La hora de reconstruir a Colombia
El próximo domingo no solo elegiremos un presidente. Decidiremos si estos años de crisis se convierten en una lección para el país o en el inicio de un deterioro aún mayor.
Confieso que hace mucho tiempo no sentía tanta preocupación por el futuro de Colombia. No porque nuestro país no haya atravesado antes momentos difíciles, al contrario, a lo largo de su historia reciente, Colombia ha enfrentado desafíos que habrían quebrado a muchas otras naciones: la violencia política, el narcotráfico, el terrorismo, la expansión de los grupos armados ilegales, las crisis económicas y las profundas fracturas sociales.
Sin embargo, en medio de todas esas tormentas, los colombianos siempre conservamos una certeza: la convicción de que el país avanzaba, aunque fuera lentamente, hacia un futuro mejor, pero siento hoy que esa confianza parece haberse debilitado.
La polarización ha alcanzado niveles preocupantes. La incertidumbre se ha instalado en amplios sectores de la sociedad. La confianza en las instituciones se ha erosionado y millones de ciudadanos observan con inquietud el rumbo de una nación que aman profundamente.
Por eso las elecciones del próximo domingo son mucho más que una competencia entre candidatos. Son una oportunidad para preguntarnos qué país queremos, y qué lecciones estamos dispuestos a aprender de los años que acabamos de vivir.
Llegamos a esta cita con la democracia después de uno de los períodos más turbulentos de nuestra historia reciente. Un tiempo marcado por la confrontación permanente, la incertidumbre económica, el debilitamiento de la confianza pública, el deterioro de importantes capacidades del Estado y una polarización que ha terminado por fracturar buena parte de nuestra convivencia nacional.
Hace pocos días el diario El Colombiano publicó una amplia recopilación de los escándalos que marcaron estos cuatro años de gobierno. Más allá de la discusión sobre cada episodio en particular, lo verdaderamente preocupante es el efecto acumulado que estos hechos han tenido sobre la confianza ciudadana.
Denuncias de corrupción, cuestionamientos éticos, conflictos con otras instituciones del Estado, controversias permanentes, tensiones políticas constantes y una sensación creciente de desgobierno han dejado una huella profunda en el país.
Pero los escándalos son apenas una parte del problema. La principal lección que deja el gobierno que está por terminar no tiene que ver únicamente con las polémicas que lo rodearon. Tiene que ver con algo mucho más profundo: la fragilidad de la confianza pública.
Los escándalos de corrupción, las controversias permanentes, los conflictos con otras ramas del poder, los cuestionamientos éticos, la utilización política de escenarios institucionales, los ataques contra quienes piensan distinto y la constante narrativa de confrontación terminaron generando un desgaste que va mucho más allá de cualquier gobierno en particular.
Cuando la política se convierte en un ejercicio permanente de división, las instituciones se debilitan. Cuando la ideología pretende imponerse sobre la realidad, la capacidad de gestión se deteriora. Cuando el poder se utiliza para profundizar las fracturas nacionales en lugar de cerrarlas, la sociedad entera termina pagando el precio.
Esa es, quizás, la advertencia más importante que nos dejan estos años: ningún proyecto político, por noble que diga ser su propósito, puede prosperar si sacrifica la confianza ciudadana, el respeto por las instituciones y la capacidad efectiva del Estado para responder a las necesidades de la gente.
A ello se suman las preocupaciones que hoy muchos colombianos observan con inquietud: denuncias sobre compra de votos, presiones ilegales en territorios afectados por la violencia, campañas de desinformación, amenazas contra la institucionalidad democrática y discursos que parecen sugerir que la legitimidad de la democracia depende exclusivamente de quién resulte vencedor en las urnas.
Nada de esto debería parecer normal, pues cuando una sociedad comienza a normalizar estas conductas, el riesgo deja de ser únicamente político. Se convierte en un riesgo institucional, moral y democrático.
Sin embargo, esta columna no pretende ser un inventario más de nuestros problemas ni un ejercicio de resignación, por el contrario, creo que el próximo domingo representa una oportunidad histórica para comenzar la recuperación de Colombia, y es aquí donde aparece una verdad que con frecuencia olvidamos en medio de la polarización: Colombia es mucho más grande que cualquier gobierno, es mucho más fuerte que cualquier proyecto político y es mucho más resistente que cualquier crisis coyuntural.
Durante más de medio siglo nuestro país ha enfrentado desafíos que habrían puesto de rodillas a muchas otras naciones.
Hemos padecido la violencia del narcotráfico, el terrorismo, la expansión guerrillera, el paramilitarismo, el secuestro, el desplazamiento forzado y profundas crisis económicas y sociales, y sin embargo aquí seguimos, con instituciones que, a pesar de todas sus dificultades, continúan funcionando, con una democracia que sigue permitiendo la alternancia en el poder.
Vivimos en un país en el que millones de ciudadanos trabajan honestamente todos los días; empresarios y emprendedores que siguen generando empleo; jueces, maestros, soldados, policías y servidores públicos que continúan cumpliendo su deber; somos una sociedad que se niega a rendirse.
Por eso me resisto a aceptar la idea de que Colombia está condenada al fracaso. No lo está.
Lo que Colombia necesita es recuperar la confianza en sí misma, fortalecer la seguridad, recuperar la capacidad de gestión del Estado; necesita volver a poner el interés general por encima de los proyectos ideológicos, necesita recordar que las instituciones democráticas son un patrimonio colectivo que debe protegerse independientemente de quién ocupe temporalmente el poder.
Por eso la decisión del próximo domingo debe ir mucho más allá de simpatías personales o lealtades partidistas. Votar no es un acto de rabia, es un acto de responsabilidad.
Cada ciudadano tendrá la libertad de escoger al candidato que considere mejor. Esa es precisamente la esencia de la democracia. Pero también es legítimo preguntarnos qué enseñanzas nos dejan estos cuatro años y qué riesgos estaríamos dispuestos a repetir.
Las naciones progresan cuando aprenden de sus errores y fracasan cuando insisten en ellos.
Dentro de algunos años, cuando miremos hacia atrás y recordemos este momento, probablemente no serán los discursos de campaña los que permanecerán en la memoria colectiva, lo que recordaremos será la decisión que tomó Colombia.
No podemos seguir profundizando las divisiones sino comenzar a cerrarlas, no podemos optar por la confrontación permanente sino por la reconstrucción nacional, no podemos permitirnos que el desencanto se convierta en resignación sino debemos ser capaces de recuperar la esperanza.
Tengo la convicción de que Colombia posee todo lo necesario para levantarse nuevamente. Nuestro país cuenta con instituciones que deben fortalecerse, una democracia que merece ser defendida, ciudadanos trabajadores y resilientes, talento, recursos y una enorme capacidad para reinventarse, pero, sobre todo, tiene una historia que demuestra que siempre ha sido más fuerte que sus crisis.
No escribo estas líneas desde el pesimismo, las escribo desde la esperanza. Desde la convicción de que estamos ante una oportunidad extraordinaria para recuperar la confianza, reconstruir nuestras instituciones y devolverle al país el rumbo que nunca debió perder.
El próximo domingo no solamente elegiremos un presidente. Elegiremos si estos años difíciles serán recordados como el comienzo de una larga decadencia o como el punto de partida de la recuperación nacional.
Yo quiero creer que Colombia está lista para volver a levantarse y que las generaciones futuras podrán decir que cuando el país más lo necesitó, los colombianos estuvimos a la altura de nuestra historia.