Aquel 25 de enero
Aún me repercuten en la memoria las imágenes dantescas que irrumpieron en la pantalla del televisor mostrando la destrucción de Armenia. En segundos, la ciudad se derrumbó como castillo de naipes entre el bramido del terremoto, el desplome de casas y edificios y las espirales de polvo y humo que se levantaban en el aire como una visión infernal.
El reloj marcaba la 1:19 de la tarde, hora sosegada en la que los hogares se reunían en el descanso de mediodía, lejos de suponer la llegada del cataclismo, y con él, la convulsión social que afectaría la vida regional hasta límites inauditos. Las cámaras de televisión pasaban de un lugar a otro en persecución febril de nuevos aspectos de la desgracia que todavía hoy, 27 años después, conturba el sentimiento y ensombrece el espíritu.
Por todas partes surgían ruinas, dolor, desolación y muerte. Este apocalipsis telúrico, imposible de pintarlo con palabras, no dejaba piedra sobre piedra. El eco de la tragedia vibraba en todo el país, y en instantes llegaba al mundo entero. La ciudad se consumía bajo toneladas de escombros, al tiempo que los habitantes buscaban cómo protegerse en medio del caos más pavoroso que jamás habían vivido.
Lo que quedaba de la Ciudad Milagro –así bautizada por el poeta Guillermo Valencia como un tributo a su señorío y grandeza– era una sombra, un recuerdo, un perfil espectral del territorio que antaño floreció con el prodigio del progreso, la amabilidad y la hospitalidad, y ahora se estremecía bajo el ímpetu de las fuerzas desatadas de la naturaleza. Si el maestro Valencia hubiera visto la ciudad abatida y lúgubre, habría llorado sobre las cenizas y su lira se habría enmudecido.
Esa fue la Armenia noble y entrañable que conocí en la década del setenta como gerente de banco y hombre de letras, y en la cual disfruté durante 15 años, en compañía de mi esposa y de mis hijos, de una etapa maravillosa al lado de amigos inolvidables. Ese paraíso se esfumaba ahora ante mis ojos perplejos y el alma sollozante. El tiempo se había detenido aquel 25 de enero con su carga de estupor, tristeza y fatalidad.
Desde mi residencia bogotana percibía algunos contornos maltrechos por la fuerza sísmica, los que, sin embargo, se sostenían en pie como símbolos de la lucha, el esfuerzo y la tenacidad que siempre han caracterizado a los quindianos. Cuando ocurrió la primera réplica, a las 5:40 de la tarde, las edificaciones averiadas, que proliferaban a lo largo y ancho de la ciudad y la región, se desmoronaron en medio de terrible explosión y causaron la mayor cantidad de muertos.
El epicentro se localizó en la región montañosa de Córdoba (Quindío), a corta distancia de la capital, y tras la primera arremetida vinieron 14 réplicas, todas igual de tétricas. Fueron afectados 28 municipios de los departamentos de Quindío, Risaralda, Caldas, Valle y Tolima. Los mayores daños ocurrieron en Armenia, hasta el punto de que parecía un campo bombardeado. Las cifras registran 1.230 muertos, 500 desaparecidos, 8.523 heridos, más de 400.000 damnificados e infinitas lesiones humanas y daños materiales que nunca podrán precisarse. ¡Armenia ya no existía!
El grito desgarrado, la arteria rota, la herida abierta, la sangre a borbotones, los hogares destrozados, la mirada mustia, la angustia trepidante, la esperanza perdida, el alma petrificada, el cielo inclemente, la atrocidad desenfrenada…, tales las voces aplicables a esta hecatombe inconmensurable.
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Digna de todo encomio es la memoria que en este libro escribe Diego Arango Mora sobre la mayor calamidad que ha sufrido el Quindío. Su amplio conocimiento del siniestro, como habitante de Armenia, líder cafetero y presidente del Fondo para la Reconstrucción del Eje Cafetero (Forec) desde el segundo año de funcionamiento de la entidad, se traduce en una obra de vasto alcance que hará entender las características y la magnitud del terremoto.
El Forec, creado por el presidente Andrés Pastrana Arango con figuras de la mayor relevancia nacional, se entregó por completo –con patriotismo, abnegación y eficiencia– a la rehabilitación de la zona, labor en la que se obtuvieron resultados evidentes. Ante los ojos del país fueron resurgiendo las poblaciones derruidas, a veces en condiciones superiores a las que poseían.
Si no hubieran existido ese empeño y esa solidaridad con la gente afectada, la tarea hubiera demorado largo tiempo, o quizás nunca se hubiera realizado. Es preciso resaltar la personal preocupación del presidente Pastrana y de su esposa Nhora, quienes se hicieron merecedores de sentido reconocimiento.
En cuanto al Quindío se refiere, debe anotarse que la región entró en aguda crisis conómica, debido sobre todo al debilitamiento de su principal producto –el café– y a la ausencia de otros recursos. Armenia quedó no solo herida de muerte, sino que careció de mayor producción industrial para levantarse de la emergencia.
Cinco años atrás, Diego Arango Mora había creado el Parque del Café, obra que por su encanto atraía continuas corrientes de turistas que pregonaban a los cuatros vientos las excelencias de la comarca. Este parque emblemático sufrió también el impacto de los destrozos, pero gracias al liderazgo de su fundador logró la recuperación con increíble rapidez.
Y se enderezó la economía con el programa de las posadas campestres y la llegada de prestigiosas firmas hoteleras que creyeron en el potencial material y humano que no tardaría en aparecer. El turismo se convirtió en la fórmula mágica para salir de la encrucijada.
Un día para olvidar, el conmovedor libro de Diego Arango, es el producto de un detenido y juicioso análisis acerca de lo que ocurrió, y entra a enriquecer la bibliografía y la historia quindianas. En él se indaga el tema insondable de los terremotos, un castigo eterno que gravita sobre el género humano, sin manera de eludirlo ni de comprenderlo.
La serie de fotografías y de testimonios estremecedores que recoge el libro constituyen el mejor enfoque de la tragedia, al mostrar en forma descarnada la dolorosa realidad de los hechos. Diego Arango es autor de dos obras más: Historia del Parque del Café y Desde el cañón del río Arma hacia la Tierra de la Esperanza, escritas las tres en la edad del reposo como un acto de amor por su región.
Un día para olvidar sugiere la idea de un lenitivo ante el horrendo momento que ya pasó, y de una luz vivificante frente al milagro de la resurrección que se ha impuesto sobre el infierno de las sombras.
(La presentación del libro se realizó el 27de abril de 2026 en el Museo del Oro Quimbaya, Armenia).