23 de julio de 2026

Hasta pronto, Josué

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
25 de mayo de 2026
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
25 de mayo de 2026

 

Mi amistad con Josué López Jaramillo se remonta a más de medio siglo, cuando nos conocimos en la ciudad de Armenia en el área bancaria, él como gerente del Banco de la República y yo del Banco Popular. Amistad entrañable que nunca conoció eclipses y nos permitió conjugar la vida con nobles ideales y firmes convicciones.  

Retirados ambos de la vida laboral, volvimos a encontrarnos en Bogotá años después,  donde no solo siguió inalterable nuestra relación, sino que los días se armonizaban entre alegres tertulias y franca hermandad. En su carácter de agrónomo, fue un enamorado de la tierra, la agricultura y los paisajes. Al regresar de Armenia, vendió la finca cafetera que allí poseía y adquirió otra en Sasaima. Era un experto en el campo cafetero, y con esa pasión vivía atento a las vicisitudes del grano y a los programas del gremio. 

Sus estudios de posgrado en Estados Unidos, Israel y Francia, que se sumaban a su experiencia profesional en el Ministerio de Agricultura, le permitían amplia visión sobre lo que ocurría en dicha actividad. Puede decirse que vivía con el aroma del café, así tuviera que soportar en ocasiones los sobresaltos que produce esa industria. 

En el otoño de 1998 organizamos con nuestras esposas un viaje de mes y medio por diez países de Europa, suceso que recuerdo con honda emoción. Esto pone de manifiesto los lazos de unión existentes en nuestras familias, los que nacieron en el Quindío, territorio de deslumbrantes horizontes y almas generosas.  

Un fervor muy arraigado en el carácter de Josué López Jaramillo era su amor por su tierra nativa, Marulanda. Su vivencia allí durante la niñez y la adolescencia le dejó una marca indeleble en el alma: siempre hablaba de su pueblo con entusiasmo y orgullo. Y publicó dos libros en homenaje a ese pedazo de tierra glacial incrustado en lo más alto de la cordillera: “Mi Marulanda inolvidable” (1999) y “Marulanda en anécdotas” (2021). Ambas obras las comenté en mis columnas de prensa, y deseos tuve, por supuesto, de visitar ese territorio abrupto que se distingue por la producción de la lana a gran escala. Allí la oveja es todo un personaje, y él luchó por la construcción de un monumento en su honor en la plaza principal,  idea que no se ha realizado.  

Ya no me será posible cumplir el anhelo de visitar el pueblo, ya que Josué se ha ido del mundo. Cuando Nubia, su esposa, me llamó a informarme la triste noticia, sentí, sin embargo –y agobiado por intenso dolor–, cierto alivio al saber que mi amigo inolvidable había dejado de sufrir. En efecto, una rara y penosa enfermedad lo acometió hace varios meses, y los médicos nada pudieron hacer por superar la crisis.

Su exquisita personalidad como persona amable, simpática y efusiva le hizo ganar el afecto de quienes lo trataban. Siempre vivía en plan de amistad y de congraciarse con la gente. Los últimos años los pasó dedicado a la lectura y la escritura. Sobre todo, le encantaba la historia. Nubia, sus hijos y demás familiares saben cuánto sentimos su partida, y los acompañamos de corazón. Era el caballero perfecto