Vergüenzas
Por estas calendas se cumplen diversos actos conmemorativos de los cuarenta años de dos grandes tragedias que le correspondió vivir a Colombia.
Uno de ellos producto de la demencial idea de creerse, mesiánicamente, el gran juez capaz de someter a juicio público a una democracia, en la que los asaltantes criminales decían y siguen diciendo creer, y la otra como producto de los efectos naturales de asentar poblaciones en las laderas de un gigante dormido, sobre lo cual se hicieron advertencias técnicas que jamás fueron escuchadas, en razón a que se hablaba de desocupar ese espacio, pero quienes allí residían no tenían para donde irse, como que nadie les dio alguna alternativa.
La denominada toma del Palacio de Justicia, donde se habla de cientos de muertos, pero con cifras que incluyen desaparecidos que jamás ha sido precisadas, y no van a serlo jamás, por lo que bien se puede pensar que los números son apenas eso, pero nunca el reflejo de la realidad.
Se pueden contar aquellos muertos que tuvieron dolientes. No se cuentan los que no los tuvieron, no los han tenido y no los van a tener.
Tantas personas anónimas que estaban en las instalaciones del Palacio de Justicia en esos dos días de noviembre de 1985, haciendo alguna diligencia judicial, o prestando algún servicio de suministro, seres que no figuran en los espacios de las personajes y a quienes les llegó el olvido desde los primeros días, cuando se comenzó a saber lo que allí había sucedido.
Una toma violenta del centro del poder judicial, donde estaban las cabezas pensantes del Derecho Colombiano, como producto de cumplimiento del encargo de un narcotráfico rampante que sólo buscaba la eliminación de los expedientes que facilitaban sus extradiciones, (efecto de mantener una prohibición e ilicitud de un vicio, en nada distinto al alcohol y el cigarrillo, en lo que se gastan el presupuesto de la educación y de la salud, con resultados completamente negativos, pues mientras ese consumo siga en ese rango ilegal, será el gran negocio del que muchos se lucran, comenzando por los que dicen que lo controlan y persiguen).
Es una causa del hecho que nunca se ha querido profundizar, dado el apresurado indulto y amnistía de que fueron objeto los asaltantes, mientras que los miembros de las Fuerzas Armadas que salieron en defensa de la institucionalidad, han sido sometidos a condenas que pueden tener toda la legalidad del caso, pero carecen del menor sentido de la dignidad de lo que es el ejercicio de las funciones públicas, en lo que las personas no hacen lo que la ley no les prohíba, sino aquello que la misma ley les ordena y deben hacerlo como la norma les indica.
El desbalance es brutal. Doloroso. Causa muchas lágrimas, por los muertos y por los condenados.
Ha habido agudeza jurídica para sacar adelante a los asaltantes, uno de ellos ahora ejerciendo el cargo ejecutivo, sin que importe su gran ineptitud. El fracaso de este gobierno no es por ser de izquierda, es por incapacidad para gobernar, como que a los ministerios llegan personas fluídas que hablan sin saber de lo que se ocupan y que apenas si se presentan como altos funcionarios, pero que en su decir, en su hacer, en su comportamiento lucen como simples caricaturas.
Lo peor es que tratan de ser trascendentes a nivel internacional y se dan unas ínfulas que piensan salen únicamente del decreto de nombramiento, pero sin detectar que son seres a quienes cualquier cargo, así sea el de vigilantes de portería, les quedan grandes, por simple y llana incapacidad intelectual.
Al poder se llega con los votos. Y en el 2022 once millones de colombianos cometieron el error de elegir el menos malo de la fórmula final, por la eterna disputa de las clases dirigentes, en cuyo seno priman los egos y nunca los fines comunes de construir un país mejor.
Tener el voto en la mano en la segunda vuelta presidencial, era tanto como elegir entre alguien que no es capaz de dirigir una tienda de abarrotes y un hombre de mucha edad, a quien la ira le acompañó por siempre y estaba próximo a decirle adiós a la vida. No podía ser peor la alternativa.
Ganaba el que sacara más votos. No el mejor. No el que convenía. En las elecciones anteriores de escogencia de candidatos se quedaron nombres brillantes, que a no dudarlo lo hubieran hecho mejor, pero las ambiciones personales son capaces de eliminar hasta las posibilidades de ofrecerle algo serio al país.
Esa alternativa, por la que se decidieron quienes eligieron al actual Presidente, se ha convertido en una verdadera vegüenza en la historia política de Colombia. Ya se han tenido muchas vergüenzas, pero esta parece ser la de mayor calibre. Y cuando esa vergüenza habla habla habla habla, porque no es incapaz de parar, a todos nos da pena ajena. Pero es lo que da la tierra.
Y la otra gran tragedia, en la que tampoco es posible calcular una cifra cierta de víctimas, fue la erupción del Volcán del Ruiz, que en su avalancha de lodo, agua, lava y piedras se llevó por delante el pueblo blanco de Colombia, apelativo ganado en su enorme producción algodonera. Fue la sepultura de Armero.
Una tragedia capaz de echar a un lado a toda una población, de la que apenas quedan unas ruinas dolorosas cubiertas de maleza y cuya visión es un dolor constante.
Frente a la tragedia del Palacio de Justicia, faltó presencia del Estado, como que se dijo en muchas veces que ello iba a ocurrir, pues un asalto de esta naturaleza no se improvisa. Fue preparado. Muchos sabían de ello. El gobierno nacional no hizo nada. Cuando sucedió, a ese gobierno lo hicieron a un lado y de una sola toma resultaron dos, cúal de ellas más violenta.
Y aún existen quienes se sienten y hablan como si hubiesen sido héroes, sin entender que donde quiera que se pierda una vida humana, no puede haber un solo héroe. La muerte no genera héroes, solo seres para quienes la vida humana es apenas una cifra.
Y la otra gran tragedia, la natural, cuando borraron a Armero y miles de ciudadanos debieron salir en medio de ese barro azufrado con olor a muerte, dejando todo abandonado y condenados a volver a empezar de nuevo, con la ausencia, casi todos, de muchos de los seres queridos que hacían parte de su núcleo familiar.
Contar muertos nunca será heroico. Honrar la memoria de los que allí se fueron de la vida, es apenas justo. Lamentar lo sucedido en el Palacio de justicia con el ejercicio del poder de uno de los responsables de ese acto críminal, aunque no hizo presencia porque para ello se requiere valor, mucho valor y esa no ha sido la característica de quien se apalancó en las maniobras politiqueras para llegar a donde lo hizo, yéndose por el camino despejado que le dejaron las luchas intestinas de quienes han dirigido este país, muchas veces equivocadamente, pero no tanto como ahora, honrar su innominada memoria es indispensable.
Habría que decir que no son dos las tragedias que se conmemoran ahora en nuestro medio. Son tres: la del Palacio de Justicia, la de Armero y la ocurrida en el 2022, cuando se dio un error colectivo para elegir cómo nunca más se debe volver a elegir. Una colección de vergüenzas colectivas.
Siempre se pensó que gobernantes más ineptos que Marco Fidel Suárez y Andrés Pastrana Arango no serían posibles, pero la realidad es la que tenemos, alguien que fue capaz de superar de manera amplia esa ineptitud de los mencionados.