Símbolo
No es que no haya muerto malo, como tanto se acostumbra, con negro humor, a decir en nuestro medio. Es que cuando se acaba la vida es la hora de los balances, pues ese ser ya ha realizado todo lo que pudo y quiso hacer. De la resta de cosas buenas y malas sale el saldo que bien puede ser favorable, como sucede en la mayoría de las veces, o desfavorable como ocurre con quien sólo vivió para hacer el mal.
Ha sucedido repetidas veces en la historia de nuestro país, que personas que se proyectan hacia futuros colectivos positivos, son interrumpidos en su ciclo vital por una violencia que no se va a acabar, porque pareciera parte de la esencia misma de ser colombiano, como que en no pocas ocasiones se ha llegado hasta afirmar que la corrupción es de la naturaleza de ser colombiano, como pudo decirlo uno de esos muchos ladrones de cuello blanco que se han lucrado de lo estatal, aunque en esa oportunidad con mayor descaro que nunca, pues había llegado a la mata de una corruptela que fue debidamente probada tanto en la Alcaldía de Bucaramanga, como en la de Bogotá.
Y volvió a suceder, bien avanzado el siglo XXI, cuando el lenguaje de las balas es el escogido para acallar a quienes dicen aciertos que ofenden a más de uno, ya que la esperanzadora llegada al poder de la izquierda hace tres años, se pensó que sería el remedio infalible para que la robadera se terminara, lo que no fue así, sencillamente se multiplicó, porque los que han accedido al manejo de la cosa pública o son más ambiciosos o quisieron obtener en cuatro años lo que siempre han pensado que les quitaron, sin que nunca hayan tenido nada. Se les fue la mano en la corrupción y en la apropiación de lo público, validos, como de costumbre, en las necesidades de quienes aún siguen padeciendo de una pobreza que no debería existir en un país de tanta riqueza natural.
La izquierda no acabó con la corrupción, la multiplicó y la hizo más costosa, aunque se siga ocultando en esas extensas peroratas de quien se
piensa Mesías y apenas llega al punto de promesero infinito, con ínfulas de líder universal, aunque difícilmente posee el perfil de líder de Comuna. Hablar no es gobernar. Gobernar es hacer y de esto poco.
La ilusión de lo que pudo haber sido y no fue -en un año no se va a conseguir lo que no se hizo en tres-, se ha desvanecido y dio paso a las
circunstancias de tener un símbolo político en un ser humano inteligente, sufrido en sus emociones, aunque no en su estatus social, como que se formó en medio del ejercicio del poder y rodeado de quienes siempre han hecho uso del mismo.
Su formación académica, privilegiada como la de pocos en Colombia, le permitió hacer una carrera política relámpago, como que a los 39 años ya tenía la capacidad de salir a la plaza pública a presentar su nombre como aspirante a la Presidencia de la República, a la que llegó, después de muchos intentos, el gran electorero que ha tenido la historia de este país, como fue el señor Julio César Turbay Ayala, su abuelo, a quien no le importó mucho el ejercicio del poder, como que lo delegó casi en su integridad en el general Camacho Leyva, que tuvo la ingeniosa idea de inventarse el Estatuto de Seguridad, mediante el cual, desde lo legal, convirtieron a los militares y a los policías en jueces investigadores y juzgadores, pensando en que todo el problema nacional se reducía a la simple inseguridad.
Fue una brutal etapa de persecución hasta por pensar distinto y difícil encontrar en esos historiales una condena exprés que pudiese corresponde a un Estado de Derecho, eran actos propios de dictadura. Pero los errores no se heredan, y de alguna manera en su persona que se comenzaban a tejer nuevas alternativas en medio de tanto caos, desorden y palabrería insulsa.
En el Concejo de Bogotá hizo una labor destacada, aunque no es fácil brillar en Corporaciones Administrativas en las que las coaliciones de votos a favor de quien gobierna, se negocian tan fácilmente. En medio de ese claro- oscuro político que es cualquier Corporación de elección popular en nuestro medio, se hizo notar por sus posiciones inteligentes, hasta el punto de ser llamado por Enrique Peñalosa a la Secretaría de Gobierno, o del Interior ahora, en la que también hizo mucho por Bogotá, tanto que cuando le dieron la oportunidad de figurar en las Listas del Senado se dio el lujo de obtener la más alta votación a nivel nacional.
Una trayectoria breve, pero muy brillante. Seguramente no estaba aún en el momento de ser Presidente de la República, como era su idea, pero si estaba en ese extenso camino que es acceder al poder en un país agobiado por tantos problemas, que nunca disminuyen y por el contrario en cada hora se agravan.
No ha faltado el deslenguado que se ha atrevido a decir que ha habido mucho ruido en su funeral, pues no se trataba de alguien que hubiese hecho una extensa carrera al servicio de los demás. A veces los caminos largos no llevan necesariamente a las mejores metas, en algunas ocasiones es posible llegar por caminos menos extenso, pero mucho más cercanos de lo que se persigue.
Decir que en la muerte de Miguel Uribe Turbay se han cometido excesos en su funeral, es desconocer que la gente joven también es capaz de hacer cosas grandes. Uribe no se valía ni de su origen, ni de sus apellidos, ni de su tragedia personal para tratar de lograr las metas que se había propuesto en la vida. Era él mismo, labrando su propio camino, con muchas dificultades, hablando con la gente, dejando que las personas se le acercaran.
Era un hombre, en esencia, bueno. Y de ello queda una muestra, una nada más, para citar, que contrajo matrimonio con una mujer que ya tenía tres hijas menores de edad, a quienes quiso, respetó y protegió como si fuera su verdadero padre. Un hombre que es capaz de un acto de esta naturaleza, especialmente de respeto, tiene que ser un hombre bueno, de los que deben quedar muy pocos.
No es gratuito que a la hora de su sepelio se le haya convertido en un ser símbolo, como lo han sido muchos de aquellos que han caído asesinados por balas que nunca se ha llegado a descubrir con órdenes de quien se han efectuado, como tampoco se llegará a saber en este caso, a pesar de las siempre rimbombantes declaraciones de los investigadores que hablan de lo profundo de su trabajo, que nunca descubren nada de fondo.
En el caso de Miguel Uribe Turbay se han dado detenciones de quienes constituyen el último escalón de ese peldaño que sube y sube en la medida de la compartimentación de esa información. Los detenidos apenas si saben un pedazo del hecho, pero no lo conocen en su integridad y saben que mientras más largo sea su silencio más días tienen por vivir. Ya se saben más mortales que los mortales que no quitan vidas de manera violenta.
Miguel era una voz potente y denunciante. Era un verdadero opositor a este régimen de caos y de palabrería diaria, en el que el paso del tiempo lo único que consigue demostrar es su inmensa ineptitud, como que predicadores de mentiras y mitos se constituyen en jefes de gabinete y con sanción disciplinaria a cuestas no da vergüenza acreditarlo como embajador ante el poder económico y político de Brasil, máxima potencia del sur del continente. Que pena con los brasileños. Les juramos que no todos los colombianos somos así.
Esa voz que se alzó fue silenciada y se piensa que con ello se gana la complicidad de todos, sin darse cuenta que de ahí en adelante sigue la multiplicación de muchas veces que van a seguir diciendo las verdades que se quieren disfrazar con mentiras que a veces hasta tienen cara de verdad.
Miguel Uribe Turbay, como Jorge Eliécer Gaitán, como Carlos Pizarro Leongómez, como Luis Carlos Galán, como Jaime Pardo Leal, como
Bernardo Jaramillo y tantos más, pasa a ser un símbolo de resistencia en un país que se niega a cambiar porque le duelen mucho sus víctimas, pero no hace nada por evitarlas.
Aspiremos a que esos símbolos sean eficaces en las correcciones que debemos hacer entre todos en los caminos de este país violento y tantas
veces manipulado con mentiras provenientes de todas las ideologías.