7 de junio de 2026

Memoria

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
27 de septiembre de 2025
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
27 de septiembre de 2025

 

La memoria se ocupa de guardar lo que las personas viven, con las circunstancias de tiempo, modo y lugar que hayan correspondido. De ahí que la historia se deba ceñir a dar cuenta de lo ocurrido a los seres vivos y asociando su existencia a las cosas materiales que de alguna manera hayan sido elementos de su existencia. 

Memoria es recordar lo que fue, como fue y tratando de no desvirtuar, lo que no es fácil, pues en la narrativa necesariamente se van a dar elementos emocionales que corresponden a las exigencias de quien cuenta esa historia. 

La historia es una sola. Pero hay muchas manera de contarla. Se ha dicho, incluso, que la historia depende en mucho de quien la cuente. En las guerras una es la manera de contarlas de los vencidos y otra bien distinta la de los vencedores (si es que en las guerras hay vencedores),y cada uno le dará los sesgos aprovechables en su favor. 

La historia de las guerras siempre las han contado mejor, quienes no participaron en ellas. Pero le es ineludible al historiador consultar esas fuentes primarias, con el gran cuidado de no dejarse plegar a los sentimientos de cada uno de ellos. 

No es tarea fácil contar la historia. Se demanda objetividad, pero quienes la escriben son seres humanos, sujetos que tienen gustos y disgustos y en especial que han asumido ideologías determinadas  que de alguna forma condicionan la visión que de los hechos se tengan. 

Es casi imposible encontrar una narración histórica completamente objetiva. Todas esas narrativas van a tener contenidos de orden emocional e ideológico. Debe partirse  del principio de que la historia no la cuentan las frías máquinas, sino los seres humanos. Desde el momento mismo en que el historiador escoge el tema sobre el cual quiere investigar, ya se da el elemento de subjetividad, que si se quiere se puede reducir a su mero interés científico, pero  en lo que no puede quedar de lado el proceso formativo de ese narrador, que ha ido por caminos que en algún momento lo llevan a ese objeto de su indagación histórica. 

La historia como ciencia humana ha avanzado mucho en las últimas décadas, procurando que se  cuente desde lo pequeño (lo local) y se extienda a ámbitos que se van ampliando en la medida del contexto que se va encontrando. 

Las teorías de Ferdinando Braudel han contribuido en grado superlativo a esa forma de contar la historia. Cada vez es menos subjetiva, pero lo sigue siendo en la medida en que la sigan contando los seres humanos, como debe ser, porque no se trata de simples narraciones, sino de dar cuenta de hechos y de sus contextos. 

La menor exigencia que se le hace al historiador es que cuente los hechos como fueron, no como pueden ser leídos con el paso de los años. Cuando esto último sucede, ya no se está en presencia de la historia, sino de la interpretación de la historia. 

Narrar la historia es una cosa. Interpretar la historia es otra. Desde el poder político ha hecho carrera a través de todos los tiempos, que la interpretación de la historia se haga conforme a las conveniencias. 

Basta con escuchar a quienes dirigen el mundo, a propósito de la reciente Asamblea General de la ONU, que como fuente de noticias para llenar mucho espacio, es importante, pero como algo que sea efectivo en cualquier sentido, demuestra con el paso de los años que fuera de crear un enorme aparato burocrático pagado en dólares, no sirve para nada. Todos los dirigentes van allí a hablar, adelante de ese imponente espacio adornado con mármol gris y dicen cualquier cosa, lo que se les ocurra, incluso a tratarse de sentirse líderes mundiales, en los que ya nadie confía. Los oyen, pero no les creen. Si lo que dicen allí fuera cierto y posible, el mundo sería mucho mejor. No ese mar de conflictos y confrontaciones en todos los sentidos, que se observa universalmente. 

Ceñirse a lo sucedido no es fácil. Es que es más simple interpretar como a bien se tenga o se necesite. 

Llama poderosamente la atención que la Justicia Especial para la Paz, JEP, que después de siete años de trabajo, a grandes costos,  logra expedir dos sentencias, con lo que demuestra la lentitud elefantesca  del resto del aparato judicial, en una decisión mediante auto interlocutorio que no fue objeto de recurso alguno, haya ordenado que para honrar la memoria de alguien desaparecido hace 37 años, sin demostrar ni la causa, ni el desarrollo, ni los autores, ni las circunstancias de tiempo y lugar como haya ocurrido, a la Universidad Autónoma de Bogotá, de otorgarle y entregarle a su familia el título  de Abogado, como quiera que cuando ocurrió su ausencia estaba próximo a cumplir con los deberes que le imponían de los requisitos de grado. Según la JEP lo deben graduar de Abogado. O sea un título que no va tener Abogado.

Como homenaje simbólico es posible entenderlo, pero no deja de llamar la atención la utilidad que esto pueda tener. Para que sirve ser Abogado después de muerto, si es que el desaparecido ha fallecido. Un título profesional debe ser útil, para quien lo obtiene y para quienes pueden llegar a ser sujetos de servicios de esa persona que ha adquirido unos conocimientos especiales.

Un abogado muerto, por encima de todo es un muerto. Un muerto es el que se fue de la vida y ya no estará protagonizando absolutamente ninguna circunstancia.

Y se gradúa de Abogado a una persona que estudió hace 37 años, es decir cuando se han dado tantos y tantos cambios normativos, que necesariamente estaría completamente desactualizado. El Derecho, como todas las ciencias humanas, es inexacto y demanda de permanente actualización. 

Un Abogado que no sabe el Derecho de hoy y que no estaría en capacidad de interpretar la realidad actual, porque no es la misma que él estudió en el claustro universitario hace 37 años. La doctrina dominante en Colombia desde 1991: el Derecho Viviente.

Una de sus hijas (o a lo mejor la única) demandó ante a JEP que ordenara a la Universidad hacer entrega del título de Abogado a su padre. La JEP lo ordena y la Universidad, respetuosa de lo que enseña en sus aulas, procede a hacerlo. Es un auto del Magistrado de  la JEP  Raúl Eduardo Sánchez. La JEP tiene documentados 1.117 desaparecidos. ¿A todos los va a graduar de lo que hayan estado estudiando cuando desaparecieron?

¿Un título de Abogado, o de cualquier profesión,  para qué?

Puede ser para sumar a las muchas cosas inútiles que todos nos encontramos por la vida. Será un título de Abogado sin Abogado, sin ejercicio, sin servicios a la ciencia, sin tangibilidad. 

La memoria consiste en recordar, entre otras, a las personas como fueron. El desaparecido en este caso, el señor Cristian Rojas, cuando no se volvió a tener noticia de su paradero, era estudiante de Derecho, pero no era Abogado. Ahora la JEP en su Sección de Ausencia de Reconocimiento, ordenar que se le debe recordar como Abogado, sin que lo haya sido. Desaparece estudiante de Derecho y se honra su memoria como Abogado, por orden judicial. 

Se da por hecho (no hay una sentencia ejecutoriada en tal materia) que desapareció en el desarrollo del conflicto, por ser militante de la Unión Patriótica. 

En este país desaparecen a las personas por muchas causas y motivos, no necesariamente por el conflicto armado. 

Es la memoria de alguien que cuando se ausentó no era lo que ahora ordenan que sea después de haber desaparecido hace 37 años

Franz Kafka, con seguridad, haría la venia respetuosa, quitándose el sombrero, al sistema jurisdiccional colombiano, con especial reverencia ante la JEP.