Poeta
La vida fracasó completamente con Oscar. Oscar fracasó completamente con la vida. De la unión de dos fracasos, nada distinto puede salir que un gran fracaso. En todo.
El fracaso se trata de escudar, o al menos esconder, en la poesía. Un arte de inmensas minorías, que no logra los efectos multitudinarios que se buscan. Es para sensibilidades superiores. Si la poesía fuese capaz de arribar a todas las emociones, el mundo sería otra cosa. Desafortunadamente no lo logra. Sencillamente se queda en las emociones profundas de quienes entienden las palabras líricas como una fuerza capaz de hacer saber a los demás que se siente y se percibe.
Oscar, un ser humano inteligente y brillante, como su hermana se lo recalca, se va por ese camino de la poesía, obsesionado por encontrar su propia fuerza expresiva y hacer de una de sus alumnas una figura capaz de conmover a todos con sus expresiones bellas, contenidas en un cuaderno lleno de dibujos y muchas palabras que ella confiesa escribir cuando está triste.
Para ella la poesía es la forma de manifestar esas emociones que a veces la atropellan. Es como poder exteriorizar la tristeza, la pobreza, las ganas de ser alguien en la seguridad de que en su medio no es nada. En su casa ni platos de loza ordinaria hay para comer. Comen en esas vasijas detestables de icopor en que venden la lechona callejera -no por eso, menos sabrosa-, y comparten angustias en medio de un exceso de personas para tan poco espacio.
Yurleidy, nombre de la poetisa en ciernes, escribe cosas, sin pretensiones, hasta cuando un profesor de literatura, improvisado como tal, pues su vocación es la de vago y poeta, en medio de muchos muchos tragos de licor, de todos los licores, pues lo que importa es vivir, sin determinar gustos específicos, cuando económicamente se depende de los demás, por la información insidiosa de uno de sus compañeros de curso, por lo que ese poeta-profesor le pide que le enseñe esas cosas que escribe y entiende que allí hay muchas expresiones con una profunda lírica.
Oscar, ese docente que llega a serlo por la amistad de su hermana con directivos de un plantel privado, para tener algún dinero para el licor, pues su anciana madre un día decide cortarle todas las ayudas que desde siempre le ha dado, en la promesa de llegar a ser un gran escritor, con quien luego de publicados dos pequeños libros de poesía, no trascienden más allá de esos círculos cerrados que los intelectuales tienen en todas partes del mundo, para encerrarse en ese lenguaje bello de la creación literaria.
La madre, quien vive de una digna pensión, no se ha atrevido a quitarle el apoyo económico, que finalmente se pierde por las influencias del marido de su hermana, quien llega a hacerse dueño de lo que no es de él, y llega incluso a amenazar con expulsar a su cuñado de esa residencia de barrio estrato cuatro. Oscar es muy apreciado en su círculo de Poesía Viva, pero no más allá. En su propia casa y en su familia, no es más que un fracasado con cara de fracasado y conductas de fracasado.
Tiene, eso sí, la gran virtud de ser capaz de despertar emociones y entusiasmos por la poesía. En ese descubrir es que conoce ese cuaderno lleno de figuras a color, pidiéndolo prestado y haciéndolo conocer de sus amigos poetas, quienes comparten el entusiasmo y le proponen que invite a la estudiante a leer sus versos en el siguiente Festival de Poesía que contará con el apoyo de una embajada europea.
Así lo hace. Yurlady lee sus poemas. Es objeto de la ovación de un público que sabe de poemas y le gusta la poesía.
Al final del recital se ofrece un coctel y la niña, que aún no cumple los quince años, se toma unos vinos -debe suponerse, por el color del líquido-, de no muy buena calidad y vive a la primera terrible borrachera que alguna vez pueden tener los seres humanos y que a veces se parece tanto a los síntomas de la muerte, especialmente cuando se termina vomitando recostado en el pollo del sanitario, donde tantos traseros se han sentado.
Los organizadores del Festival deciden llevar la niña a un hotel, con el fin de esperar a que le pasen los efectos de la embriaguez, pero Oscar, temiendo lo peor, prefiere llevársela para la casa de ella, en sl viejo carro de propiedad de su pensionada madre y que usa sin permiso.
Lleva la niña a su casa, ubicada en una loma de esas donde las construcciones fueron producto de la necesidad urgente de tener donde escampar, no de construcciones debidamente planificadas y diseñadas, en las que el acceso al segundo piso se hace por escaleras de metal en forma de caracol, que sólo pueden y deben usarse en uso de la plena razón, no con la distorsión de exceso de alcohol en una mente primípara en dichas lides. .
En este tiempo, se da una de las escenas más dramáticas a la vez que hilarante de la película “Un Poeta”, del director Simón Mesa Soto, quien debuta -tenemos entendido- en el celuloide con gran fortuna, pues la niña beoda, estrenando vestido negro, sale rodando cual bulto de papas por esa empinada cuesta.
Oscar corre, la ataja, la lleva de nuevo, a su espalda, con el peso multiplicado de una borrachera con trago barato, y la ubica sobre el primer escalón del caracol metálico, luego de entender que solo no podrá jamás llevar a su alumna a la puerta de su casa. Allí la deja. Luego la familia la encuentra, la suben y se arma el escandalo colombiano, muy colombiano, de pensar que en la presencia de la tragedia ha llegado la fortuna.
Hasta a diagnósticos profesionales acuden los familiares, para demostrar el daño y elevar sus peticiones ambiciosas. Como no le pasó nada, insisten en que si y que deben ser indemnizados. El oportunismo propio de quienes por ser pobres consideran que se les debe todo.
Fuera de haberse tomado unos tragos de vino ordinario por primera vez en su vida, de haber sido llevada a un hotel para que se repusiera, de haber sido sacada de allí por su asustado profesor, nada extraño le pasó a la niña.
El escándalo que se arma, las especulaciones que llegan, las soluciones que se dan a un problema que apenas si es una hipótesis, se van apoderando del ambiente y el espectador de cine -el día de su estreno en Cali, apenas asistimos cinco personas, lástima, pues es una gran película-, se va haciendo partícipe de una trama que cualquiera tiene el derecho a la duda de considerar creíble que se pueda mantener la expectativa durante dos horas de audiovisual, hecho en formato de 16 mm, con un tema tan minoritario como es la poesía.
Las menciones y premios que la película ha ganado en prestigiosos Festivales internacionales, los tiene más que merecidos. Es una de las mejores películas que se ha hecho en Colombia. De nuevo nuestras escuelas universitarias de cine, generan egresados con mucha creatividad y ganas de hacer obras de arte para el espectador.
La dirección de Simón Mesa Soto, quien además es el autor del guión, lo que le permite el pleno dominio argumental, es exquisita. Un nuevo director de cine colombiano que pone un punto muy alto en su ópera prima, pero en quien detectamos la capacidad de seguir haciendo muchas cosas mejores. La cinta no pierde ritmo, maneja muy bien la luz, el sonido es de gran calidad y la trama tiene el poder de poner a pensar al cineasta en poesía. El filme es un poema, un verdadero poema sobre la poesía.
Un director que es capaz de hacer poesía con el celuloide, como es el caso de la escena en la que Oscar es acusado de todo lo malo que ha hecho en la vida, deja caer una lágrima de su ojo derecho, que se ve desplazarse en el aire y termina doliéndole a uno frente a un ser medio tonto, pero con total ausencia de mala intención existencial.
La actuación del protagonista, Ubeimar Ríos, es impecable. Tiene cara de fracasado, voz de fracasado, emociones de gran poeta y luce tan natural que jamás es posible entender que se trata de una representación. Es un Oscar tan autentico que se confunde con un ser imaginario que el espectador lleva a la realidad.
Y se destacan otros actores, como Rebeca Andrade, Guillermo Cardona, Humberto Restrepo, Margarita Soto, Alisson Correa. Todos lucen tan naturales que ni siquiera parecen actuar.
El iluso profesor Oscar se obsesiona con los versos de su alumna Yurlady y genera un lío de dignidad humana que no se logra dimensionar, en la seguridad de que a la pobre poetisa nada le ha pasado, distinto a haberse tomado unos vinos ordinarios sin previa advertencia de lo que es una primera borrachera, que todos los seres humanos que la hemos vivido, siempre hemos querido borrar, hasta de la memoria, porque con ella regresan esas terribles náuseas. Es como hablar de la dignidad de quienes en ella piensan que hay un negocio. La verdadera dignidad no es negociable.
Vale la pena regresar a las salas de cine a ver obras de la gran calidad de “Un poeta”, de Simón Mesa Soto, que reivindica la creatividad de los directores de nuevas generaciones en nuestro medio. Da gusto y orgullo saber que en nuestro medio se producen películas como esta.