El fotógrafo de la plaza
En reciente viaje que hice a Armenia en compañía de mi hijo Gustavo, con motivo de la presentación del libro Un día para olvidar, de Diego Arango Mora –sobre el terremoto que destruyó a Armenia en 1999–, dedicamos una mañana para visitar el área del centro con el fin de observar su situación actual. Comenzamos por la plaza de Bolívar. Allí nos salió al paso un personaje singular y memorable, el fotógrafo, que nos invitó a posar para sacarnos las fotos del recuerdo. Claro que sí.
El buen hombre carecía de un antebrazo y así manejaba, a la perfección, su máquina de retratar. Nos contó que con ese trabajo mejoraba su pensión, aunque eran ya pocos los que utilizaban sus servicios. El fotógrafo callejero, un rezago de los viejos tiempos, es hoy cada vez más escaso. Este personaje ocasional, de aspecto pulcro, sonriente y agradable, se ganó nuestra simpatía. Con el símbolo de su cámara enfoco en estas líneas el semblante grato de la Armenia actual.
En la plaza se levanta el imponente edificio de la gobernación, el más alto de la ciudad, que hace contraste con las edificaciones circundantes. La estatua de Bolívar fue subida a una altura absurda, donde más parece una figura aérea e inaccesible, que nunca lo fue el Libertador, que la efigie terrestre consagrada en las otras plazas del país. Parece que con esa medida se buscó que no quedara cerca del elevado monumento al Esfuerzo, obra de Rodrigo Arenas Betancur, donde se vería de aspecto insignificante. ¡Esa no era la solución!
E hicimos el recorrido por el área central, que fue mi sitio de trabajo como gerente del Banco Popular durante 15 años, obra que se salvó del terremoto, mientras otras sedes bancarias se derrumbaron. La invasión del espacio público es manifiesta en dicho sector, y también en la avenida Bolívar y algunos barrios residenciales. Quien logró solucionar la invasión del espacio en la zona central fue el excelente alcalde César Hoyos Salazar.
Comento a continuación el excelente libro titulado De las primeras obras ingenieriles de Armenia, del ingeniero de minas Josué Carrillo, quien describe al poblado inicial que se caracterizaba por las casas de bahareque, de eterna memoria. Con esa materia fue construida Armenia, que era apenas una aldea en los inicios del siglo XX, la que poco a poco fue rompiendo el cordón umbilical para buscar el crecimiento con las armas del progreso. En los tiempos primitivos, los edificios solo tenían tres pisos, y de ellos ya no queda ninguno.
En 1927, cuando la visitó el maestro Guillermo Valencia como precandidato presidencial, el pueblo llegaba a 29.000 habitantes. Y se notaba el brío de sus pobladores, que luchaban por cambiar el bahareque por el cemento y llegar lejos. En aquellas calendas, algunas calles no eran de fácil tránsito debido a las capas de barro.
Valencia dio un traspié y por poco cae de bruces en el lodazal. En el trance lo ayudó su acompañante, a quien dijo estas palabras proféticas: “Qué milagro de ciudad, aquí uno no se mata de milagro”. Ni cortos ni perezosos, los armenios convirtieron esas palabras en el apelativo con que hoy se conoce la urbe, y que corresponde a la realidad: Ciudad Milagro.