Volney
Sin conocerla al extremo, si supo que era la pobreza y supo desde un comienzo que lo que se quiere en la vida se debe luchar, con muchas ganas y con metas claras de logros que deben ser la respuesta a lo que se busca, no a lo que meramente se encuentra en forma accidental.
Nunca se detuvo en ese constante camino de dar muchas batallas en busca de logros colectivos. Hizo tránsito por vías de protesta, de agresiones no violentas, de discursos que provocaran la reacción colectiva, siempre en defensa de las causas de los menos favorecidos.
Su paso por la dirigencia sindical en el Valle del Caca no fue un accidente. Fue un propósito y por eso no dudó en participar en forma directa en huelgas y protestas en contra de patrones injustos y en defensa de trabajadores que día a día ponían su vida al servicio de los otros, sin que ello les diera como resultado nada distinto a una simple supervivencia.
Era un convencido de que no se trataba de sobrevivir, sino de vivir dignamente, como seres humanos, en medio de circunstancias en que las oportunidades fueran para todos.
Su verbo ágil, fuerte, contundente y brillante lo fue llevando por caminos que necesariamente en algún momento lo iban a conducir al ejercicio de la política.
Lo suyo era la lucha social. Lo suyo era leer, leer mucho, especialmente aquellos tratados de ideologías que procuran el bienestar colectivo. Se fue formando su mente y su carácter, como que por razones propias de las carencias de la mayoría de los colombianos, no tuvo la oportunidad de ir a la Universidad a cursar algún programa profesional, lo que en nada le hizo falta, porque era más profesional que muchos de esos profesionales con muchos títulos académicos, poco carácter y carencia de identidad con aquello que creen.
Nacido en 1939 en las montañas de la Cordillera Central del Valle del Cauca, criado en el campo y conociendo en esencia la existencia al sol y al agua, al lado de los animales domésticos, sacando de ellos lo mejor, pero con gran respeto a su condición de seres sintientes, su educación llegó hasta alcanzar en para entonces muy difícil de adquirir título de bachiller, por las enormes falencias que la educación pública ha tenido y sigue teniendo en nuestro medio. En Colombia primero está la guerra y si acaso quedan recursos de los costos de las armas y las municiones, algo se dedica a formar a los seres humanos que deben ser los responsables de la sociedad.
Entendió que no era cuestión de títulos, de cartones, de diplomas, de medallas, era asunto de querer ser y para ello basta con la decidida voluntad de buscar logros en favor de lo colectivo y de paso ir ganando un liderazgo que nunca le fue extraño.
A Volney Naranjo Rodríguez la vida no le regaló nada. Pero el si le regaló mucho a la vida. Le dio muchas palabras en su narrativa, poco conocida, pero existente y testimonio de su propio tiempo y en su música, sin haberla estudiado nunca, llegando a ser un compositor representativo de aires folclóricos colombianos, dejando un repertorio de bambucos, pasillos y guabinas, que se cantan leyendo quien fue su autor, pero sin que se indague con precisión de quien se trata.
En este año 2025 su familia ha tenido la excelente iniciativa de publicar sus memorias, en una muy digna edición privada, con el extraordinario título de “Para que no florezca el olvido”, lenguaje que corresponde a la poesía pura. Una edición con una portada en la que aparece una pintura en acuarela, con Volney en pantalón corto, el de trabajo de los campesinos, una camiseta verde, las manos a su espalda, la expresión de pensador y sus gafas de miope lector de toda una vida, su calva brillante y el poco pelo en sus parietales y encima de sus orejas. Por los apellidos deducimos que se trata de una obra de uno de sus nietos, Mario Naranjo Sánchez, con una presentación de su sobrino Jaime Fernández Naranjo, inquieto intelectual, brillante heredero de esa casta de lectores y luchadores sociales.
Volney llegó a ser uno de los dirigentes más importantes del MRL, disidencia del Partido Liberal, en el Valle del Cauca, sin dejar de ser estudioso y erudito, siendo elegido como Concejal de Santiago de Cali, donde dio batallas históricas en favor de las mejores causas de la gente a quien tanto le hace falta. No hablaba por hablar. Siempre con sustento y argumentando sin ofender, pero sin ocultar veracidades y evidencias. .
Era un gran lector de poesía y con su gran memoria no dudaba recitar a los grandes vates de la poesía universal.
No es posible resistirse a la tentación de contar una escena que presenciamos en alguna ocasión, cuando al llegar al Café Gardel, en la Avenida Sexta de Cali, nos encontramos en una mesa a Volney Naranjo Rodríguez en compañía de Armando Holguín Sarria, ilustre Senador y Constituyente en 1991, quienes nos invitaron a compartir con ellos.
En la mesa estaba una btella de buen Wisky. Pedimos un café y ellos pidieron una copa para que los acompañara. Finalmente se impuso el licor. Pero al escuchar el tema de su conversación, un trago nos duró el resto de la tarde, pues ellos se encontraban enfrascados en un duelo de recitaciones de los más grandes poetas del universo. El silencio fue nuestra respuesta y el deleite de oír a dos gigantes intelectuales luchando a verso limpio, en lo que la lógica nos decía que estábamos para escuchar. Ellos se pasaron de tragos, nosotros nos pasamos de versos y poemas.
El homenaje que la familia de Volney le ha rendido con la publicación de sus memorias, es apenas de justicia por un ser humano que supo de luchas sociales y que tuvo en la palabra adecuada el arma esencial de lo que hizo en favor de muchas causas de quienes carecían de voceros públicos.
Siempre nos llamó la atención su poco común nombre. El libro (página 20) nos resolvió la inquietud y en sus renglones supimos que es la contracción de Voltaire y Ferney, dado la radical racionalidad de su padre, anticlerical siempre, lo que de alguna forma le moldeó su carácter a Volney, quien también fue expresión de ese rechazo a la Iglesia. Se origina en la lectura del autor francés nacido en 1757 Constantin Francois Chasseboeuf de la Gradudais, quien adoptó ese Volney como su seudónimo.
A Volney Naranjo Rodríguez su padre le dio ese nombre no como seudónimo, sino como identidad de siempre, hasta cuando en el año 2016 se fue de la vida y siguió en la eternidad de quienes dejan huellas que se siguen recorriendo y consolidando con el paso de los años.