7 de junio de 2026

Dignidad

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de octubre de 2025
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de octubre de 2025

 

Desde el más elemental de los conceptos, la dignidad es el valor inherente al ser humano, con el que todos nacen, simplemente por el hecho de ser personas. 

La dignidad, entonces, va adherida a cada persona y es ella misma la única responsable de su protección, defensa y desarrollo.  El primer elemento de protección de la dignidad humana, es el respeto. 

El respeto  debe ser entendido en su doble condición de derecho-deber. No se trata solamente del respeto por el otro, se trata también, antes que nada, del respeto por si mismo. Quien no se respeta a si mismo, es incapaz de respetar a los demás. 

La dignidad es la valoración que cada quien hace de su propio ser y de sus circunstancias, como podría enunciarse con las tesis de don Miguel de Unamuno. Quien no se valora, no puede solicitar a los otros que lo valoren y lo tomen en cuenta. 

Quien no se respeta, no respeta a los demás. Quien no respeta a los demás, mal puede exigir que se le llegue a respetar. 

El respeto no puede ser accidental, ni mucho menos incidental. El respeto debe ser permanente, constante, en todos los espacios, en todos los tiempos. 

Ese respeto que cada quien percibe por sí mismo, es lo que le va acumulando las condiciones de distinción dentro del núcleo, o núcleos en que se mueva. No se es digno, porque se exija respeto, se es porque se genere respeto. Y generar respeto no es fácil, porque es tanto como respetar a los terceros de manera absoluta, sin excepciones de ningún tipo, ni excusas que pretendan justificar esa ausencia de respeto por el otro. 

La dignidad con que se nace, es en esencia el respeto que cada vida humana merece y necesita para estar en sociedad. El bebé indefenso demanda respeto de quienes lo cuidan, lo protegen y le ayudan en su proceso de desarrollo. 

El infante que carece de tantas explicaciones de lo que sucede en su vida, requiere que se le considere como ser digno de ser ayudado, a quien se le enseña todos los días, desde a dar sus primeros pasos, a pronunciar sus primeras palabras y a entender muchos conceptos contenidos en ellas. Ese niño es digno del respeto de todos, absolutamente de todos, de ahí que a la sociedad le duela tanto cuando se comete cualquier clase de abuso sobre menores de edad. Es  que el deber de protección y cuidado es de todos, no solamente de quienes son directamente responsables de esos niños. 

Es la dignidad  que no demanda más que ser persona. Y se es persona desde el momento mismo en que se llega a la vida. Sin la protección de esa dignidad, que implica respeto, no es posible que los seres humanos alcancen desarrollos que los lleguen a hacer trascendentes socialmente.

Esa trascendencia social, sin ser propositiva en todos los casos, es lo que busca el ser humano desde un comienzo, y para ello debe emprender el recorrido de muchos caminos, algunos con demasiados tropiezos y unos pocos con las facilidades que da el poder compartir con quienes llegan a hacer causa común con lo que alguien se propone. 

En la medida en que se recorren esos caminos y se va llegando a determinados destinos, esa dignidad se hace mayor y por tanto demanda de cambios de comportamiento, como que cuando no se era nadie, bien se podía pasar desapercibido y hacer todo lo que se le ocurriera a cada quien, sin que ello generara consecuencias, pero al llegar a ser alguien representativo, ese ser ya se debe en buena parte a muchos otros.  

Alcanzar propósitos, significa, antes que nada, asumir responsabilidades. Cuando se consiguen logros se tiene la satisfacción y en muchos casos la sensación de felicidad de ir por el camino correcto, o al menos el camino que genera éxitos que van conformando un patrimonio social, que es puesto al servicio de cada quien y en casi todas las ocasiones al servicio de los demás. 

No se alcanzan metas para ser más cada quien. Se alcanzan metas para ello, pero también para asumir roles que demandan comportamientos sociales adecuados, que no pueden ser inferiores a los deberes que se imponen, cuando se adquieren derechos. 

No puede perderse de vista que jamás habrá derechos, sin tener al frente obligaciones. Quien adquiere derechos, debe asumir los deberes que ellos traen consigo. 

Quienes se trazan el camino de lo público, van en busca de metas mucho más complejas que quienes hacen todo sencillamente para ser mejores ellos mismos.  Los que luchan por lo público, se someten al examen diario, minuto a minuto, de su vida. La privacidad, para ellos, casi que desaparece. Todo lo que hagan y digan trasciende y tiene unas interpretaciones que van  a ser objeto del examen general, con las calificaciones correspondientes. 

Los seres humanos que se dedican a la administración de lo público, adquieren responsabilidades superiores a las de los demás. Lo que implica que siempre van a ser objeto de evaluaciones, muchas veces construidas desde la competencia de quienes buscan las mismas metas. 

A más de la dignidad como valor intrínseco de los seres humanos, en la medida del ascenso social se van adquiriendo distinciones, responsabilidades, honores y deberes que demandan conductas mucho más exigentes. 

El hombre público debe ser intachable. Como se dijo alguna vez: la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino parecerlo. 

Es aplicable a quienes buscan el poder para el manejo de lo público. Deben ser honestos y además parecerlo. Y deben ser conscientes que en la medida en que logran alcanzar dignidades en el manejo del Estado, se hacen responsables de núcleos sociales amplios, los más amplios y por tanto van a ser fiscalizados en su comportamiento rutinario en todo momento y en todos los espacios, porque esas dignidades oficiales, cuando se alcanzan, van con la persona las 24 horas del día. Hasta dormidos, esos seres humanos deben ser objeto de cuidado y protección, lo que no sucede con la mayoría de los demás asociados. 

En el aprendizaje de lo que es el respeto a todos les han enseñado que a casa ajena no se va a descalificar, ni a dañar, ni a provocar que otros dañen. No se acaricia intempestivamente al burro por la parte trasera, porque la patada automática siempre alcanza partes sensibles del cuerpo que pueden quedar doliendo de por vida y a veces hasta llevarse la existencia de quien no sabe que eso no se debe hacer. 

Tener conciencia de porqué se lucha y para qué, es ser consciente de que lo que se busca es ostentar alguna dignidad que la sociedad legalmente otorga. Y ello demanda que las conductas habituales no puedan ser entendidas en los mismos términos que cuando se luchaba por alcanzar esas metas. 

Cuando alguien que alcanza dignidades mayores en el Estado, no corresponde en lo que hace y lo que dice, genera eso que se llama vergüenza ajena en los demás. 

Colombia se ha avergonzado más de una vez  de sus gobernantes, porque no han sabido ostentar las dignidades con el debido respeto a lo que son y especialmente con el respeto que debe tener en todo instante frente a los demás. 

Muchos son los ejemplos que en la historia política se pueden exhibir para hablar de esos comportamientos indignos que generan vergüenza ajena, como el de quien no sintió un elefante que estaba a sus espaldas y se gastó el tiempo de su máxima dignidad en defenderse de las acusaciones, para pasar sin pena ni gloria en lo que persiguió durante toda una vida. 

Recientemente nos volvieron a hacer poner colorados de vergüenza ajena, cuando alguien con la mayor dignidad en sus hombros, se sintió luchador de barrio y tirador de piedra y no dudó en vociferar en calles de una inmensa ciudad en contra de quienes eran sus anfitriones. Tanto como trasbocar y limpiarse con las cortinas blancas de fina tela y delicados encajes en casa ajena. 

Saber el nivel de dignidad que se ostenta y lleva encima como responsabilidad, no es sencillo. La dignidad no la venden en bolsas de papel para llevar consigo a todas partes, como la famosa bolsita del doctor Chapatín, que nunca se ha sabido que contiene. 

La dignidad no es fácil de respetar y mucho más cuando es una sociedad la que la ha otorgado. Comportarse con dignidad no es fácil y se deja de ser digno cuando los comportamientos públicos no se corresponden con las enormes responsabilidades que ha entregado un amplio sector poblacional.