24 de junio de 2026

Hacia una filosofía latinoamericana

21 de mayo de 2016
Por Jorge Emilio Sierra
Por Jorge Emilio Sierra
21 de mayo de 2016

Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Sierra Jorge EmilioEn “El reino de este mundo”, Alejo Carpentier describe una escena que bordea lo ridículo y naturalmente genera la leve sonrisa del lector: en Haití se lleva a cabo la representación de una ópera, donde varias voces cantan en forma simultánea, provocando el desconcierto de los oyentes y, en especial, de una humilde negrita que no sabe para donde coger. Escena, sí, que aún es usual en nuestros pueblos, como cualquiera de nosotros lo puede confirmar.

Se trata de ridiculizar la situación, claro está. O de hacer humor, que es esencial (para decirlo en lenguaje filosófico) al espíritu latinoamericano. Pero, también se puede concluir de ahí que esa negrita, quien de alguna manera representa a las mayorías populares de América Latina, no puede disfrutar de las principales manifestaciones del arte europeo, del llamado arte universal, por falta de educación o de cultura. Casi que por naturaleza, como si los negros no tuviesen oído para escuchar “la buena música”. O, desde otro punto de vista, ella no actuase correctamente al fastidiarse con cantos que no le pertenecen, que no forman parte de su cultura y de sus gustos musicales.

Así las cosas, lo dicho por Carpentier (quien se educó en Francia y era una autoridad en cuestiones musicales) conduce por otra vía, ya no en el plano literario sino en el filosófico y político, a negarnos la capacidad de hacer filosofía en Latinoamérica e incluso -para recordar la controvertida tesis de Hegel- la capacidad de pensar, de tener madurez intelectual, sobre todo por causas históricas, lejos de alcanzar el conocimiento obtenido tras muchos siglos por los pueblos más avanzados del planeta, liderados por Alemania.

Y, como era de esperarse, ese presupuesto sienta las bases de la teoría nazi-fascista, pues las naciones sin tal capacidad, sin su cultura, sin su tradición, estarían llamadas a ser sometidas al servilismo, a la esclavitud, a la obediencia, según ideas que se remontan a Fichte, Nietzsche, Splengler y Pareto, hasta desembocar nada menos que en la Segunda Guerra Mundial.

El mundo del realismo mágica

Carpentier, sin embargo, no llega a tales conclusiones. ¡Ni más faltaba que lo hiciera! Simplemente muestra la realidad que lo rodea, la acepta y la valora; por momentos parece que ridiculiza más bien a la ópera europea, y a fin de cuentas descubre “lo real maravilloso” que es América Latina, a diferencia del viejo continente, de la muy desgastada cultura occidental a la que también pertenecemos.

Es preciso recordar, a propósito, que ahí está el gran hallazgo de Carpentier, quien nos explica en el prólogo a aquella novela cómo, luego de compartir él los enormes esfuerzos de los surrealistas franceses por “torcerle el pescuezo” a la razón, encontró que en su tierra natal, en Cuba, se vive en medio de la fantasía, de la imaginación desbordante, de las cosas más absurdas, o sea, de lo que terminó identificándose como “realismo mágico” en la literatura latinoamericana, cuyo máximo exponente no es otro que nuestro Nobel García Márquez.

Y, ¡vaya paradoja! Quienes han actuado en esta forma, los escritores que se han lanzado, sin la visión europeizante, a descubrir o redescubrir la fantástica dimensión de América Latina, han sido los únicos en superar los estrechos límites parroquiales y lograr el anhelado reconocimiento universal, la universalidad que antes nos negaban por principio y ha sido exclusiva de las manifestaciones culturales de España, Francia, Alemania, Inglaterra e Italia, cuando no de Estados Unidos.

Baste mencionar que Michel Foucaul, en “Las palabras y las cosas”, inicia sus reflexiones con base en un cuento de Borges, otro autor latinoamericanos que, a pesar de no pertenecer a la generación de que venimos hablando (es el más europeo de nuestros escritores, se ha dicho), comenzó su vida literaria con “Fervor de Buenos Aires”, muy dentro de la línea localista, pero universal, que a mi modo de ver debemos seguir en aras de llegar a una filosofía propia, auténtica, no importada, y para que cada uno de nosotros sea filósofo en el pleno sentido de la expresión.

En el campo de las ciencias sociales sucede algo similar: no son pocos los economistas, sociólogos, historiadores y otros pensadores latinoamericanos que desde la década del sesenta defienden la autenticidad y reclaman el derecho de formular teorías y enunciados que respondan a nuestra realidad. La revista “Desarrollo Indoamericano”, vocero por excelencia de la teoría propia del desarrollo en América Latina, es prueba de ello con los numerosos ensayistas que han desfilado por sus páginas durante el último medio siglo.

En busca de la identidad cultural

Por lo ya dicho, es evidente que hacer filosofía en América Latina sí es posible, con la dimensión universal alcanzada en la literatura; que nuestra filosofía también debe inspirarse en la realidad que nos rodea, buscando sus raíces más profundas, las cuales se extienden hasta las grandes culturas indígenas y a fenómenos como la colonización antioqueña en regiones del Viejo Caldas, Tolima o Valle del Cauca, y que en tal sentido hemos de trascender la simple repetición de teorías extranjeras, fruto históricamente (desde la época de la conquista) del colonialismo español, el eurocentrismo y el nuevo dominio norteamericano.

Por fortuna, tenemos una vasta tradición al respecto, sobre todo en los planos literario y artístico, que va desde Martín Fierro hasta el muralismo mexicano, desde Carpentier hasta Fernando Botero y García Márquez, desde Juan Rulfo y Octavio Paz hasta Pedro Nel Gómez.

O, para expresarlo en términos comunes a los años 60´s, hay que avanzar en la búsqueda de la identidad cultural de América Latina, entendida como el fundamento de una filosofía para nuestros pueblos, ante quienes no podemos eludir la responsabilidad que nos tocó en suerte.

¿O qué hicieron en su momento -me pregunto- los filósofos presocráticos, sino referirse a un mundo mítico, mágico, como el que nosotros aún tenemos? ¿O será que los alemanes se avergüenzan de tener una filosofía alemana, los franceses una filosofía francesa, y los ingleses una filosofía inglesa?

Debemos, en fin, construir una filosofía latinoamericana, fundada en los valores de nuestros pueblos, en la tradición histórica que se remonta hasta las culturas indígenas, en la fantástica realidad que a cada momento nos envuelve, en gestas sociales como la citada colonización antioqueña y en la exaltación de nuestros mejores hombres, los héroes locales que al decir de Carlyle han escrito la historia de la humanidad.

Sólo en nuestra identidad, en lo que tenemos de singular frente a los demás pueblos del mundo, alcanzaremos la universalidad que reclama, por principio, la actividad filosófica. He ahí el gran reto al que estamos enfrentados.

(*) Director de la Revista “Desarrollo Indoamericano”, Universidad Simón Bolívar, Barranquilla – [email protected]