Desobedientes
Lo que parece haber sido un intento de reversa estratégica generó el efecto contrario. Lejos de fortalecer su posición, reforzó ante la opinión pública la imagen de un personaje con una preocupante inclinación dictatorial. Más aún después de una larga campaña en la que buscó proyectarse como el rostro sereno y moderado de la izquierda.
Cepeda encarna la figura del mal perdedor que promueve la agitación bajo el eslogan de la «desobediencia civil pacífica». Sin embargo, convocar a la desobediencia frente a una elección democrática difícilmente puede presentarse como un gesto de defensa institucional. Más aún cuando esa misma democracia fue la que permitió a su sector político gobernar durante los últimos cuatro años.
Si de movilizar a la ciudadanía se trata, ¿por qué no convoca una desobediencia civil pacífica para exigir respuestas por los 65 menores de edad fallecidos en operaciones militares durante el gobierno de Gustavo Petro? ¿O por los más de 21.000 jóvenes asesinados durante este período? ¿O por el 90 % de los jóvenes que hoy no tienen acceso a medicamentos? ¿O, sencillamente, por la conducción de Colombia hacia el abismo?
Se rasga las vestiduras por los derechos humanos y la soberanía, pero admira a dictaduras vecinas que violan libertades fundamentales, empobrecen a sus ciudadanos y sirven de refugio a estructuras criminales que le hacen el mayor daño a nuestro país.
No sorprende, en realidad. Es su modus operandi: vivir en una espiral de contradicciones que atenta contra la Constitución y las leyes de Colombia, promueve el caos y profundiza las grietas del odio.
Es previsible que en los próximos meses intente mantener una agitación permanente para dificultar la gobernabilidad del presidente electo. Pero Colombia ya habló en las urnas, y la democracia no puede ser válida únicamente cuando el resultado favorece a unos. Respetar la voluntad popular no es una concesión; es la condición mínima para la convivencia en una República.