al hijo, más que a sí misma. Al no tener siete vidas, la que tiene, gustosa la entrega -sí fuera preciso- por el hijo, que siempre está primero.
No existe amor más afectuoso, entrañable, profundo, vívido, sin fin, que el de la madre, esencia y motor que ha movido el hogar conformado por Carmen Emilia y el venerado Oliverio, unión que le entregó orgullosamente a la sociedad, siete incomparables hijos: Consuelo, Irma, Carmenza, Anita, Orito, Dora, Diana, prorrogados en los admirados nietos: Clemencia del Pilar, Julián Andrés, Carlos Fernando, Diana Milena, Andrés Felipe, Viviana Marcela, Santiago, David y los dilectos biznietos: Alejandra, Juan Camilo, Camilo Andrés, María José, Juan José y Antonia. Amor que igual alimentó sus adorados hermanos del alma: Berthica, Pedronel, José, Misael, Julito, Alcides, Millo, Hernando y sobrinos.

Talentoso y extraordinario clan familiar, que Judith y yo, hemos disfrutado y saboreado por décadas. Grupo que nos convoca para festejar el cumpleaños del ser más amoroso, espléndido, formidable, ejemplar, tierno, sin igual y único. Apacible, luminosa y perfecta abuela; encantadora e infinita bisabuela; excelente, guapa e idílica amiga. Luminaria que brilla aún con luz propia, en la morada ferviente en la que se incubó, nació y creció la estirpe Ramírez-Gallo, portadora de los más ancestrales, nobles y preciados genes que la distinguen.
Henchido de emoción, unidos espiritualmente a Oliverio, Orito, Juan Camilo y hermanos ausentes -girones del alma-, quienes desde la eternidad presiden este afable, efusivo, expresivo, imborrable y significativo homenaje a la gran matrona, brindado por sus hijas, acompañadas de sus más cercanos amigos, con quienes a una entonamos el “Happy birthday to you” Carmen Emilia: Que los cumpla feliz, que los vuelva a cumplir hasta que Dios disponga su presencia entre nosotros.
Es humano y justo reconocer que “Madre” no hay sino una, la que nos dio la vida, la que todo lo entrega por el hijo amado. Honorífico título con el que hemos sido honrados por la cumpleañera; cónyuge de excepcionales e inigualables virtudes, soporte de la más exquisita y recíproca amistad, sin mácula, entregada sin reparos y sin límites. Aprecio del que hemos sido afortunados receptores, encubado en lo más recóndito de su corazón, que nos abrió de par en par, lo mismo que sus anchurosos brazos, que a Judith y a mí nos dieron cobijo en la alegría y el dolor, en las buenas y en las malas, en las verdes y las maduras.
Mientras más pasa el tiempo, más nos convencemos que la fantástica Carmen Emilia, es una alma insuperable, que el inmerecido y pródigo amor entregado, nos ha traído bienestar, felicidad, suerte, ventura, al punto qué si después de nuestra vida nos fuera dado nacer de nuevo, una sola cosa le pediríamos al Creador: ¡Darnos nuevamente la misma madre adoptiva, con las mismas hijas, hoy hermanas, merecedoras de aplauso, dado el desvelado afán con el que atienden y consienten a su linda mamacita, por mantenerla entre algodones y cuidarla con guante de seda, con inusual e inextinguible ternura, buscando prolongar -en el tiempo- su estancia entre todos nosotros, en brindarle la mejor calidad de vida posible en el último tramo vital que le queda por recorrer, fruto de la cosecha por ella sembrada con su dulce, mágica, milagrosa y prodigiosa mano desde la cuna, al iniciar la tarea de mimar y arrullar su familia.
Permítanme parodiar al poeta, para decir a su nombre, emocionado: Madre, adorada y bendecida, que les dio en pedazos, uno por uno el corazón entero; madre que con su sangre les dio fuerza, luz, ternura, vida; que lloró de alegría al sentir sus cabezas sobre su corpiño. Gracias, gracias Milita por su ejemplo de vida, bondad, comprensión, ecuanimidad, estoicismo, paciencia y sonrisa permanentes. Damos Judith y yo, cuatrillones de gracias por acogernos; por custodiarnos cuando enfermamos; por la apetitosa mesa siempre servida; por procurar con insomne desvelo, nuestra comodidad y complacencia; por unirse a nuestros lloros cuando penamos; por su regocijo cuando triunfamos.
En nuestro eterno peregrinar sin pausa, siempre que Judith y yo estuvimos lejos, nunca la olvidamos; en cada recodo del camino, en cada paraje, encontramos una flor, que siempre nos recordó su inconfundible e atractiva imagen, su armoniosa belleza, su atrayente perfume, su agradable y fresca fragancia, su aroma. Indeleble presente esculpido en nuestros corazones agradecidos. En la cumbre nevada de sus noventa años, pletóricos llegamos a acompañarla, a decirle en su lindo día, lo mucho que la queremos. Vinimos a darle las gracias por habernos dado todo sin nada a cambio; a reiterarle que es el ser más dilecto, estimado, especial, a recalcar nuestra devoción; a confesar que no tenemos con qué pagar tanta afecto y amabilidad generosamente ofrecidos.
Judith y yo sabemos que el mejor regalo que le gustara recibir de estos sus dos hijos adoptivos, es un sincero y espontáneo beso, prueba fehaciente de nuestra indeclinable, ilimitada y creciente gratitud, imperecedera, atada a su nombre y espíritu hasta la eternidad. Con el corazón turbado por la emoción, quiero como desahogo gritar a los cuatro vientos: QUE DIOS LA BENDIGA HOY Y SIEMPRE. Para terminar, asumo la vocería de los presentes y la de quienes desde el más allá nos acompañan, para decirle a Carmen Emilia: GRACIAS, MUCHAS GRACIAS POR EXISTIR.
Manizales, marzo 5 de 2017
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