No puede ser
Casi terminando la mañana, el odio atravesó la puerta por donde entran los carros al sótano. Se instaló de soslayo, resbalándose por las paredes. Los magistrados y el personal de la rama judicial tecleaban sus máquinas como si fueran ametralladoras disparando palabras sobre las hojas de papel, llenándolas de frases negras, tras el humo de los cigarrillos, alentados por el café consumido para vencer el frío bogotano.
Eran horas de oficina rutinaria cuando el primer disparo se oyó en el patio y el miedo comenzó a deambular por los corredores. Fue el momento decidido por los guerrilleros, cual asesinos armados hasta los nervios, ante los indefensos funcionarios encargados de administrar la ley en la alta corporación.
Era el día de la muerte para más de cien personas, en su lugar de trabajo, o quienes esperaban providencia judicial para morigerar afanes. Era la señora de los tintos entregando la sangre negra del café para calmar la abulia. Era el empleado del Estado arando en el surco de la ley para administrar justicia. Era el obrero pintando las paredes para lucir el edificio donde se instalaría la sombra. Era el militar con la intención de imponer el orden a la fuerza y la amenaza encima. Era para todos el fin de la vida, entrando a mansalva y con plomo en errátil emoción, de grupo criminal movido por nefastos designios. Era un seis de noviembre de 1985, de esos que suelen ser lluviosos, pero ese día el agua no cayó sobre la ciudad. La puerta fue violada por tanqueta militar, por metrallas, por bombas y balas de encono de los guerrilleros, por disparos de la soldadesca operando su nefasta acción ante los inermes ciudadanos, quienes solo sabían manejar sus máquinas de escribir para emitir providencias, por demás famosas, porque se acabó la conciencia jurídica de alto esplendor emitida por magistrados que eran la conciencia sublime del país.
A lo largo de ese día y el siguiente, el fuego atravesó paredes, puertas, personas; el mapa de horror cerró la noche con incendio, acabando con los asesinados, la biblioteca, además de los expedientes y los despachos.
Los televidentes, aterrados, miraban consumirse uno de los poderes del Estado, mientras el ejecutivo nacional guardaba silencio ante el país acuartelado por el horror, con nula actividad previa de la inteligencia al respecto.
La incipiente comunicación periodística parecía maniatada por el temor, y las gentes expresaban toda clase de conjeturas, mientras la parca bailaba en el palacio, frente a un Bolívar de bronce en la mitad de la plaza.
No hay dolor más grande, en la bitácora de los dolores, ante la aterradora matanza, como dijera el poeta español Enrique Gracia Trinidad:
“No hay bandera que valga un solo muerto.
No hay fe que se sujete con el crimen.
No hay dios que merezca un sacrificio.
No hay patria que se gane con mentiras.
No hay futuro que viva sobre el miedo.
No hay tradición que ampare la ignominia.
No hay honor que se lave con la sangre.
No hay razón que requiera la miseria.
No hay paz que se alimente de venganza.
No hay progreso que exija la injusticia.
No hay voz que justifique una mordaza.
No hay justicia que llegue de una herida.
No hay libertad que nazca en la vergüenza.”
No puede ser, ante foto conmemorativa de esta barbarie, “quien” considere genial semejante masacre.