El peligro de debilitar las organizaciones internacionales
Cómo la erosión del multilateralismo abre la puerta a la subordinación»
El peligro de debilitar las organizaciones internacionales: una llamada a la reflexión frente a la extrema derecha
En un mundo interdependiente, las organizaciones internacionales —la ONU, la OEA y otros mecanismos multilaterales— funcionan como marcos esenciales para resolver conflictos, coordinar respuestas a crisis y proteger derechos humanos. Recortar su papel o desmantelarlas por razones ideológicas no es una discusión teórica: tiene consecuencias prácticas que afectan la soberanía real de los países y la vida cotidiana de sus ciudadanos. Hoy, movimientos y partidos de extrema derecha, en varios lugares, promueven precisamente esa erosión institucional. Es urgente analizar por qué esa estrategia es peligrosa y por qué merece que la ciudadanía lo piense dos veces antes de votar.
Primero, las organizaciones multilaterales son herramientas para equilibrar el poder. Cuando Estados o coaliciones buscan imponer agendas unilaterales, los organismos internacionales ofrecen canales para la negociación, la arbitración y la rendición de cuentas. Debilitar esos canales deja espacio para que potencias con intereses estratégicos ocupen el vacío —ofreciendo acuerdos asimétricos, inversión condicionada o apoyo político que compromete la autonomía nacional—. En contextos como el colombiano, donde la economía y la seguridad están entrelazadas con actores externos, perder contrapesos multilaterales facilita que el país se convierta en receptor de políticas dictadas por terceros.
Segundo, la supresión del multilateralismo suele ir acompañada de retórica nacionalista y autoritaria. La narrativa de “recuperar soberanía” que predican algunos sectores extremos puede traducirse en concentraciones de poder ejecutivo, debilitamiento de controles democráticos y restricciones a la sociedad civil. Es un patrón observado globalmente: menos cooperación internacional suele coincidir con menos mecanismos internos de protección de derechos, transparencia y pluralismo. En la práctica, esa “soberanía fortalecida” puede degenerar en aislamiento geopolítico y en pérdida de capacidad para atraer inversiones respetuosas de estándares laborales y ambientales.
Tercero, las soluciones transnacionales requieren instituciones transnacionales. Problemas como el cambio climático, el crimen organizado, las migraciones masivas y las pandemias no respetan fronteras. Rechazar la cooperación multilateral no hace que esos problemas desaparezcan; solo reduce la capacidad de respuesta efectiva y coordinar recursos. Además, quienes prometen prescindir de reglas internacionales normalmente carecen de planes creíbles para sustituirlas, lo que abre la puerta a acuerdos bilaterales ventajosos para potencias y desventajosos para la mayoría.
Finalmente, la historia y la experiencia reciente muestran alternativas riesgosas: países que se distanciaron de organismos internacionales para alinear políticas con potencias externas terminaron soportando presiones económicas, tecnológicas y militares que mermaron su autonomía real. Votar por opciones políticas que debiliten redes de cooperación es, en muchos casos, cambiar un sistema plural y negociado por uno donde la dependencia y la sumisión a intereses foráneos aumentan.
La decisión de voto no es solo sobre promesas nacionales; es sobre qué tipo de relaciones internacionales queremos. Preservar y fortalecer organismos multilaterales no significa renunciar a la crítica o a la reforma, sino apostar por mecanismos que protejan a la población frente a abusos, aseguren transparencia en acuerdos y permitan que las naciones negocien desde posiciones equilibradas. Antes de apoyar proyectos que buscan desmontar esos marcos, la ciudadanía debe preguntarse si la “solución” ofrecida no terminará por convertir autonomía declarada en dependencia práctica.
Las democracias resilientes construyen su poder dialogando con otros y defendiendo reglas comunes. Elegir lo contrario es jugar con la capacidad del país para decidir su propio destino. Pensemos dos veces antes de votar por opciones que prometen fuerza pero que, en la práctica, facilitan la subordinación a poderes externos y el debilitamiento de las garantías democráticas.
(*) Exdiplomática, escritora y analista internacional